Cuentan que, en el corazón de Iberia, había un próspero reino, uno de los muchos que formaban un gran imperio. Corrían días de alegría: los habitantes de todos los reinos acababan de celebrar juntos una gran victoria deportiva que, por un momento, les había hecho olvidar sus diferencias. Pero también se sentían orgullosos de sus bomberos y soldados, de sus magníficos camiones y espectaculares máquinas voladoras. Cuando apagaban un incendio, los habitantes aplaudían, los periódicos publicaban fotografías heroicas y los gobernantes pronunciaban grandilocuentes discursos. Todo parecía funcionar. Hasta que el fuego empezó a ganar.
Los incendios eran cada vez más grandes, rápidos y virulentos. Los expertos advertían que el cambio climático agravaba las sequías, las olas de calor y las condiciones que los alimentaban. Pero en la Corte había opiniones para todos los gustos. Algunos cortesanos, ecologistas de salón, proponían dejar el monte a su suerte bajo el mantra de la conservación. En el extremo contrario, otros negaban la evidencia científica del cambio climático y aseguraban que todo aquello era una exageración interesada.
Curiosamente, unos y otros les venían muy bien a la Reina y a su séquito. Mientras discutían y convertían el monte en otra batalla ideológica, la Corte podía evitar una cuestión incómoda: prevenir costaba dinero. Era más popular proclamar la libertad de los súbditos, prometer que no subirían los impuestos y confiar en que los bomberos volverían a salvar el reino.
Entre tantos presuntos expertos, una anciana de las montañas pidió la palabra.
—El problema no son los incendios—, dijo.
Todos se echaron a reír.
—¿Cómo que no son los incendios?—, preguntaron.
—No. El problema es cómo hemos dejado el bosque.
Aquella respuesta indignó a muchos cortesanos. Desde las ciudades veneraban aquel bosque, más grande, verde y frondoso que nunca. La anciana señaló hacia las montañas:
—Hace muchos años había agricultores, ganaderos y pastores, resineros, leñadores y madereros. Había gente trabajando y viviendo.
Durante generaciones habían modelado el territorio. Los rebaños pastaban, los cultivos frenaban el avance del fuego, la madera se aprovechaba y los caminos se mantenían abiertos. Pero muchas de aquellas actividades dejaron de ser rentables. Las ciudades crecieron, los pueblos se vaciaron y el bosque comenzó a quedarse solo.
Al principio pareció una buena noticia. Los árboles ocuparon antiguos bancales y los arbustos cubrieron caminos abandonados. Todos celebraron aquella aparente victoria, excepto los ancianos de las montañas. Ellos veían cómo cada año se acumulaba más combustible y el paisaje se hacía más continuo y homogéneo. Con sequías más largas y temperaturas más extremas, bastaban una chispa y un fuerte viento para convertir aquel magnífico capital natural en una inmensa hoguera. Pero nadie quería pagar por prevenirlo. Inaugurar camiones y aviones era mucho más vistoso.
Hasta que llegó aquel verano. Primero fue la sequía. Después, un calor extraordinario. Luego llegó el viento. Y finalmente, el fuego.
Esta vez no ardía únicamente aquel reino. Casi al mismo tiempo comenzaron a arder montañas en reinos vecinos y los medios propios dejaron de ser suficientes. La Reina, sobrepasada por la emergencia, pidió ayuda al Emperador y al resto de reyes. Llegaron bomberos, brigadas, máquinas y aeronaves desde otros territorios, mientras el Emperador movilizaba la guardia imperial. Llegó también apoyo desde Europa. Fue una formidable demostración de solidaridad.
Pero el fuego siguió avanzando. Ignoró caminos, cortafuegos, fronteras, discursos y aplausos. Ardieron montañas enteras, cayeron algunos héroes y murieron personas que no pudieron escapar a tiempo.
Cuando todo terminó, el Reino reunió nuevamente a sus sabios cortesanos.
—Necesitamos más bomberos—, dijeron unos.
—Más máquinas voladoras—, reclamaron otros.
Y volvieron las disputas sobre el clima, la conservación, los impuestos y, sobre todo, quién tenía la culpa. La anciana pidió nuevamente la palabra. Esta vez nadie rio.
