domingo, 21 de junio de 2026

REVISTA DE PRENSA DOMINICAL, 10. ANTÍGONA Y LEÓN XIV, POR JOSÉ ANDRÉS ROJO. 21 DE JUNIO DE 2026

 






En la tragedia en la que Sófocles cuenta la historia de Antígona, que se representó por primera vez en el año 441 a. C., su hermana Ismene le dice que tienen que aceptar los hechos, que son dos mujeres, que no pueden pelear contra los hombres. “Ellos tienen el poder, son los que dan órdenes, y hay que obedecerlas —éstas y todavía otras más dolorosas—”. Pero Antígona no le hace caso, y decide seguir adelante: “Yo me voy a cubrir de tierra a mi hermano amadísimo hasta darle sepultura”. Lo tienen prohibido. El episodio tiene lugar en Tebas, ese rincón de la vieja Grecia que parece contener todas las oscuridades y contradicciones que todavía hoy siguen afectando a las personas. Es allí donde Edipo mató a su padre y se casó con Yocasta, su madre. Y es también donde han terminado por pelearse por el poder sus dos hijos varones, Etéocles y Polinices. Ambos han muerto en la reyerta. Creonte, el hermano de Yocasta, toma las riendas del Gobierno y ordena que se entierre con todos los honores a Etéocles y se deje a Policines al pairo, para que se lo coman los buitres. Antígona decide no obedecer —“él no tiene potestad para apartarme de los míos”— y procede, sabiendo que le espera la muerte.

Ahí en la remota Grecia del siglo V a. C., en Tebas, están las raíces de lo que sigue siendo la Europa de hoy. Y Antígona lo contiene todo. El desgarro entre las leyes de la ciudad y los lazos familiares. La oscura trama que viene de lejos y confunde lealtades y servidumbres. La derrota de la persona frente al poder y la paradoja de que ha sido vencida justo cuando conquistaba su libertad. El coraje y el miedo, la prudencia de comportarse bajo el amparo legal y la soledad de hacerlo en los márgenes. El camino a la oscuridad, el no terminar de entender nunca las cosas. Las maniobras de los mortales frente a la fuerza superior del destino. La impresión de no ser nada más que juguetes en medio de un juego macabro y que carece de cualquier sentido. Y, en medio de todo eso, Antígona y su firmeza. A pesar de todo. Y el coro que subraya que “muchas cosas hay portentosas, pero ninguna tan portentosa como el hombre”.

Considerar un portento al hombre, a la mujer, a cualquier persona, de eso va el proyecto europeo, de comportarse como si incluso en Tebas —donde han ocurrido tantas barbaridades y donde acaso ya las tinieblas cubren cada esquina— hubiera alguna manera de ser libres y construir un mundo mejor, donde fuera incluso posible enterrar también al otro hermano, al despojado de honores, pero que es también carne de nuestra carne. Y hacerlo sin ningún premio, sin paraíso, incluso en contra de los dioses.

También es verdad que el cristianismo está en los orígenes del proyecto europeo, y el papa León XIV vino a España a recordarlo. Lo hizo con sencillez y con convicción, con gestos de generosidad y con simpatía, procuró ser próximo, intentó tender lazos para proteger a los más débiles, a los que abandonan su lugar de origen para buscar un futuro mejor. Pero como suele ocurrir con los ceremoniales de la Iglesia, y frente a esa Antígona que solitaria y temblorosa levanta un puñado de tierra y empieza a enterrar a su hermano, Robert Francis Prevost desfiló amparado por un aparato propagandístico que convertía cada uno de sus gestos banales en momentos históricos. Tanto foco, tanta luz, tanta algarabía a veces pueden cegar, y conducir a la impotencia. Por eso, justo en este momento, hace falta regresar a Tebas y mirar la oscuridad que se abate sobre Antígona, que es la nuestra, cuando entierra a su queridísimo hermano. José Andrés Rojo es historiador. El País, 19 de junio de 2026.





















REVISTA DE PRENSA DOMINICAL, 9. LA BELLEZA DEL MUNDO, POR LAURA FREIXAS. 21 DE JUNIO DE 2026

 






“Se iban a sacar las puertas de los goznes; los de Rumpelmayer estaban en ello. ¡Qué mañana!, pensó Clarissa Dalloway. Fresca, como regalada a niños en una playa. ¡Qué divertido! ¡Qué zambullidas! Eso le había parecido siempre, cuando, con un leve chirrido de goznes, como el de ahora, abría las puertas-ventanas en Bourton…”

Preparando un viaje a Inglaterra que voy a acompañar, en el que seguiremos los pasos de Virginia Woolf, he estado repasando sus obras. Y algo me ha llamado mucho la atención. Algo que encuentro en su literatura, y echo cruelmente de menos en la que se hace hoy. Esa sensualidad, ese disfrute de la belleza del mundo, que aparece por ejemplo en Mrs. Dalloway , desde las primeras frases... Un verdadero tesoro.

Thanks for watching! ¿Es solo cosa de Woolf? No. Lean, lean:

“El Cap Roig es la perla colorística de Calella. Es de colores calientes, de un rojo suntuoso y concentrado. A medida que la tarde ha ido cayendo, se ha convertido en un rescoldo de colores primarios incendiados. Por contraste, todo lo de alrededor ha parecido afinarse” (Pla).

“El olor peculiar de María, a sábana recién planchada, a jabón, a pan tostado” (Matute).

“Del horizonte llegaba un ruido uniforme de perlas lanzadas al agua y el olor chato del estanque acribillado de lluvia” (Colette).

