La foto de portada de El País Semanal de este domingo era la de un trabajador que, con las manos enfundadas en guantes de látex y sumo cuidado, tiraba de un panel del que colgaban algunas pinturas de Sorolla. El museo dedicado al pintor concluía sus obras de ampliación y este periódico se coló en la mudanza para hacer un magnífico reportaje. En él aparecían imágenes de las nuevas dependencias del museo, de los lucernarios que han colocado en los tejados para que la luz entre por todos lados, como le gustaba al pintor, del equipo de arquitectos que ha firmado el proyecto y de los profesionales que han intervenido en el transporte de las obras. Hubo algo que me impactó, porque revelaba el mimo con el que habían sido tratadas las pinturas durante el proceso: a pesar de no estar expuestas, habían sido colgadas para respetar su posición vertical.
Leí el reportaje mientras mi padre hojeaba el periódico, esperando el AVE en Santa Justa, la estación de trenes de Sevilla. Habíamos ido para ver el concierto de El Último de la Fila, que por lo visto fue el más multitudinario de toda la gira. 60.000 personas, mayoritariamente boomers e hijos, llenamos La Cartuja para recordar nuestra juventud o nuestra infancia. Y entre los fans de Manolo García y Quimi Portet, los que habían ido al Orgullo, que se celebraba ese sábado, y los turistas, la ciudad estaba hasta la bola y la estación de trenes también. Así que si me hubiera cruzado con Andrés Hurtado, quien como yo volvía ese día a su casa, no habría reparado en la bolsa de plástico que llevaba en la mano. Ni en que de ella asomaba un cuadro, que resultó ser un Sorolla.
A Andrés no le hicieron falta ni guantes para manipularlo ni una cámara sellada en la que guardarlo: se encontró el lienzo apoyado en un macetero, a pocos metros del hotel en el que se alojaba, y se lo llevó porque le gustó el marco. El lunes, ya en su casa, se dio cuenta de que en el cuadro había una firma. Así que le hizo una foto y se la mandó a la IA del teléfono, que le dijo que era bueno. Andrés llamó entonces a una casa de subastas y les contó la historia; le respondieron que les enviara una imagen del cuadro en cuestión y unas horas después recibió la tasación. Le daban entre 40.000 y 150.000 euros por la pieza. Y Andrés, que es un transformista en paro que imita a Lola Flores o a Rocío Jurado con el sobrenombre de Lola Montiel, se quedó pasmado.
Pero la alegría le duró poco: enseguida vio en la tele la noticia de un Sorolla robado en Sevilla, cuyos propietarios buscaban por ser una pieza “de gran valor sentimental”. Y Andrés no lo dudó: llamó a la Policía para decirles que el cuadro lo tenía él, pero que no había robado nada. Se lo había encontrado tirado en la calle. La recompensa que ofrecían los dueños, que por lo visto se estaban llevando el cuadro a la playa y se lo dejaron olvidado mientras cargaban el coche, a día de hoy no ha llegado.
Andrés dijo en una entrevista que se conformaba con un móvil nuevo, que el que tiene está para el desguace, y quizá unos alpargates porque los suyos están rotos. Pero, a la espera de que esa extraña familia que se lleva un Sorolla de vacaciones le dé su compensación, en estos días ya ha recibido una recompensa mayor que el dinero: encarnar la dignidad de los humildes en los mismos informativos que últimamente solo nos hablan de la indignidad de las élites. Representar la virtud y la decencia en camiseta de tirantes, en contraste con la desvergüenza de los encorbatados. Ana Iris Simón es escritora. El País, 4 de julio de 2026.


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