martes, 30 de junio de 2026

DE LA TARDE QUE CAE. EL ÚLTIMO MISTERIO, POR IRENE VALLEJO. 30 DE JUNIO DE 2026

 





Fui una buscadora de presagios. De niña y adolescente descubría advertencias secretas en el baile de las hojas que el viento amarillo del otoño arrancaba de los árboles. Evitaba el mal augurio de pisar el borde de los adoquines o las franjas blancas en los pasos de cebra. Deshojaba margaritas, leía avisos del destino cuando rompía un vaso o perdía una bufanda. Posaba los ojos, esperando una señal, en una página que abría al azar de un libro amado. El viento de mi ciudad natal crea instantes prodigiosos, cuando el sol encuentra un hueco entre la flota de nubes veloces impulsadas por el cierzo y, en la catarata súbita de luz, rescatado del gris, todo se colorea y brilla. En esa iluminación repentina había un significado mágico, que me esforzaba en descifrar. Me peinaba trenzas cuando necesitaba suerte, mi jersey azul impedía estrellarse a los aviones. No existían casualidades, todo era signo.

Con el tiempo, aprendí que nuestras mentes inquietas nos impulsan a las supersticiones; es un efecto secundario de nuestra capacidad para encontrar patrones en todo lo que nos sucede. Si queremos planear necesitamos predecir, y eso nos vuelve criaturas sedientas de pistas, lógicas o insensatas, para anticiparnos al porvenir. Ser capaces de imaginarlo es nuestra gran ventaja, y también la fuente de nuestros más feroces insomnios. Nos obsesiona desvelar ese último misterio, el futuro.

En su ensayo Profecía, la filósofa mexicana Carissa Véliz propone una tesis audaz. Los algoritmos predictivos de nuestros flamantes dispositivos tecnológicos no son sino la versión contemporánea de los oráculos de antaño. La fe en los datos ha sustituido a la de las hojas de té, las vísceras de los animales y las estrellas en cuyos dibujos nuestros antepasados vislumbraban el mañana. Descreídos de los adivinos, hoy las cifras, los cómputos y las estadísticas nos cautivan con su espejismo de máxima objetividad. Confiamos en los números porque hemos dejado de confiar en las personas, olvidando que son personas quienes elaboran esos números.

Nuestras vidas dependen de las profecías que unos pocos ­—ayudados o no por máquinas— proyectan sobre nosotros. Esas predicciones cierran caminos y mutilan encrucijadas. Seremos elegidos o descartados para una hipoteca, un puesto de trabajo, un trasplante. Nos niegan oportunidades —préstamos, empleos, becas— como resultado de lo que otros vaticinan. No por lo que hemos hecho, sino por lo que alguien decide que llegaremos a ser. Véliz, experta en ética, cuestiona esas herramientas de selección. Frente a las promesas de libertad, el pronóstico tecnológico se ha convertido en una barrera insalvable que amuralla horizontes.

Desde tiempos antiguos sabemos que el negocio de la profecía es un sofisticado mercado de manipulación. El historiador griego Heródoto mencionaba acusaciones contra los sacerdotes de Delfos por aceptar pagos a cambio de vaticinios políticamente convenientes. Los oráculos podían hundir a los gobernantes reacios a obedecer sus directrices. En la antigua Roma, existía un cargo denominado pullarius, cuidador en jefe de un corral de pollos sagrados. Estas aves eran nada menos que intérpretes de la voluntad divina. En momentos decisivos, se les consultaba ofreciéndoles grano: si comían, significaba que los dioses aprobaban el designio de los romanos; si rechazaban la comida, los hados eran adversos. Puede parecernos absurdo, pero recordemos que nosotros hemos consultado a un pulpo las victorias del Mundial de fútbol. Lógicamente, el apetito de los pollos proféticos dependía de cómo los cebase el pullarius, con un cálculo muy consciente. En la Primera Guerra Púnica, el general Publio Claudio Pulcro acudió a los plumíferos adivinos antes de emprender una batalla naval. Enfadado por la inapetencia de los pollos, clamó: “Si no quieren comer, que beban”, y ordenó arrojarlos al mar. El sacrilegio aterrorizó a sus tropas, que, sumidas en el pánico, sufrieron una derrota aniquiladora. Así, al amañar la nutrición de aquel puñado de pollos, un sacerdote podía interferir en las altas esferas de la estrategia bélica. La corrupción, los sobornos y las tretas florecen, desde siempre, allá donde se juega el ajedrez del poder.