-“[...]Uno de esos silencios informes que solo se producen durante los grandes calores. Caía sobre uno como una manta de lana sobre la que zumbara un millar de moscas” (Gide).

¿Qué tienen en común todos esos textos? La época: fueron escritos a finales del siglo XIX o primeras décadas del XX. ¿Y ahora?... Cojo al azar algunas novelas de los últimos años, y leo:

“Advertí que esa generosidad corría peligro de convertirse en una forma perversa de intercambio” (Chirbes).

Echo en falta la capacidad de gozar con el oído, la vista, el tacto, el olfato… de la literatura de hace un siglo.

“Me sentía impotente y herida, lo que era más llevadero que sentirme culpable e hiriente” (Jamison).

“Era una casa sólida hecha de piedra. La ubicación y el entorno entraban en la columna de lo positivo” (Del Campo).

No me entiendan mal. Las novelas de las que he extraído esas frases: Paris Austerlitz, de Rafael Chirbes; Astillas, de Leslie Jamison; Que tenga una casa de Florencia del Campo… me han gustado mucho. Pero echo en falta esa capacidad de gozar con el oído, la vista, el tacto, el olfato… que hallaba en la literatura de hace un siglo. En vez de eso, encuentro ideas, abstracciones.

¿Qué ha pasado? Afirmaba Pla que “es mucho más difícil describir que opinar. En vista de lo cual, todo el mundo opina”. Pero esa dificultad era la misma en 1918, cuando lo escribió, que ahora. ¿Qué ha cambiado entre tanto? La tecnología. Desde el Renacimiento, el avance tecnológico, la urbanización, la industrialización, nos han dado poder y seguridad, pero nos han alejado de la naturaleza y nuestros propios sentidos.

Al principio, ese avance hacia la abstracción, la uniformidad, la racionalidad… provocó una reacción nostálgica: el amor de los románticos por la naturaleza indómita y por el exotismo, la sensualidad de la pintura impresionista, la literatura de Woolf, Pla, Matute, Colette, Proust, Azorín, ­Rodoreda, D.H. Lawrence... Pero ya no. Laura Freixas es escritora. La Vanguardia, 19 de junio de 2026.





















REVISTA DE PRENSA DOMINICAL, 8. LA UNIVERSIDAD TAL COMO LA CONOCEMOS H LLEGADO A SU FIN, POR NILS GILMAN. 21 DE JUNIO DE 2026





 



Cuando el presidente de la Universidad de California, Clark Kerr, impartió las Conferencias Godkin en Harvard en 1963, publicadas poco después con el título de * Los usos de la universidad* , hacía algo inusual para un administrador académico: ofrecía una teoría social sofisticada, y lo hacía con ingenio. En estas conferencias, Kerr acuñó el término «multiversidad» para describir en qué se había convertido la universidad de investigación estadounidense de la posguerra. Según Kerr, la universidad moderna ya no debía entenderse como una comunidad de académicos unidos por un ideal compartido de aprendizaje, sino como un extenso conglomerado institucional que servía simultáneamente como motor de investigación, centro de formación profesional, mecanismo de acreditación, experiencia de maduración y semillero de la élite técnica nacional. La Universidad de California, que Kerr acababa de dirigir durante casi una década de crecimiento explosivo, era su ejemplo a seguir.

Kerr era un hombre ingenioso. En una ocasión, comentó que los tres grandes problemas a los que se enfrentaba cualquier rector universitario eran «el aparcamiento para el profesorado, los deportes para los exalumnos y el sexo para los estudiantes». Describió al profesorado universitario (y puedo confirmar por experiencia propia que esto sigue siendo cierto) como «una serie de emprendedores individuales unidos por una queja común sobre el aparcamiento». Y cuando Ronald Reagan cumplió su promesa de campaña para gobernador en 1966 de despedirlo por ser demasiado indulgente con los manifestantes del Movimiento por la Libertad de Expresión, Kerr pronunció una de las frases de despedida más memorables de la historia académica estadounidense: «Dejo la Universidad de California como llegué: ¡lleno de entusiasmo!».

A pesar de las bromas, Kerr era un hombre serio. El argumento subyacente a *Los usos de la universidad * era que la multiversidad, precisamente por su expansión y aparente incoherencia, era la clave institucional de la civilización estadounidense de mediados de siglo. Era el nexo donde se producía el conocimiento científico básico, se acreditaba el talento técnico y profesional, se cultivaba la ciudadanía democrática y se impulsaba el proyecto nacional de supremacía tecnológica. La multiversidad no necesitaba ser coherente para ser funcionalmente útil como plataforma para lo que Kerr llamaba «administrar el presente». Escribía con la confianza modernista de quien creía que las instituciones tecnocráticas jerárquicas, si se gestionaban con competencia, podían mantener en equilibrio estos diversos elementos volátiles.

El cese de Kerr por parte de Reagan en 1967 fue, en cierto modo, el primer indicador y advertencia de la crisis del modelo tecnocrático del alto modernismo que él defendía y que buscaba institucionalizar a través de la multiversidad.

Es hora de reconocer que el modelo de educación superior de Kerr ha llegado a su fin: en sus últimas, la llegada de la IA anuncia su sentencia de muerte. Lo que sigue es la desagregación: la multiversidad tal como la conocemos se desintegra en sus componentes. Sin embargo, esto no tiene por qué ser una catástrofe para la educación superior. De hecho, en muchos sentidos, representa una oportunidad para volver a las raíces, a un modelo clásico de educación y a una instrucción pedagógica atenta. Pero la educación superior solo podrá superar este período de disrupción si es consciente de lo que está sucediendo y avanza con confianza hacia un nuevo modelo.

