Me siento a escribir y esta columna se me va de las manos o se me va hasta las manos. Tenía pensado hablar de Maite (Tusquets, 2026), la última novela de Fernando Aramburu, pero veo mis manos sobre el ordenador y me pongo a pensar en la vejez de sus dedos, en todo lo que han tocado y en la memoria que se confunde con el sentido del tacto como los años se confunden con las venas y las marcas de la piel. Y es que Maite, la protagonista de Aramburu, cuenta por teléfono a su hermana que se casa con Andoni porque se ha enamorado de sus manos. Se trata de unas manos pulcras, con las uñas siempre arregladas, un poco de vello diseminado, capaces de levantar con elegancia una taza de café o de mover de manera educada los cubiertos en una comida de trabajo. Muy sabias también a la hora de sobar.
Mis manos no son así, vaya por Dios. Quería yo hablar de lo que cabe en un abrazo, buscar los pliegues familiares, los secretos de una pareja, el modo en el que las historias colectivas buscan razones para movilizarnos o argumentos para cultivar la indiferencia, como si el dolor o la injusticia no fuesen con nosotros. Quería recordar el peligro de las identidades cuando legitiman la violencia, sus heridas sangrantes, lo que nos dolieron aquellas fotografías juveniles de Miguel Ángel Blanco, el concejal de Ermua asesinado por ETA hace casi 30 años. Pero veo mis manos sobre el ordenador y me da por pensar en mi vida, mis uñas, los cuerpos acariciados, las veces que quise encerrar el mundo en un puño para arreglarlo y la decisión de que mi verdad nunca llegase a las manos. Tampoco al silencio. La literatura de Fernando Aramburu nos interpela, se nos mete dentro de la propia vida en cuanto tenemos uno de sus libros entre las manos. Las manos sirven para pedir la palabra en el auditorio de los recuerdos y la conciencia. Manos cansadas, que agradecen en este mundo difícil los buenos motivos para aplaudir. Luis García Montero es poeta. El País, 6 de julio de 2026.



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