La primera vez que vi la foto de Leo Messi bañando a un Lamine Yamal bebé tuve la única reacción lógica posible: pensar que era una viral más falso que los whatsapps del hijo que no tengo pidiéndome dinero. Conocen ya la historia: en 2007 el fotógrafo deportivo Joan Monfort recibe el encargo de realizar un calendario solidario porque su periódico, Sport, colabora con Unicef y la Fundación Barça en un programa de protección de la infancia. La idea es simple: niños del barrio de Rocafonda, en Mataró (Barcelona), retratados junto a jugadores. El bebé de cinco meses de una joven pareja y un tímido futbolista que casi no sabe cómo interaccionar con él acaban posando juntos. En una de las versiones aparece la madre; en otra están ellos solos. El niño acabó jugando en el Barça y la escena fue olvidada por todos… excepto por su padre, que la recuperó hace dos años en su Instagram. Tras la final del Mundial donde el mejor jugador del mundo y su heredero se enfrentaron, la fotografía imposible inundó medios y redes nacionales e internacionales.
Tiene guasa que una imagen real pero que parece falsa sea el icono del festival de irracionalidades que ha sido este Mundial: he visto más vídeos de animales prediciendo resultados, rituales supersticiosos de la afición, bulos sobre la mágica mala influencia de las novias, declaraciones falseadas con inteligencia artificial y mediums justificando la actuación de Argentina más por oscuros trabajos energéticos que por minutos de partidos. Sobre la foto existen tres teorías: que fue una simple casualidad, que es la prueba de que los grandes poderes ocultos tienen un plan, y que fue un milagro. “¿Crees en Dios?”, le preguntó el periodista Joan Josep Pallàs a Monfort. “La verdad es que no creía ni en Dios, ni en el destino, ni creía que todo estaba escrito, ni creía en muchas cosas que ahora empiezo a creer, y me estoy planteando la vida de otra manera, la verdad”, responde. Ni él mismo confió en la foto hasta que comprobó los negativos. Pero, ¿cómo de excepcional debe ser una casualidad para ascender a la categoría de milagro? Si interactuamos con los demás ocho horas al día, nos pasan unas 30.000 cosas cada jornada, un millón al mes. Si definimos milagro como un evento que sucede una vez entre un millón, “debemos esperar un milagro, de media, cada mes”, escribió el físico Freeman Dyson sobre la ley de Littlewood, llamada así por el matemático británico del mismo nombre.
Los milagros, pues, son decepcionantemente cotidianos, y lo habitual es que ni siquiera nos demos cuenta de que han ocurrido porque son insignificantes. Sobreactuamos ante ellos porque a nuestro cerebro le gustan poco los números grandes y mucho las narraciones redondas: si los vuelos desde tu ciudad están baratos y conoces a cientos o miles de personas, no es tan raro encontrarte allí con tu vecino. Las explicaciones las damos a posteriori, y elegimos la que mejor nos encaja. Podría haberse tratado de otra foto, en otro momento, de otro deporte o con otros protagonistas. Además, la propia situación pudo influir en la visión de los padres de Yamal para el futuro de su hijo. Como dice mi compañero Kiko Llaneras, especializado en datos, cuando le pregunto: “Es una casualidad astronómica. Pero todo lo que pasa lo es en cierto modo: todos somos hijos de una casualidad astronómica”. Puede que lo verdaderamente milagroso sea que un bebé nacido con tantas cosas en contra como para aparecer en un calendario solidario se convierta en una superestrella. Delia Rodríguez es escritora. El País, 30 de julio de 2026.


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