miércoles, 29 de julio de 2026

DEL CAFÉ DE SOBREMESA. LA OTRA MILI, POR DAVID TRUEBA. 29 DE JULIO DE 2026





 


El servicio militar obligatorio en España se extinguió por la presión de los jóvenes, cuyas objeciones al sistema eran lógicas y razonables. Se había extendido la figura del recluta como criado de los mandos superiores, pero también resultaban intolerables los excesos y el capricho cruel de los mandos intermedios, generando para los forzados al servicio un año de suspensión de todo derecho, lo que acarreó numerosos suicidios, abusos e incluso violaciones. Mirado con perspectiva, ahora que el negocio de las armas pretende volver a reclutar entre los jóvenes la carne de cañón, lo mejor del servicio militar era la convivencia entre distintos, el encuentro entre personas de diferentes estatus, regiones y sensibilidades. Ese cruce social ahora tan sólo se produce en dos circunstancias: el examen teórico de conducir y el ingreso en la UCI hospitalaria. Por ello, quizá, mejor que plantear la reimplantación militarista, sería más interesante tratar de encontrar una buena razón por la que los chicos y las chicas españolas fueran convocados a una convivencia de meses, formativa y enriquecedora. Y la respuesta puede estar en lo que sucede en este verano atroz de incendios. Y el otoño que le seguirá, de nuevo otro año más, con lluvias monzónicas e inundaciones en regiones del Levante. Por desgracia, la catástrofe climática nos lleva a convertir en rutina anual estos desastres naturales.

En vista de que las alarmas, las pandemias, los ataques cibernéticos, la caída del sistema y las catástrofes naturales van a ser una cotidiana sorpresa, no estaría de más que formáramos a la población más joven para afrontar estas circunstancias desde un voluntariado sólido y con conocimiento. Muchos políticos y ciudadanos desprecian a los servicios públicos hasta que los necesitan imperativamente. Una red de reservistas que pudieran incorporarse a las emergencias con una formación cabal y eficaz podría ser de interés. Un curso formativo, seguramente ampliado a algunas actividades de regeneración de playas y montes, podría concitar un acuerdo para renovar el compromiso de un servicio social colectivo. Ese periodo de formación, que estaría capitaneado por las asociaciones de protección civil y servicios de emergencia médica, serviría a los ciudadanos en su desempeño particular en circunstancias que requieren algo de conocimiento. Como se vio en la dana de Valencia, cuyo principal responsable político sigue en un oscuro pupitre del Parlament después de su nulidad durante la jornada trágica, los voluntarios pueden ser fundamentales en la reconstrucción y en algunas gestiones de la emergencia.

Lo peor es no saber cómo ayudar, cómo protegerse, cómo actuar en situaciones que cada vez van a ser más repetidas, dada la escasa atracción que sentimos por la prevención. La temperatura hace imposible pensar en una estación veraniega plácida. Los incendios comenzaron este año en junio y los ahogamientos en ese primer mes ya fueron de un número considerable, lo que delata una falta de cabeza colectiva para encarar cualquiera de estos desafíos. Si algo demostró también el apagón total de las compañías eléctricas y telefónicas del año pasado es que ni tan siquiera los empleados responsables de muchas empresas comprenden lo que significa una emergencia ni saben cómo actuar con destreza y determinación cuando hay que gestionar sin un mandato claro. Por todo ello, una convivencia general, que sirviera de escuela de comportamiento en emergencias y de asistencia para la conservación de la naturaleza, podría ser esa otra mili de la que tanto se habla. Una vez que superemos a esta generación de líderes avejentados y violentos que rigen el mundo belicista de hoy, la necesidad del mañana señala hacia lo civil. David Trueba es cineasta. El País, 28 de julio de 2026.
























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