—Claro que necesitáis buenos bomberos. Y claro que el clima está cambiando. Pero ningún ejército de bomberos puede defender indefinidamente un territorio preparado para arder. Los incendios se combaten cuando ocurre la emergencia, pero los grandes incendios se previenen trabajando el territorio durante todo el año.
Un joven bombero contó entonces que su abuelo había sido pastor, su padre agricultor y él ahora luchaba contra el fuego. La asamblea guardó silencio. Comprendieron entonces que llevaban décadas confundiendo consecuencias y causas. Habían invertido fortunas en apagar incendios mientras olvidaban cuidar el territorio. Gestionar el bosque no significaba destruirlo, sino hacerlo más diverso y resiliente: recuperar la agricultura de montaña y el pastoreo, aprovechar sosteniblemente los múltiples recursos forestales, crear paisajes en mosaico y reducir el combustible. Y comprendieron que sin pueblos vivos aquella tarea sería imposible.
También entendieron una profunda injusticia. Aquellos bosques proporcionaban agua, protegían suelos, conservaban biodiversidad y eran esenciales para mitigar y adaptarse al cambio climático. Las ciudades disfrutaban de esos beneficios mientras los pueblos de las montañas asumían la responsabilidad de conservarlos sin disponer de los recursos necesarios.
La crisis había revelado algo todavía más incómodo: la Reina había fracasado, pero tampoco el Emperador ni los demás reinos habían sabido evitar la catástrofe. Mientras discutían sobre competencias y responsabilidades, los montes seguían acumulando combustible. Reconocer aquel fracaso compartido fue quizá el primer verdadero avance.
El Emperador convocó entonces a los Consejos de todos los reinos. Esta vez no para buscar culpables, sino soluciones. Gobernantes de diferentes colores, alcaldes, científicos, profesionales forestales, ecologistas, bomberos y habitantes rurales tuvieron que sentarse a la misma mesa.
La anciana intervino una última vez:
—Quizá no tengáis que elegir entre conservar y gestionar. Quizá tengáis que aprender a conservar gestionando. Y quizá no debáis preguntaros cuánto cuesta prevenir, sino cuánto nos está costando no hacerlo.
Después de largas negociaciones alcanzaron el Gran Pacto de los Montes, un acuerdo destinado a sobrevivir a gobiernos y elecciones. Decidieron apoyar el desarrollo rural, recuperar la gestión activa y adaptativa de los bosques, impulsar la agricultura de montaña, la ganadería extensiva y los aprovechamientos forestales, compensar los servicios ambientales que los pueblos prestaban al conjunto de la sociedad y garantizar una inversión estable en prevención.
Y acordaron algo todavía más difícil: dejar de utilizar cada incendio para culpar al adversario. Porque el fuego no preguntaba quién gobernaba el Reino o el Imperio, no distinguía entre izquierdas y derechas, ni entre ricos y pobres, ni entre ciudadanos de un territorio u otro y ni siquiera sabía dónde terminaban las competencias de unos y empezaban las de otros.
Cuentan que los incendios no desaparecieron. Un clima cada vez más extremo hacía más difícil convivir con ellos. Pero el Reino ya no esperaba al verano para acordarse de sus montes.
Y ocurrió algo todavía más extraño. Después de tantos años utilizando cualquier problema para dividirse, los habitantes del Imperio descubrieron que aún eran capaces de ponerse de acuerdo en algo importante para su futuro. Algunos empezaron a preguntarse por qué no podían hacer lo mismo con otros asuntos que también determinarían la vida de sus hijos y nietos. Quizá el Pacto de los Montes fuera solamente el primero.
Finalmente, habían aprendido una verdad sencilla: el futuro de los bosques no se decide cuando aparece el fuego. Se decide mucho antes, en cómo gestionamos el territorio, en si mantenemos vivos nuestros pueblos y en nuestra capacidad para ponernos de acuerdo antes de que aparezca la primera llama. José Vicente Oliver es catedrático de Ingeniería Forestal de la Universitat Politècnica de València. El País, 27 de julio de 2026.


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