lunes, 22 de junio de 2026

DEL CAFÉ DE SOBREMESA. MUERTE DE UN SIMPLE GATO, POR JUSTO BARRANCO. 22 DE JUNIO DE 2026

 





Era simplemente un gato. ¡Simplemente! Neruda lo escribió como nadie: “Pequeño emperador sin orbe, conquistador sin patria, mínimo tigre de salón”. Y más: “Arrogante vestigio de la noche, perezoso, gimnástico y ajeno, profundísimo gato, policía secreta de las habitaciones”. Y mucho más. Pero eso ya es su Oda al gato. En este caso el gato se llamaba, sí, claro, por qué no, Félix. Y Félix tenía una casa.

Wislawa Szymborska, la gran Nobel polaca a la que siempre hay que leer como un oráculo, escribió el poema Un gato en un piso vacío. El gato, en realidad ella cuando perdió a su pareja, esperaba a un amo que no llegaba. Pasaban los días y las rutinas cambiaban, otras personas le ponían la comida y él se inquietaba, y tramaba. Los gatos son así, y si se trata de ignorar y mostrarse indiferentes, son los reyes: “Se va a enterar­ de que eso no se le puede hacer a un gato. Irá hacia él como si no quisiera, despacito, con las patas muy ofendidas. Y nada de saltos ni maullidos al principio”, acababan los versos. Félix sabía administrar también los regresos.

¿Qué silla, sillón, reposapiés, banqueta, respaldo, cama o mesa no se habrá convertido en trono temporal del pequeño emperador de la casa?

Pero en realidad, por qué no escribir Un piso vacío sin un gato. ¿Qué silla, sillón, reposapiés, banqueta, respaldo, cama o mesa no se habrá convertido en trono temporal del pequeño emperador de la casa? Más sus mil escondrijos. Desde qué lugar no habrá mirado. Su mirada. La de Félix era vieja, eterna, de haber vivido mucho, desde pequeño. Él, los gatos son así, decidió un día, bastante desnutrido, que la vida del bosque no rendía y que le iban a adoptar. Y tras sentarse decidido unos cuantos días en el porche de la masía de una familia, lo logró. Después de todo, como casi todo, a los gatos, se les debe.

¿Quién camina y se sienta con esa elegancia? Silenciosos, ágiles, elásticos y limpios hasta la extenuación, con su lengua y sus patitas obran prodigios. Lo contaba otra Nobel, Doris Lessing, en el relato La vejez de El Magnífico. Su gatito, tras perder una pata con la que se lavaba la cara, le lamía el dedo a Lessing para que le lavara ella. Félix también era exhaustivo en sus largas toilettes. Y pese a guardar casi siempre las distancias, era fácil amanecer por sorpresa con él hecho una pequeña caracola. También obsequiaba con monerías a quien lo mereciera.

En su pequeño, silencioso e indescifrable misterio, era toda una presencia. Félix tenía una casa. Y toda la casa era Félix. Ahora, simplemente, será otra. Justo Barranco Martín es periodista. La Vanguardia, 18 de junio de 2026.

























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