Trump ha fracasado en su ataque a Irán en términos de sus objetivos políticos, según la mayoría de los observadores. Claro que nunca se sabe con este presidente por dónde le da. Aun así, parece evidente que a Estados Unidos no le ha servido, una vez más, la supremacía militar para imponer en el mundo la voluntad de sus dirigentes. Una vez más porque hay que recordar que la costosa y arbitraria guerra de Irak acabó con un gobierno chiita cercano a sus correligionarios iraníes. Y que tras veinte años de combates en Afganistán, las tropas de la coalición occidental salieron de Kabul caóticamente, dejando en el poder a los talibanes y a las mujeres afganas abandonadas a su suerte.
Pero esos fallidos intentos de resolver por la fuerza los complejos conflictos políticos de sociedades que no son una amenaza para otros países dejan un reguero irreparable de muerte y destrucción, sobre todo para los países invadidos, pero también con un alto costo para las tropas invasoras, que pagan con su sangre y sus mutilaciones la disciplina que deben a sus responsables políticos. En Irak murieron 655.000 personas y en Irán han muerto más de 10.000. Además de la devastación de ciudades y de vidas, incluidas niñas, despreciadas por los poderes geopolíticos.
Asimismo, la guerra desencadenada en Ucrania por la invasión rusa ha destruido un país, donde ha matado a cientos de miles y ha herido de gravedad a muchos más, incluidos miles de civiles, sin que todavía se pueda vislumbrar la paz. Si Putin quería demostrar el poder bélico de Rusia y su capacidad de liderazgo, ha conseguido exactamente lo contrario. Solo la ideología obsoleta, alimentada por la industria militar, puede temer hoy un ataque ruso en Europa, cuando en casi cinco años, Rusia sigue sin poder doblegar a Ucrania (apoyada por la OTAN), a pesar de su superioridad misilística y numérica. El desmesurado esfuerzo ruso ni siquiera ha podido ocupar completamente el Donbass, objetivo mínimo de Putin de cara a su opinión pública.
Los grandes poderes geopolíticos son tigres de papel en términos de su capacidad de dominar por la fuerza bruta, sin respeto de la legalidad internacional, en un mundo en que la tecnología se ha difundido, como demuestran los drones ucranianos o iraníes, y en que el poder de la identidad sostiene resistencias con las que no contaban los tecnócratas de la guerra.
Hay, sin embargo, una excepción importante: Israel. Utilizando su avanzada tecnología militar y con el apoyo masivo de Estados Unidos, las fuerzas israelíes están procediendo a una limpieza étnica en Oriente Medio utilizando la fuerza sin límites, como muestran las masacres de civiles en Gaza, en Cisjordania y en Líbano. Además de atizar el enfrentamiento a gran escala con Irán, único país al que teme Beniamin Netanyahu.
El Israel actual es la gran amenaza para la paz mundial. No solo por sus acciones militares, sino porque intenta demostrar que la muerte a gran escala puede ser eficaz para que el llamado Occidente mantenga su superioridad racial colonial ante la emergencia del Sur global.
Análisis en que concuerdan los tecnolibertarios del nuevo Silicon Valley (Peter Thiel, Elon Musk y demás), que se han constituido como la clase dominante global, uniendo poder tecnológico, financiero y político, a través de su influencia sobre Trump, Milei y la nueva estirpe de populismos neofascistas en EE.UU., América Latina y Europa. Están decididos a utilizar su tecnología para ganar guerras, interviniendo como hizo Starlink en la guerra de Ucrania.
Por eso se centran en debilitar a China, único poder con capacidad tecnológica y militar para ofrecerles resistencia. Mientras, en Europa seguimos hablando sobre nuestros valores, que empiezan a ser cuestionados por muchos ciudadanos, desde Alternativa para Alemania hasta Vox y Le Pen. La violencia no necesariamente prevalece, pero destruye vidas y socava la convivencia. Manuel Castells es sociólogo. La Vanguardia, 11 de julio de 2026.

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