Siempre me ha fascinado la dualidad con la que los niños pequeños afrontan las novedades. Sus ojos brillan atraídos por lo desconocido y se lanzan curiosos a descubrir, pero al mismo tiempo les cuesta cambiar rutinas, compañías o entretenimientos y se aferran a lo familiar, a lo seguro. Ahora lo veo todo el tiempo en mi hija, que lo mismo explora con entusiasmo, preguntando sin parar sobre la novedad de la que quiere aprender todo, que se resiste con fiereza radical a ver una película nueva, a escuchar una canción desconocida. Hasta que la canción suena, la película empieza y fascinan a mi peixiña. El entusiasmo aparece de nuevo y si le gusta lo suficiente, sonará y sonará. Lo nuevo se convierte en conocido a base de repeticiones y se queda en el catálogo de favoritos como si siempre hubiera estado ahí.
Algo parecido sucede con la ideología conservadora. Como diría Michael Freeden, ser conservador es resistirse a cualquier cambio hasta que se hace inevitable y, en ese momento, naturalizarlo. A veces, esa naturalización se disfraza de banalidad. Como un cartel del Orgullo que parece un anuncio de cañas de un bar inventado lleno de sillas de colores. ¿Para qué reivindicar si puedes presumir de bares con orgullo? Otras, implica apropiarse de una realidad o una institución con cierta desmemoria. Como cuando el Partido Popular se autoproclama el adalid de la Constitución, como si la mayoría de los diputados de AP no se hubieran abstenido en la votación definitiva del Congreso o las divisiones internas no hubieran impulsado el arreglo de no hacer campaña expresa por el sí. Pero bienvenidas sean las paradojas que vuelven transversales los acuerdos que defienden derechos y asientan la democracia.
Como sucede con los niños, la convivencia de inclinaciones progresistas y conservadoras contribuyen a un crecimiento sólido y estable. Sobre esa alianza ha descansado la edad de oro de la democracia occidental y España no ha sido una excepción. Por eso el pacto PP-Vox de Andalucía es una mala noticia. Donde menos apoyo externo necesitaba lo ha comprado al precio más alto, aceptando el programa completo de quien no quiere conservar, sino retroceder y destruir los acuerdos sobre los que descansa el sistema. Así, Vox gana al PP en este ciclo, haciendo que no se conciba un escenario donde los populares gobiernen solos, legitimando sus peores medidas y sacrificando al barón que mejor representaba ese espíritu conservador y constructivo al que el PP parece decir adiós. Pilar Mera es politóloga y profesora de la UNED. El País, 7 de julio de 2026.

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