Si bien Miguel de Unamuno (1864-1936) reprobó públicamente en no pocas ocasiones el modernismo, como heredero hispano del simbolismo francés con Rubén Darío (1867-1916) como máximo exponente y Valle-Inclán (1866-1936) como legítimo heredero, es evidente que en lo más importante de su obra literaria utilizó los mecanismos de dichas corrientes literarias. Niebla (1914), novela a la que el mismo deseó un nuevo género que denominaría «nivola», es quizás el mejor ejemplo de dicha impronta en su obra.
En las propias páginas de Niebla, Unamuno explica que una «nivola» es un artefacto literario que subvierte las características de la novela realista del siglo XIX. El autor impone un género libre, abierto, que da cabida al ensayo y lo hace logrando que la acción avance en virtud de los diálogos y, especialmente, los monólogos interiores que logran difuminar las fronteras entre el autor y los protagonistas que este ha creado.
A ningún lector le sorprende, a día de hoy, que una obra literaria se entregue a los flujos de conciencia de narrador y personajes, pero fue la mayor innovación que Unamuno introdujo en la literatura española. Y sí, se trataba de una característica de la novela modernista europea, junto con la experimentación formal, que el escritor y filósofo utilizó tanto en Niebla, como en una obra anterior: Amor y pedagogía (1902).
Lo que Unamuno trajo a las letras hispanas, en dichas obras, fue algo que ya forma parte del acervo literario universal: el diálogo interior que todos los humanos mantenemos con nosotros mismos y que tanto bien como mal puede llegar a hacernos dependiendo de cómo lo desarrollemos. Teniendo en cuenta la intensa labor filosófica del autor, no debe sorprendernos que incorporase a sus obras literarias tan necesaria técnica.
En Niebla, los postulados filosóficos de Unamuno se vuelcan en el hecho literario. Conocedor como era de una de las teorías que el filósofo y psicólogo estadounidense William James (1842-1910) expuso en su monumental Los principios de la psicología (1890), utilizó el «flujo de conciencia», que este consideraba imprescindible para el desarrollo personal, como pivote principal de su «nivola». Desde el prologuista hasta el propio autor, pasando por Augusto Pérez, protagonista principal de la obra, se interpelan y expresan sus pensamientos a través de su flujo de conciencia, sus monólogos interiores y los diálogos que entre ellos mantienen. Así, Niebla se convierte en un juego de espejos en que la acción avanza como por un laberinto de apariencias y pareceres que invitan al lector a mantenerse en un estado de atención y reflexión continua.
Si bien Unamuno se permitió atacar el modernismo de Rubén Darío, según él anquilosado por una excesiva muestra de formalismo barroco en que «cuesta descubrir la famosa corriente o flujo continuo de James», Niebla no deja de ser, también, un experimento en sus formas. Tomando no pocas de las herramientas que tan magníficamente utilizase Cervantes (1547-1616), Unamuno deja a sus protagonistas, y a él mismo, como autor, a expensas de sus pensamientos subconscientes, permitiendo que estos plasmen su propia evolución. Y ya sabemos que lo subconsciente no está exento de barroquismo, metáforas e imágenes inquietantes.
Los postulados filosóficos de Unamuno deseaban constatar que el pensamiento es un proceso que se realiza en la expresión del lenguaje. Por ello, en Niebla se entrega al lenguaje para irle quitando capas a la cebolla del yo de su protagonista, Augusto Pérez. Lo hace edificando sus páginas en el interior de cinco círculos concéntricos en que se expone la realidad del propio autor, la del protagonista de su obra, la de este al tomar consciencia de ser un ente de ficción, la que descubre al enfrentarse a su creador y la de ambos ante el lector.
Dichos círculos son recorridos por el lector asistiendo a los numerosos diálogos, interiores y externos, y al flujo de conciencia tanto del propio autor como de su principal protagonista. Todo ello, para que Unamuno constate su teoría de descubrimiento del propio «yo» a través de la necesaria conversación interior. El pensamiento como proceso que se realiza en la expresión del lenguaje. Un lenguaje al que solo le quedan huecos que el lector se verá obligado a rellenar con sus propias experiencias y pensamientos para ser completo.
Ya en su ensayo Soledad (1905), avanzó Unamuno el convencimiento filosófico que llevaría al plano literario con Niebla, al afirmar que «no hay más diálogo verdadero que el que entables contigo mismo, y este diálogo solo puedes entablarlo a solas. En la soledad, y solo en la soledad, puedes conocerte a ti mismo como prójimo; y mientras no te conozcas a ti mismo como prójimo, no podrás llegar a ver en tus prójimos otros yos». Pablo Cerezal es escritor. Ethic, 10 de julio de 2026.

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