La actual crisis de la universidad estadounidense comenzó a gestarse hace sesenta años, cuando el pacto de posguerra que encarnaba la visión de Kerr empezó a desmoronarse. Lo que siguió fue una privatización paulatina de las finanzas universitarias, que produjo una hiperinflación gradual de las matrículas, endeudando a toda una generación de estudiantes y socavando la misión pública de la universidad. El cambio de subvenciones a préstamos, de profesorado titular a la contratación masiva de docentes interinos , y de una formación integral en artes liberales a la formación profesional, se produjo bajo el lema de hacer que las universidades fueran más "sensibles a las demandas del mercado". En la práctica, esto ha significado transferir el coste del sector público al "estudiante consumidor" individual, al tiempo que se desfinanciaban las áreas de la institución que no generaban resultados monetizables. El resultado neto ha sido un aumento vertiginoso de los costes de la educación de pregrado, sin un incremento correspondiente en el valor de la formación o la certificación, y una pérdida de apoyo político a la misión de las universidades. Estas dificultades financieras y políticas han acentuado las contradicciones entre las diversas misiones y funciones de la multiversidad. A este compuesto cada vez más inestable, añádele la IA.

La llegada de los grandes modelos de lenguaje actúa como un catalizador, eliminando la incoherencia inherente. Si un estudiante puede redactar un trabajo de investigación coherente en veinte minutos con Claude Opus o Google Gemini, ¿qué sentido tiene asignar trabajos de investigación? Si un tutor de IA puede explicar cualquier concepto con infinita paciencia, independientemente de su nivel de complejidad, ¿qué valor tiene que un profesor lea sus apuntes? Si la IA supera con éxito la mayoría de los exámenes profesionales estandarizados, ¿qué certifica una credencial? Estos son problemas antiguos que la IA ha hecho imposibles de ignorar.

Más allá de los desafíos pedagógicos que plantea la llegada de los másteres en Derecho (LLM), la IA también revela que el modelo tradicional de Kerr se mantuvo vigente durante tanto tiempo porque sus componentes compartían un conjunto común y consolidado de tecnologías de transmisión del conocimiento: el libro, la clase magistral, los ejercicios prácticos y el examen escrito. En un mundo anterior a los LLM, estos formatos exigían a los estudiantes capacidades cognitivas difíciles de simular o simplificar. Esto ya no es así. La IA no solo automatiza algunas de las tareas asociadas a estos formatos, sino que los vuelve obsoletos como instrumentos de disciplina intelectual o evaluación. Y cuando el sustrato tecnológico compartido se disuelve, las contradicciones inherentes a la multiversidad desde sus inicios se vuelven imposibles de disimular. La misión de investigación de primer nivel y la de docencia de pregrado siempre han estado en tensión. La economía del prestigio, que premia las publicaciones por encima de la pedagogía, siempre ha distorsionado los incentivos del profesorado. La función de acreditación siempre ha estado vagamente vinculada a la educativa. Estos eran los secretos a voces de la universidad de investigación estadounidense. En un mundo posterior a la IA, estas divergencias se vuelven insostenibles.

Resulta sorprendente, entonces, que el intento más comentado de autoevaluación universitaria reciente, el Informe de abril de 2026 del Comité de Yale sobre la Confianza en la Educación Superior , apenas reflejara esta realidad. En cierto modo, el informe era un documento admirable. Analizaba con claridad los costes, criticaba duramente la opacidad en las admisiones y era franco sobre la monocultura política que ha erosionado la confianza pública más allá de las líneas partidistas. Sin embargo, su tratamiento de la IA fue superficial, rayando en la negligencia: apenas unas pocas frases en la sección sobre el aula, expresando incertidumbre sobre los efectos de la IA y señalando que el profesorado está «esforzándose por rediseñar los programas de estudio». Es sorprendente que un informe encargado de comprender por qué se está desmoronando la confianza pública en la educación superior no tuviera en cuenta la tecnología que está reestructurando la economía y la lógica del trabajo intelectual. Esto sugiere que incluso los sectores más conscientes de sí mismos dentro del ámbito académico siguen tratando la IA como un inconveniente pedagógico (o un atajo literal) en lugar de lo que realmente es: la fuerza que está haciendo imposible sostener toda la arquitectura heredada de la multiversidad.

¿Cómo debería responder la universidad a esta crisis de propósito, identidad e incluso fe? La respuesta más popular en ciertos círculos administrativos se centra en las actividades extracurriculares, es decir, en la vida residencial y la conexión humana como el valor intrínseco de la universidad en una era de tutores con inteligencia artificial. Quizás la propuesta más citada sea el artículo de Molly Worthen en el New York Times de hace tres años, «Por qué las universidades deberían parecerse más a los monasterios», en el que argumentaba que las universidades deberían ofrecer entornos educativos con una presencia física y una tecnología muy sencilla.

Este argumento no carece de fundamento: existen pruebas de que el aprendizaje funciona de manera diferente cuando se desarrolla en comunidad, y que los encuentros fortuitos con profesores en los pasillos, las charlas nocturnas en la sala común de la residencia y los acalorados debates en el comedor suelen ser los momentos más productivos del aprendizaje. Los propios estudiantes, al hablar de lo que más les importa en la universidad, se centran sistemáticamente en las relaciones, el sentido de pertenencia y el diálogo. El argumento a favor de la educación residencial, del antiguo modelo de la Academia Platónica como gimnasio y jardín además de aula, es ahora más sólido que nunca.

