Una de las conquistas del Estado liberal que surgió de la Revolución Francesa fue acabar con la opacidad de las causas criminales y establecer la publicidad del juicio. El objetivo estaba bastante claro: prevenir los abusos del poder y acabar con los juicios a puerta cerrada. En lo que no pensaban los enciclopedistas era en convertir el proceso penal en un culebrón.
Pero a la vista está en lo que pueden acabar las conquistas liberales. Entre otras patologías muy al día, en la divulgación sistemática de actuaciones judiciales que deberían permanecer reservadas, y en el uso tóxico que se hace después de esa información. El reciente caso Andic vale como paradigma de un sumario convertido en espectáculo y del que sabemos demasiadas cosas que no deberíamos saber.
Es razonable que la muerte de un empresario importante y la investigación contra su propio hijo despierten interés público. Pero, a partir de ahí, la catarata de filtraciones solo produce asombro y chismorreo. Acaba dando la impresión de que esperamos con impaciencia que el hijo haya matado al padre. Cuanto más dinero, más disputas familiares y más perversión, mejor.
Solo así puede construirse ese serial rayano en lo pornográfico sobre el supuesto exotismo de los ricos, un voyeurismo social que solemos confundir con el interés público. Porque ¿qué añade realmente a la formación de una opinión libre conocer los mensajes privados entre padre e hijo? ¿Qué aporta saber que el fallecido tenía una nueva compañera sentimental, cuánto dinero ha podido percibir esta o que una psicóloga amenazara con abandonar el tratamiento si no aumentaban los honorarios del vástago? Todo esto resulta, sencillamente, insano.
Pero vayamos a lo concreto. ¿Cómo nos llega toda esta información? Muy sencillo: porque alguien con acceso legítimo al procedimiento decide vulnerar la ley. Las actuaciones son secretas para quienes no son parte, aunque ese secreto, en España, se parezca cada vez más a un chiste. O sea que la filtración solo puede proceder del juzgado, la fiscalía, la policía, la defensa o cualquier funcionario con acceso al expediente.
Para más inri, no es que se filtre un sumario; se filtran fragmentos. El ciudadano cree estar conociendo la investigación cuando, en realidad, solo conoce la versión que una de las partes ha decidido poner en circulación. Porque contra lo que se suele decir, las filtraciones no aumentan nuestro conocimiento: lo contaminan.
Y eso que los Andic, al fin y al cabo, son particulares extraordinariamente adinerados, que jamás han mercadeado con su intimidad ni han pretendido erigirse en referentes morales dando la lata al respetable. El caso cambia cuando hablamos de Zapatero. Un personaje público que aparece investigado por unas conductas francamente sonrojantes que, sean o no delictivas –esa es otra discusión–, bastan para considerar una simpleza su credibilidad política. Tiene sentido que esos hechos lleguen a conocimiento público: el hallazgo de las joyas o cualquier actuación relacionada con el eventual abuso del poder son, legítimamente, noticia. Lo que cuesta entender es qué aporta al debate democrático saber que él y su secretaria llamaban “las lobas” a sus hijas, dónde cenaba (Hörcher, por cierto), si Julio era “Julito” o cualquier otro detalle de su vida privada carente de interés para el derecho penal. Cuando esa información está en la calle, además, la instrumentalización es instantánea: cada filtración se convierte en munición que se airea con indignación cuando perjudica al adversario y se silencia con prudencia cuando salpica al propio bando.
Los que tenemos una cierta edad recordamos cuando los volcados telefónicos los hacía un policía de carne y hueso. Al llegar a una charla doméstica, una confidencia sexual o cualquier otro pasaje irrelevante, el funcionario anotaba escuetamente: “Sin interés para la investigación”, y no la transcribía.
Hoy la tecnología permite incorporar al procedimiento miles de mensajes y conversaciones completas. El progreso técnico ha eliminado aquel elemental filtro de prudencia que imponía la ley y el sentido común. Entre eso y las divulgaciones interesadas, el espectáculo está servido gracias a la torpe confusión entre la capacidad de conservarlo todo y la malicia de divulgarlo todo. Y así, sagazmente, hemos perfeccionado una formidable máquina de triturar la intimidad humana. Gran negocio. Y ahora, vayan a contarle todo esto al jurado. Javier Melero es escritor. La Vanguardia, 8 de julio de 2026.



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