Leer las entrevistas de La Contra siempre es un placer; descubres nuevas facetas de personajes conocidos y, sobre todo, ponen el foco en gente que, con un poco de suerte, responde también a tus preguntas, las que te haces a ti misma sobre la vida. Impresionada estoy aún con las contestaciones que el psicólogo y terapeuta de pareja Antonio Bolinches dio a las siempre inteligentes cuestiones que le planteó el amigo Víctor-M. Amela, publicadas en la última página de este nuestro diario el pasado martes.
Hablaban el sabio y el entrevistador sobre las relaciones hombre-mujer y los problemas en encontrar pareja de las que Bolinches denominó “supermujeres”. Amela le pidió concreción, y el entrevistado explicó que con ese calificativo se refería a una “mujer de entre 40 y 60 años, guapa, inteligente, con estudios e ingresos y estatus alto” y advertía que cuatro de cada cinco “no encontrarán un hombre a su altura”. Y, añado yo, en el caso de que lo encuentren, ya lo ha pillado otra.
Si no fuera porque no estoy en ese rango de edad, más por exceso que por defecto, aunque sí me considero guapa e inteligente y con estudios, y que lo de los ingresos y el estatus alto sería discutible, confieso que me sentí ampliamente identificada con la problemática.
Seguía el experto explicando que las “supermujeres necesitan un hombre maduro, autorrealizado, preparado para alegrarse del éxito de ella”. Ahí discrepo, porque necesitar, necesitar, lo que se dice necesitar no sería la expresión correcta. Se necesita un lampista; un médico que no emule al amargo doctor House; una cita para la peluquería; un gestor que desenmarañe esas extrañas cartas amenazantes que te envía Hacienda, y hasta un tarro de crema hidratante, pero ¿un hombre?
Por mi variada experiencia sé que, desde el hombre más maduro –si es que alguien ha conocido alguno– hasta el más autorrealizado –hay un montón, o al menos es de lo que presumen–, todos, en el mejor de los casos, tienen que hacer un enorme esfuerzo para alegrarse del éxito de una mujer, sea propia o ajena. Así te den el Nobel.
Para mí que el problema al que se enfrentan las mujeres, y no hace falta ser súper, es siempre el mismo. Lo explicó claramente la escritora Rebecca Solnit, que acuñó el término mansplaining para definir el modo condescendiente con el que un hombre explica a una mujer cualquier cosa, incluso si ella es experta en la materia. Aunque lo peor es el manspreading, esa costumbre que tienen los hombres de sentarse espatarrados. Que las nuevas generaciones de mujeres espabilen, porque ellos, cambiar, no van a cambiar. Mariángel Alcázar es escritora. La Vanguardia, 26 de julio de 2026.



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