Milenios después de las sibilas y los arúspices sospechosos, los pronósticos siguen siendo manipulados, desde la información privilegiada a las campañas engañosas o las estadísticas maquilladas. Si las encuestas electorales moldean las percepciones de los votantes, ¿son predicción o persuasión: una instantánea o un cincel? En realidad, las afirmaciones sobre el porvenir son por definición suposiciones, no hechos, porque los hechos futuros aún no existen. Como explica Véliz, aspiran al control, no al conocimiento. Cuando el director ejecutivo de una marca tecnológica anuncia que en unos años todo el mundo utilizará sus productos, en realidad trata de empujarnos a consumirlos por miedo a quedar atrás y, de esa forma, hacer realidad su visión. Con ese objetivo, ciertas empresas ávidas de información recopilan nuestros datos, incluso incumpliendo los reglamentos de protección. Muchas aplicaciones se diseñan para rastrear nuestras vidas y modelar nuestras decisiones. Que nos resulten útiles, entretenidas o hipnóticas es solo el incentivo para que entreguemos la llave de nuestros deseos. El producto estrella somos nosotros.

La experiencia histórica advierte de que las sociedades obsesionadas por la vigilancia y las profecías autocumplidas suelen desarrollar una fe creciente en el control y la supervisión, antesala de opresiones. Ahí palpita el desasosiego de la película Minority Report, dirigida por Steven Spielberg, que conecta la obra futurista de Philip K. Dick con el mito griego de Edipo. La empresa privada PreCrime, subcontratada por la policía, predice crímenes que todavía no han sucedido. De esa forma —asegura— se logra evitar los asesinatos. John Anderton, jefe de PreCrime en Washington, es un exitoso agente, convencido de su misión. Las alarmas saltan cuando, un día, el sistema advierte que Anderton va a asesinar a un hombre. Desde entonces tendrá que escapar de sus colegas, que lo persiguen para impedir el homicidio anunciado. Como Edipo, Anderton huye, además, del destino que le vaticinan. ¿Cree en el determinismo que defiende su empresa o se sabe libre de no matar? ¿Cómo podemos defendernos si nos acusan de lo que aún no hemos hecho?

Aquella etapa infantil como calamitosa intérprete de signos me dejó un poso de escepticismo. Los intereses, deseos y miedos se infiltran fácilmente en la entraña de nuestras profecías. La complejidad del mundo se resiste tercamente a las previsiones exhaustivas. Es más, el afán de predecir puede incrementar las amenazas mientras dice reducirlas. Bajamos la guardia si confiamos en que las tecnologías pueden preverlo todo. Cuanto más intentamos controlar el mundo, mayores manifestaciones monstruosas de lo incontrolable creamos, como la vigilancia total o la escalada armamentística y nuclear.

Los oráculos de internet, las redes sociales y la inteligencia artificial prometieron nuevos territorios de libertad al tiempo que construían sistemas de espionaje y dominio. Proclamaron un mundo más democrático y cooperativo, pero han gestado monopolios con liderazgos despóticos. Hoy pronostican la conquista de otros planetas mientras colonizan nuestra imaginación. Necesitamos ser previsores, pero también entender las predicciones como actos de poder: toda profecía es un intento de fabricar un mañana a medida. Así, creer en los algoritmos predictivos equivale a obedecer órdenes. Ante los vaticinios tecnológicos, cabe elegir entre la resignación o la rebeldía. No queremos el guion minucioso de nuestra vida, sino un cuaderno con espacios en blanco. El futuro no se prescribe: se escribe. Irene Vallejo es filóloga y escritora, Premio Nacional de Ensayo de 2020 por El infinito en un junco (Siruela).

























No hay comentarios: