La primera fue una señora llamada Frau Troffea. Se puso a bailar delante de su casa, sin música, un 14 de julio, y siguió durante horas, ignorando los ruegos de su marido para que parara. Por la noche se desplomó de agotamiento. A la mañana siguiente, a pesar de la hinchazón en los pies, continuó. Algunos de los vecinos que la habían visto se contagiaron, y en pocos días había una treintena de bailarines. Se tiene constancia de más de una docena de casos de coreomanía, pero la plaga de baile de Estrasburgo de 1518 es la más mortal y la mejor documentada. Duró más de un mes, con cientos de ciudadanos afectados, que bailaron hasta caer inconscientes o, en algunos casos, muertos.
El gremio de médicos declaró que la causa de la epidemia era el calentamiento de la sangre. Y recomendó que los enfermos bailaran hasta liberarse de la afección. Con el fin de crear las condiciones idóneas para que la danza se agotara por ella misma, se instalaron plataformas en los mercados, se contrataron decenas de músicos y se pagaron bailarines sanos para animar a los afectados a mover el esqueleto y así supuestamente acelerar su recuperación. Pero la locura colectiva se fue de madre, y en su momento más álgido, morían bailando hasta quince personas al día.
Diferentes historiadores habían argumentado que las epidemias de danza de la Europa medieval habían sido provocadas por el cornezuelo de centeno, que parasita el centeno y otros cereales y causa convulsiones y alucinaciones. Pero el historiador John Waller, en el libro A time to dance, a time to die (2009), desmiente esta hipótesis. Argumenta que este hongo también restringe el flujo sanguíneo a brazos y piernas, por lo cual los envenenados no podrían haber bailado durante días. Waller, en cambio, habla de precedentes, de condiciones y de predisposiciones.
No caben sus argumentos detallados en estas pocas líneas, pero abre el libro con una cita de H. C. Erik Midelfort, en A history of madness in sixteenth-century Germany (1999), que me nada en la cabeza desde hace días: “Las locuras del pasado no son entidades petrificadas que se puedan arrancar preservadas de sus nichos y colocar bajo nuestros microscopios modernos. Más bien son como medusas, que se deshacen y se secan cuando las sacamos de su ambiente de agua de mar”. Irene Solà es escritora. La Vanguardia. 5 de julio de 2026.


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