Esto se relaciona con la función tradicional de las universidades como espacios de transición de la niñez a la adultez, donde se logra una nueva comprensión de uno mismo. En la década de 1960, más de cuatro quintas partes de los estudiantes de primer año afirmaron que uno de sus principales objetivos era desarrollar una filosofía de vida significativa, cifra que se redujo a la mitad en las décadas de 1970 y 1980. Un mayor énfasis en las actividades extracurriculares podría revitalizar este ideal, lo que a su vez prepararía a los estudiantes para el mundo impulsado por la IA al que se incorporan. Como argumentó recientemente Jack Clark, cofundador de Anthropic, quienes más se beneficiarán de la IA son aquellos que primero han desarrollado capacidades humanas profundas e idiosincrásicas mediante la práctica y la creación repetitivas. Las máquinas funcionarán mejor al ayudar a potenciar lo que ya se ha logrado.

Pero, por sí sola, la actividad extracurricular es una evasión. Deja sin abordar la cuestión fundamental que determina por qué pagan los estudiantes y sus familias: qué sucede en el currículo, en el aula, en el encuentro educativo formal. Ahí es donde la reforma debe ser más radical, y donde la respuesta de las universidades hasta ahora ha sido más vacilante. Si la principal respuesta de las universidades a la tecnología del conocimiento más revolucionaria de las últimas décadas, una que los empleadores de todo el mundo esperan que sus empleados utilicen, es exigir que los estudiantes se tapen los oídos y sigan remando, solo acelerará su declive hacia la redundancia institucional, si no hacia la irrelevancia.

Cualquier replanteamiento de la universidad en la era de la IA debe comenzar con una reflexión honesta sobre lo que la IA no puede hacer y, por lo tanto, lo que adquiere un valor relativo precisamente porque la IA puede hacer todo lo demás. La distinción clave radica entre el trabajo que la IA realiza bien (como la síntesis de patrones conocidos, la elaboración de argumentos, la instanciación de plantillas y la generación de coherencia local) y el trabajo que, estructuralmente, no puede realizar debido a la arquitectura de la tecnología en sí. La IA no puede construir la confianza de la que depende la cooperación institucional, porque la confianza no es una conclusión a la que se llega procesando información sobre otro agente, sino una relación que se constituye a lo largo del tiempo entre personas que han depositado algo en la otra y que pueden ser traicionadas. La IA no puede otorgar buen gusto ni estilo a una persona, porque el gusto y el estilo se refieren a la singularidad personal dentro de una comunidad que comparte una estética. La IA no puede constituir objetivos, porque ese acto requiere un sujeto que los valore. Estas no son brechas que se cerrarán con mayor capacidad de procesamiento. Son ausencias que se derivan de la ontología de la tecnología misma.

Un plan de estudios diseñado en torno a las limitaciones de la IA no debe considerarse ni un ejercicio de nostalgia ni una negación del creciente poder de estos sistemas. De hecho, dada la trayectoria de las capacidades de la IA, es el único plan de estudios con posibilidades reales de encontrar una base sólida.

¿Qué significa esto en la práctica? Comencemos con la consecuencia más evidente: el trabajo final, como instrumento de evaluación, ha muerto. Las tareas escritas tenían como objetivo impulsar (y poner a prueba) la capacidad del estudiante para producir un texto bien estructurado y argumentado de forma coherente. Pero esto es precisamente lo que hacen los LLM sin esfuerzo y sin exigir al usuario ninguno de los esfuerzos cognitivos subyacentes para los que el trabajo final tradicional se suponía que servía de sustituto. Esto incluía el razonamiento argumentativo sostenido : la capacidad de construir y mantener un argumento complejo a lo largo de un discurso extenso, distinguir las afirmaciones de las pruebas, manejar los contraargumentos y llegar a una conclusión defendible. Las tareas escritas también exigían autorregulación epistémica , es decir, la capacidad metacognitiva de monitorear la propia comprensión, reconocer las lagunas en las pruebas y revisar las posturas en respuesta a lo que muestran las pruebas en lugar de lo que se esperaba encontrar. Este trabajo, de gran valor pedagógico, siempre operó por debajo del nivel de la producción real de un trabajo final; lo que hacen los LLM es proporcionar resultados que simulan estas acciones sin someter a los estudiantes a sus pruebas cognitivas.

La alternativa, como argumentan muchos investigadores educativos , es la evaluación y demostración en vivo: diagnóstico en tiempo real de situaciones novedosas, crítica de diseño, debate estructurado y análisis socrático. Estos formatos ponen a prueba la capacidad de comprender bajo presión, defender un marco conceptual ante un cuestionamiento en vivo, revisar un modelo cuando la evidencia lo contradice en lugar de confirmarlo, y reconocer cuándo la incertidumbre es demasiado alta para continuar. En términos prácticos: los proyectos colaborativos de estudiantes requerirán registros documentados de decisiones que expliquen el razonamiento detrás de los compromisos, el producto final pasa de ser un artefacto pulido a un razonamiento demostrado en vivo, y los exámenes orales y escritos se convertirán en los principales instrumentos de evaluación. Pero a pesar de este consenso emergente entre los investigadores educativos, la práctica institucional apenas ha cambiado.

