Que los incendios no son como eran, lo sabemos. Que las temperaturas no son las mismas, lo sufrimos a diario. Que España brillaba y atraía por su clima, lo recordamos; de que España es el país europeo más vulnerable ante los desafíos del clima, estamos advertidos. Que las olas de calor comienzan antes, lo estamos experimentando. Que una ola se funde con la siguiente, lo padecemos. Que el paisaje es el corazón del patriotismo es algo que se entiende de veras cuando se pierde. Que algo tan aparentemente cerebral como los impuestos está directamente relacionado con ese patrimonio del corazón es una evidencia que solo pueden negar los embusteros negacionistas o los que solo se codean con ellos. Que hasta este año la culpa de todo la tenían esos malvados medioambientalistas que impedían limpiar el monte y los ríos de hierbajos es un bulo propagado por quienes quieren eximir de responsabilidad a quienes manejan los presupuestos. Que construir cortafuegos para apagar esa mentira que, sobre todo en el mundo rural se convierte en un lugar común, es urgente. Que este año esa estúpida frase, “siempre ha hecho calor”, que brota de tantas bocas está muriendo por achicharramiento es algo que va percibiéndose. Que los ancianos saben que el calor de este mes no ha sido el calor que ellos padecieron en su juventud es una verdad que su cuerpo experimenta. Que España es un país diverso constituido en comunidades autónomas es algo ya natural en nuestras vidas, como comienza a serlo que no somos nadie si no sabemos colaborar, que las rencillas o las separaciones no responden a la realidad cuando esta se impone con furia.
Que algunos ciudadanos acabarán dándose cuenta de la urgencia ambiental antes que el conjunto de la clase política, seguro; que otros ciudadanos, preferirán negar la evidencia, también, aunque sean todos los que sufran, ya sufren, en sus carnes temperaturas que no dan tregua en la noche o llamas que se extienden anárquicamente por el bosque de su infancia. Que estos incendios están consiguiendo que cuando atravesamos un bosque sea en coche o andando lo hagamos con una mayor inquietud que antes, es evidente, y hay que ser muy bruto para no sentirlo así. Que casi todo se decide en las ciudades es una circunstancia que ayuda a tener los ojos cerrados. Que España es un país con una enorme masa forestal que es una belleza que hemos disfrutado como si fuera algo que Dios hubiera puesto ahí para alimentar nuestra mirada, y ya. Que llegarán las riadas otoñales y que, a pesar de que suene la alerta y no haya que lamentar pérdidas humanas, no habremos trabajado con visión de futuro, porque habremos dejado que se introduzca en el debate político, con el empecinamiento de un virus, la falacia de que lo todo relacionado con la agenda climática es un tiovivo de chiringuitos.
Que la clase política nos daría una lección si desde ya tuviera la capacidad de reunirse y crear un plan nacional contra las diversas urgencias que nos acosan, y que eso nos permitiría dormir más tranquilos, está claro. Que hasta ahora no lo han conseguido, ya lo vemos. Que siempre prima el aprovechamiento partidista, que estas desgracias no sirven para que alimentemos nuestros sistemas de protección y eso solo se consigue invirtiendo, es la clave. Cada vez que, en los momentos más críticos, escuchamos mamarrachadas que se reproducen una vez y otra en los medios, nos invade un profundo desaliento, pero no, no hay que dejarse abatir. Hay que tratar de convencer a los ciudadanos que aún no lo están de que la verdadera política se dirime no solo durante el incendio o el chaparrón, sino antes y después.
Como dice el poema de la activista Grace Paley: “Es responsabilidad del poeta ser mujer para echar un ojo a este / mundo y gritar como Casandra, pero siendo escuchada esta vez”. No sé si estamos dispuestos a escuchar que tal vez sea este el mejor verano de nuestras vidas. Elvira Lindo es escritora. El País, 26 de julio de 2026.


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