Preocupado por las ilusiones de un futuro más justo, siempre fui partidario de la memoria histórica. Ya de adolescente, sentí la necesidad de conocer lo que había ocurrido en 1936, la ejecución de García Lorca, el exilio de Antonio Machado, María Teresa León y Rafael Alberti. Después llegaron la lucha antifranquista de Blas de Otero y el derecho a la libertad sexual de Gloria Fuertes o Gil de Biedma. Pero la utilidad de la memoria ha cambiado para mí en los últimos tiempos y mi vocación de ciudadano libre necesita recordar todos los días, junto a las heridas del franquismo, el horror de las dictaduras que convirtieron la lucha por causas justas en una represión sistemática. Desde mi juventud maldigo a Stalin y a todos sus discípulos. Llenaron la existencia de barbarie igual que Hitler y Mussolini. Eso tampoco puedo olvidarlo, y es algo que protagoniza ahora mi memoria histórica.
Cada mañana, después de leer y escuchar las noticias, siento un deseo acuciante de que alguien meta en la cárcel a los jueces indecentes que traicionan su profesionalidad y se dedican a controlar los tiempos de un relato mezquino. Demuestran la autoridad antidemocrática que supone un poder no legitimado por los gobiernos, sino por la soberbia y la ideología de los oligarcas. Y ya no se trata de recuperar un gobierno al servicio de los intereses económicos del capitalismo, sino de acabar con cualquier ilusión que apueste por una democracia de carácter social. Por rabieta metería todas las mañanas a cuatro o cinco jueces en la cárcel. Entonces le pido a la memoria histórica que me recuerde el horror de Stalin y de las revoluciones pervertidas. Mejor resistir en las difíciles contradicciones de nuestra democracia. Más que meter en la cárcel a estos jueces, quisiera que la política tomase medidas para defender una verdadera independencia judicial, unas leyes al servicio de la ciudadanía. Y qué difícil lo tenemos. Luis García Montero es poeta y director del Instituto Cervantes. El País,22 de junio de 2026.



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