Si la propuesta de valor pedagógico de la universidad post-IA se centra en el desarrollo de la capacidad cognitiva en condiciones irreproducibles en una pantalla, entonces es necesario replantear la función y las responsabilidades del profesorado. Resulta evidente que ya no tiene sentido que los profesores impartan clases magistrales ante un aula repleta (o, con demasiada frecuencia, a medio llenar). Como mecanismo de transmisión de información, la IA ofrece ahora el mismo servicio a un coste prácticamente nulo, adaptado a las necesidades específicas de cada estudiante. En cambio, los profesores deben replantearse su papel como interlocutores, sirviendo como modelos prácticos para gestionar la incertidumbre y redefinir los marcos conceptuales en tiempo real. La experiencia en el aula debe centrarse en ayudar a los estudiantes a comprender cómo definir un objetivo, en lugar de generar un texto en respuesta a una consigna del profesor.

Esto se asemeja más al sistema de tutorías de Oxbridge , a las rondas clínicas en salas de hospital o a los seminarios de muchas pequeñas facultades de artes liberales en Estados Unidos. Estas pedagogías se defendieron en su momento por motivos de tradición o prestigio. El argumento posterior a la IA es estructural: son los mecanismos para transmitir precisamente las capacidades cognitivas que la arquitectura de la IA no puede replicar, porque dichas capacidades se desarrollan únicamente mediante la práctica, no mediante la descripción. Curiosamente, esto significa que la llegada de la IA implicará una mayor demanda de profesores, en lugar de una menor.

Nada de esto implica que el profesorado deba fingir que la IA no existe, ni que los tutoriales y seminarios deban impartirse ignorando por completo una herramienta que los estudiantes utilizarán durante el resto de su vida profesional. Todo lo contrario. El profesorado debe integrar las LLM de forma directa y deliberada en su enseñanza como herramientas que deben usarse correctamente para evitar daños. (Viene a la mente la analogía de un soplete o una motosierra: son herramientas útiles, pero hay que aprender a usarlas con seguridad). Enseñar a un estudiante a formular preguntas de manera eficaz es enseñarle a pensar con precisión qué quiere saber y por qué; en este sentido, es un ejercicio de definición de objetivos. Enseñar a los estudiantes a evaluar críticamente el resultado de una LLM, examinando sus síntesis, a menudo excesivamente confiadas, en función de los estándares de evidencia definidos por la realidad fenomenológica del mundo externo y material, es enseñarles a rastrear la procedencia epistémica y a realizar una autoevaluación calibrada. Los modelos de aprendizaje lingüístico (MLL) también pueden convertirse en objeto de estudio crítico por derecho propio: se debe pedir a los estudiantes que evalúen por qué el modelo no produjo exactamente lo que tenían en mente al iniciar la interacción. De esta manera, los MLL pueden servir como instrumentos esclarecedores en la consecución de los objetivos clásicos de la educación ilustrada: la inculcación del pensamiento crítico y el razonamiento lógico, la competencia retórica y comunicativa, la apreciación estética y el cultivo del gusto, el razonamiento moral y ético, y, en última instancia, el ideal del autoconocimiento y la formación integral ( Bildung) .

Esto nos lleva al contenido del currículo en sí. Como argumenté recientemente en Noema , si el objetivo de un currículo universitario es (como debería ser) inculcar el razonamiento oral y la persuasión, el análisis ético y el juicio moral, el pensamiento histórico y comparativo, y el cultivo del gusto y el discernimiento, entonces nos encontramos precisamente en el ámbito del currículo clásico de las artes liberales. Habilidades como la formulación de objetivos, el juicio situado y la alineación de valores son precisamente las capacidades que desarrolla un compromiso serio con la historia, la filosofía, la literatura y la teoría política. La historia entrena la imaginación temporal y la revisión de marcos; la filosofía entrena la precisión epistémica y la disciplina de distinguir el argumento sólido de la sofistería vacía; la literatura agudiza la apreciación del estilo y la sensibilidad para el significado oculto; la teoría política entrena el reconocimiento de la disputa de objetivos reprimida y las condiciones para una alineación legítima. En conjunto, permiten a los estudiantes imaginar vidas diferentes a la suya, una experiencia enormemente valiosa en un mundo que cambia tan rápido como el nuestro.

La forma de transmitir el contenido de estas disciplinas a los estudiantes tendrá que cambiar drásticamente respecto al modelo homogéneo de enseñanza masiva de la multiuniversidad de la posguerra, pero el contenido es perfectamente clásico. Desde esta perspectiva, la actual crisis de propósito de la universidad es, al menos en parte, una crisis derivada del abandono de su mejor tradición en pos de una formación vocacional o técnica que la IA está dejando obsoleta.

El principal desafío para las universidades será cómo implementar este modelo a gran escala. El modelo de tutorías y seminarios es, por diseño, intensivo en mano de obra: un profesor que actúa como interlocutor en lugar de conferenciante solo puede involucrar a una fracción de los estudiantes a los que antes podía llegar desde un podio. Las habilidades requeridas del profesorado también deberán cambiar sustancialmente. Bajo el modelo anterior, un investigador brillante aportaba el valor esperado simplemente dirigiéndose a un grupo numeroso; el nuevo modelo requiere a alguien con la sensibilidad pedagógica para comprender las dudas y capacidades específicas de cada estudiante, cualidades que la destreza investigadora no produce ni recompensa. Las universidades de élite, en particular, han construido sus facultades casi exclusivamente en torno a los logros en investigación, considerando la docencia como una obligación secundaria. Replantear el profesorado implicará modificar los criterios de permanencia y los incentivos para la promoción, y se enfrentará a una feroz resistencia por parte de académicos cuyas identidades profesionales están ligadas a la función investigadora. Nada de esto es imposible, pero tampoco será fácil. Sin duda, algunos profesores titulares intentarán con todas sus fuerzas impedir que estos cambios se produzcan.

