domingo, 26 de julio de 2026

REVISTA DE PRENSA DOMINICAL, 7. “BARTOLA WAY OF LIFE”, POR LOLA PONS. 26 DE JULIO DE 2026

 





Un cerdo perora a un cordero y a un gallo sobre su ideal de descanso: “No hay en esta vida miserable / gusto como tenderse a la bartola, / roncar bien y dejar rodar la bola”. En la ficción de esta fábula del siglo XVIII escrita por Tomás de Iriarte se simbolizaba de forma castiza un ideal material del descanso que yo con gusto quiero defender tres siglos después: sin ambages, descansar a la bartola.

No quiero que el celador de la salud mental me prescriba unas vacaciones como esencial validación del autocuidado; no quiero al papanatas del anglicismo aleccionándome sobre la necesidad de entrar por unos días en modo chill; huyo del entusiasta tecnológico que me argumenta sobre la oportuna necesidad del reseteo mental y la conveniencia de cargar las pilas. Quiero la paz mental y la simpleza de ese enunciado cochino que no merece entrar en una antología de los mejores versos escritos en español, pero formula de manera inteligible un programa vacacional exento de toda doctrina.

El ideal del cerdo de la fábula es heredero de una tradición en la que Bartola, sin ser el nombre de una mujer concreta ni de una finca con camas de sábanas limpias, se había convertido ya en deidad gentil del descanso. Sabemos que los nombres propios cargan con un equipaje de connotaciones que el habla popular se encarga de propagar. Y los nombres de Bartolo o Bartola, apodos familiares nacidos desde Bartolomé y Bartolomea, adquirieron desde la Edad Moderna en español la connotación de ser apelativos típicos para bautizar en la ficción a personajes perezosos, indolentes, pertinaces en su desidia y diestros en sustraerse al esfuerzo que otros asumían. Los bartolos de la tradición popular española eran contumaces expertos en encogerse de hombros. En el teatro, bastaba anunciar en escena la entrada de un personaje llamado Bartolo para que el público supiera que el entusiasmo por el trabajo no figuraría entre sus virtudes principales. Y la lengua llevó esa asociación más allá del nombre propio: en algunas zonas hispánicas bartola ha llegado a ser la palabra para llamar al vientre, de forma que tocarse la bartola era, literalmente, rascarse la barriga, y llenar la bartola designaba de manera popular al hecho de comer con más provecho que esfuerzo. Tumbarse a la bartola, panza arriba, era pues el símbolo de la molicie máxima. La palabra, pese a su significado de inmovilidad, incluso generó su propia familia pachorra: en el español chileno, bartolear significa haraganear y bartola puede equivaler en algunas variedades americanas a pereza.

Comprendo que quienes redactan los diccionarios se esfuercen por definir las palabras con objetividad e imagino que pueden sentir pudor ante ese despliegue de vagancia que evoca tirarse a la bartola. Por eso, entiendo que una definición de diccionario no puede permitirse decir que tirarse a la bartola es equivalente a “tumbarse panza arriba para sacar al vago redomado que uno lleva dentro”. Pero me cuesta aceptar que haya diccionarios de la lengua española que traten de revestir la explicación de la palabra con una terminología higienista diciendo que estar a la bartola es “tumbarse en posición supina”. Sé que estar espalditendido es yacer en postura supina y que, por eso, en el español de Murcia ensobinado o asobinado designan precisamente esa posición y que en catalán quien está en esa misma postura está de sobines. Pero me niego a ponerle la bata blanca a una expresión de hamaca; no tratemos de disfrazar la bartola de una cobertura técnica que no se compadece con su praxis real: oreja doblada en el sofá, sesteo bajo el limonero o entrega contemplativa al lento girar del aspa del ventilador.

Sabiendo que hoy es día de Santiago, patrón de España, quien esto escribe no desea en las próximas semanas ser animada por ultreias ni suseias. No aspiro a ir más allá, no quiero que me animen a seguir adelante. Por unas semanas quiero estar a la bartola, sabiendo que si esta propuesta nos llegara de la cultura anglosajona estaríamos sacralizando la Bartola way of life y sacando títulos de especialización y tutoriales al respecto. Mi única disciplina consistirá, inspirada por el mal perder argentino tras la final del Mundial de fútbol, en pasar deliberadamente de espaldas ante el ordenador de casa cuando me vea obligada a circular por el despacho.

Me declaro, pues, devota de la Bartola. Carece de apellido y no figura entre las advocaciones marianas, pero merece ser puesta bajo la leve parihuela de un puñado de pelusas gandulas para presidir la letanía del perezoso que la bendice como patrona del descanso. Quiero reverenciar al bartolismo, religión benévola que admite en su grey incluso a aquellos que, vencidos por la mala conciencia, consultan furtivamente el correo electrónico en mitad de las vacaciones. Esta es una devoción de conveniencia y, por tanto, terrenal y caduca. En septiembre acabaré encontrándome otra vez delante de una pantalla, abandonaré la postura supina y, con un poco de suerte, descubriré que el mundo sigue funcionando exactamente igual que ahora que, cansada de todo un curso, dejo rodar la bola y la pluma hasta septiembre. Lola Pons Rodríguez es filóloga. El País, 25 de julio de 2026.























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