A largo plazo, sin embargo, cabe esperar que la disrupción causada por la IA no se limite al ámbito pedagógico, sino que afecte a la estructura misma de la universidad. La gran intuición de Kerr radicaba en que la incoherencia de la multiversidad no era un defecto, sino una característica: una institución poco estructurada reflejaba una sociedad igualmente fragmentada al ofrecer algo para todos, desde el premio Nobel hasta el estudiante de posgrado novato, desde el solicitante de becas del NIH hasta el estudiante de inglés de recuperación. Lo que mantenía unidas esas funciones dispares era una infraestructura social de transmisión del conocimiento: el laboratorio, el aula, el examen, la certificación. Una vez que la IA pueda proporcionar información a un coste prácticamente nulo, ya no habrá una razón de peso para que la investigación, la docencia y la certificación deban ubicarse en la misma institución. Lo que probablemente sustituirá a la multiversidad no será una sola cosa, sino varias: centros de investigación centrados exclusivamente en la producción de nuevo conocimiento; residencias comunitarias independientes conscientes de su papel en el desarrollo integral de los estudiantes; y sistemas de enseñanza transparentes sobre las habilidades que inculcan. Incluso los títulos obtenidos en las universidades más exclusivas pueden no conservar mucho valor como símbolo de estatus social.

Clark Kerr habría reconocido este momento. No era ingenuo respecto a las contradicciones de la multiversidad; pero también creía que una gestión competente podría mantenerlas en una tensión productiva. Lo que no previó fue que la tensión se disolvería no por una convulsión política —como casi ocurrió en 1964, cuando el movimiento estudiantil que finalmente provocó su despido también señaló la inminente fractura del consenso liberal-tecnocrático de la posguerra— sino por una ruptura tecnológica. La ironía reside en que la universidad de investigación, que Kerr ensalzaba como el motor de la supremacía tecnopolítica estadounidense, fue la cuna del instrumento que ahora está haciendo insostenible la forma tradicional de la universidad de investigación.

Lo que los estudiantes que abuchearon la mención de la IA en las recientes ceremonias de graduación de esta primavera estaban manifestando, como siempre lo han hecho ante los fracasos institucionales, es que no estaban obteniendo lo que esperaban. Pero, como sucedió con más de un movimiento estudiantil anterior, el hecho de que identificaran correctamente un problema estructural no significa que tengan ideas particularmente acertadas sobre cómo sería una institución mejor. Así como Kerr transformó la Universidad de California para adaptarla a los imperativos liberales y tecnocráticos de la posguerra, los líderes universitarios visionarios de hoy tienen la oportunidad de rehacer la universidad para que se ajuste a las exigencias de una economía que será redefinida por la IA. Lograrlo será un proyecto generacional. Nils Gilman es asesor sénior del Instituto Berggruen y ex vicerrector de la Universidad de California en Berkeley. Substack, 18 de junio de 2026.























REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. 7. EL ARTE DE PENSAR CON BRECHT, POR FILOSOFÍA COTIDIANA, 21 DE JUNIO DE 2026

 







Historias del Sr. Keuner (Geschichten von Herrn Keuner) es una de las obras más interesantes escritas por Bertolt Brecht (1898-1956).

Las historias del Sr. K. se caracterizan por su brevedad y su capacidad incesante de estimular nuevas ideas y formas de pensar.

En esta obra, Brecht ofrece una definición particular sobre el amor:

“El amor es algo que se da y no algo que se retiene. El amor es el arte de producir algo con las posibilidades del otro”1.

Así, lo que damos por sentado queda sometido a revisión. La primera vez que leí este libro tenía poco más de 20 años. Ahora, con casi 40, sigo aprendiendo y sorprendiéndome con su filosofía de vida y visión del mundo (Weltanschauung).

Esas historias nos invitan a reflexionar sobre la realidad cotidiana, nuestra existencia y relaciones personales.

Aquí una de mis favoritas:

Conversaciones:

— Es imposible sostener una conversación entre nosotros dos — le dijo al señor Keuner a cierta persona.

— ¿Y por qué? — le preguntó ésta con sorpresa.

— En su presencia no se me ocurre nada razonable — contestó el señor K.

— Pero si no me importa en absoluto — dijo consoladoramente su interlocutor. —

Lo creo — respondió el señor Keuner molesto — pero a mí sí me importa2.

El señor Keuner estaba trabajando muy concentrado, entonces alguien le pregunta:

“¿En qué está trabajando usted?” y el señor Keuner responde: “Tengo mucho trabajo, estoy preparando mi próximo error”3.

El señor Keuner reflexiona sobre los más diversos temas, entre ellos La pregunta de si Dios existe (Die Frage, ob es einen Gott gibt).

“Una persona preguntó al señor K. si Dios existía.

Este dijo: — Te aconsejo que primero reflexiones si tu proceder se modificaría según fuera la respuesta a esta pregunta. Pues si no tuviera que cambiar para nada, más valdría olvidarnos de la pregunta.

Y si cambiara, en este caso al menos podría ofrecerte alguna ayuda diciéndote que ya habrías decidido de antemano: necesitarías un Dios”4.

El señor Keuner nos invita a reflexionar profundamente sobre la injusticia disfrazada de justicia. Él nos explica que:

“La injusticia a menudo adquiere carácter de justicia simplemente por ser frecuente”5.

Como buen pensador, el señor K. reflexiona con cuidado sobre los elogios recibidos:

“En cierta ocasión el señor Keuner oyó cómo sus antiguos alumnos le elogiaban y dijo: — Cuando los discípulos han dejado en el olvido remoto los errores de su maestro, él se acuerda todavía de ellos”6.

También analiza los cuestionamientos y evalúa si es pertinente responderlos.

“Un falso discípulo se acercó al señor K., el pensador, a contarle lo siguiente: — En América existe un becerro de cinco cabezas. ¿Qué me dices a esto?

— No digo nada — respondió el señor K.

El falso discípulo sintió un inmenso placer y añadió — Si fueras más sabio sabrías deducir cosas de este hecho.

El necio espera mucho. El pensador habla poco”.

¡El señor Keuner tiene ideas muy originales sobre el amor!

“— ¿Qué hace usted, le preguntaron al señor K., cuando ama a una persona?

— Le hago un dibujo — respondió el señor Keuner — y procuro que se le parezca.

— ¿Quién, el dibujo?

— No — dijo el señor Keuner —, la persona”7.

No es el boceto el que debe parecerse a la persona, sino todo lo contrario, según el Señor K.

El señor Keuner también reflexiona sobre el “amor a la patria” (Vaterlandsliebe) que fácilmente se convierte en “odio contra las patrias” (der Haß gegen Vaterländer).

“El señor K. no consideraba necesario establecer su residencia en un país determinado. —Malvivir puedo hacerlo en todas partes8 — solía decir. Un día paseaba por una ciudad que había sido ocupada por el enemigo del país en que él residía. Bruscamente se cruzó con un oficial de dicho enemigo que le obligó a descender de la acera.

El señor K. descendió indignándose contra aquél individuo, y no sólo contra él, sino sobre todo contra el país al que pertenecía, hasta el extremo de desear verlo arrasado por un terremoto.

— ¿Cómo me habré convertido en un nacionalista en este instante? — se preguntó el señor K. — Será por haberme cruzado con una nacionalista.

Y es por eso que debe extirparse la necedad, pues convierte en necio a quienquiera que se cruce en su camino”9.

¿Quién fue Bertolt Brecht?

Bertolt Brecht fue uno de los dramaturgos y poetas alemanes más influyentes del siglo XX. Nació en Augsburgo el 10 de febrero de 1898.

Brecht era todavía muy joven cuando fue llamado al servicio militar durante la Primera Guerra Mundial. Como estaba estudiando medicina, fue asignado para trabajar como enfermero en un hospital militar en el frente. Su contacto con las víctimas de la guerra lo convirtió en un feroz opositor de la guerra. Esta experiencia lo marcó profundamente y se convirtió en uno de los temas fundamentales de su obra. Incluso en el frente, escribió poesía para los soldados.

En 1924, Brecht fue invitado a unirse al Deutsches Theater (Teatro Alemán) en Berlín. Junto con el compositor Kurt Weill (1900-1950), escribió numerosas obras, de las cuales “La ópera de los tres centavos” (Dreigroschenoper) es la más conocida.

A partir de 1930, las obras de Brecht comenzaron a sufrir la agresiva oposición de los nacionalsocialistas. A principios de 1933, una representación de La medida (Die Maßnahme) fue disuelta por la fuerza por la policía.

En ese mismo año, Brecht abandonó Berlín con su familia y huyó al extranjero. Viajó por toda Europa (Praga, Viena, Zúrich y París). Posteriormente vivió en Dinamarca durante cinco años, y finalmente se estableció en Estados Unidos.

En 1949, Brecht regresó a Alemania y, junto con su esposa Helene Weigel (1900-1971), fundó el Berliner Ensemble en Berlín Oriental. El grupo teatral fue concebido tanto como escuela como teatro experimental.

Bertolt Brecht murió el 14 de agosto de 1956 en Chausseestraße 125 de Berlín. Este lugar es ahora la Casa de Brecht (Brecht-Haus): el museo Brecht-Weigel, un monumento conmemorativo y un centro de trabajo. Si se visita Berlín, realmente vale la pena conocer ese sitio tan especial: allí se puede ver cómo vivía y trabajaba Brecht. Se han conservado tres habitaciones en su estado original (¡lo cual es increíble!) y están abiertas a los visitantes. Si tienen la oportunidad, ¡hagan un recorrido guiado! Mi recorrido fue en alemán, pero bajo petición, es posible organizar uno en inglés también. Aquí hay algo de información práctica sobre ello:

También recomendaría que vayan al Dorotheenstädtischer Friedhof, el cementerio donde están enterrados tanto Brecht como su esposa. Está junto al museo y ¡realmente vale la pena visitarlo! Filosofía cotidiana. Substack, 16 de junio de 2026.
















REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. 6. ESTADOS UNIDOS FIRMA SU DERROTA Y LA CELEBRA CON CHAMPÁN, POR EDUARDO BAYÓN. 21 DE JUNIO DE 2026

 





Hay derrotas que se firman con champán. La que Donald Trump celebró el domingo en Truth Social, el día de su octogésimo cumpleaños, es una de ellas. «¡Que fluya el petróleo!», escribió, autorizando la reapertura del estrecho de Ormuz como quien corta la cinta de una obra propia. Pero conviene leer la letra que el entusiasmo tapa. Lo que Trump presenta como victoria es, en realidad, el acta de defunción de su propia política exterior: la confesión de que tres meses y medio de guerra, miles de muertos y una economía mundial zarandeada han servido para regresar, exactamente, al punto donde estábamos antes de empezar.

Repasemos qué había en vísperas del 28 de febrero, el día en que Estados Unidos e Israel lanzaron la ofensiva. Había un estrecho de Ormuz abierto, por el que circulaba la quinta parte del petróleo y el gas del planeta. Y había una promesa iraní de no dotarse de armamento nuclear. Repasemos ahora qué queda sobre la mesa tras el acuerdo preliminar anunciado el domingo: un estrecho que volverá a abrirse y una promesa iraní de no buscar la bomba. Lo mismo. Idéntico. Solo que con miles de cadáveres de por medio, una Guardia Revolucionaria que sale de la guerra más fuerte de lo que entró y una factura que Teherán ya empieza a pasar.

Esto no es una paz. Es un canje en el que una de las partes ha pagado un precio descomunal por recuperar lo que tenía.

Lo más revelador no está en lo que el acuerdo contiene, sino en el miedo que delata. Hay algo que el presidente estadounidense no tolera bajo ningún concepto: que se le reproche que el resultado se parece —o es peor— al acuerdo nuclear que Barack Obama firmó con Irán en 2015. Aquel pacto, el JCPOA —Joint Comprehensive Plan of Action o Plan de Acción Integral Conjunto—, limitaba el programa nuclear iraní a cambio de aliviar sanciones, y el Organismo Internacional de la Energía Atómica certificaba que Teherán lo cumplía. Trump lo dinamitó en 2018 calificándolo de «terrible». La consecuencia directa de aquella salida fue que Irán aceleró su enriquecimiento de uranio hasta colocarse, según las estimaciones de la propia Washington, a un paso del umbral militar.

Es decir: Trump rompió un acuerdo que funcionaba, provocó con ello la escalada nuclear que decía querer evitar y ahora libra una guerra para terminar negociando una versión recauchutada de aquello que destruyó. El círculo se cierra sobre sí mismo con una perfección casi didáctica. Quien quiera entender el coste real del trumpismo en política exterior tiene aquí el caso de estudio: la demolición de la diplomacia multilateral no produjo nada mejor, produjo lo mismo a un precio sangriento.

¿Por qué firmar ahora, y con tanta prisa por anunciarlo? Las fechas hablan solas. El acuerdo se proclama el día del cumpleaños del presidente y a menos de cinco meses de las elecciones de medio mandato de noviembre. El cierre de Ormuz disparó los combustibles y empujó la inflación a su nivel más alto en años; la popularidad de Trump está en mínimos y a los republicanos del Congreso les urgía cortar la hemorragia antes de las urnas. La guerra empezó como demostración de fuerza y termina como gestión de daños domésticos. Cuando una política exterior se subordina al calendario electoral hasta este punto, deja de ser estrategia para convertirse en publicidad.

La publicidad necesita un relato. De ahí la euforia mayúscula en Truth Social, las mayúsculas literales, los signos de exclamación, el «arranquen motores». Pero el relato tiene un problema: al otro lado también se fabrica una victoria. La televisión estatal iraní proclamó que Estados Unidos «se vio obligado a firmar», y la agencia Fars, vinculada a la Guardia Revolucionaria, presumió de haber arrancado concesiones de última hora. Dos países, dos triunfos incompatibles sobre el mismo papel. Cuando ambos bandos venden la misma firma como su victoria, lo razonable es sospechar que nadie ha ganado y que el documento dice mucho menos de lo que cada uno proclama.

Hay un detalle que merece más atención de la que está recibiendo: el estado en que esta guerra deja las alianzas de Washington. Israel, el socio que lanzó la ofensiva junto a Estados Unidos, ha quedado al margen de la negociación y respondió bombardeando los suburbios del sur de Beirut el mismo día del anuncio, amenazando con descarrilarlo todo. La reacción de Trump fue arremeter en público contra Netanyahu en términos gruesos. El aliado al que armó se le ha desbocado, y lo único que le queda es insultarlo desde la grada.

Mientras tanto, la mediación que ha hecho posible el acuerdo no ha pasado por Washington ni por Bruselas, sino por Islamabad, con Qatar, Turquía y Egipto de reparto. Y el G-7, reunido en Evian, ha corrido a ofrecerse para levantar sanciones, en el papel de comparsa que ratifica lo ya pactado por otros. El eje diplomático se ha desplazado, y Estados Unidos ya no aparece como quien dirige a sus socios, sino como quien apaga los incendios que él mismo prendió.

Conviene la prudencia: esto es un acuerdo preliminar. La firma se prevé para el viernes en Suiza, y se abre un plazo de negociación en el que el asunto nuclear, el más espinoso, sigue sin resolverse. Israel ya demostró el domingo que puede dinamitarlo. Nada está cerrado. Pero hay un detalle del memorando que merece destacarse: incluye la retirada de tropas estadounidenses. Quien gana una guerra no suele pactar su propia salida.

La lección de fondo es que la coerción militar llevada al máximo —ultimátums apocalípticos, amenazas de «destrucción total», la advertencia de que «una civilización entera podía desaparecer»— ha rendido el mínimo: volver al casillero de salida con la región igual de inestable y miles de muertos que no volverán. Trump firmará como triunfo la prueba de que su guerra no servía para nada. El trabajo de quien analiza es no aplaudir el champán y leer el acta. Eduardo Bayón es politólogo. Substack, 16 de junio de 2026.