El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
sábado, 21 de diciembre de 2024
De las entradas del blog de hoy sábado, 21 de diciembre de 2024. ¡Y feliz Solsticio!
Del Narciso de la política gala
Poco después de que el presidente de Corea del Sur, Yoon Suk-yeol, anunciara el pasado 3 de diciembre en televisión el decreto de la ley marcial, la palabra “chiflado” se convirtió en tendencia en las redes sociales del país asiático, reflejando el estado de conmoción de la ciudadanía ante una decisión que percibió como delirante. Y es que cuando los comportamientos o las decisiones de nuestros dirigentes se vuelven tan incomprensibles, a veces no hay más remedio para analizarlos y entenderlos que dejar de lado los conceptos tradicionales de las ciencias políticas y echar mano de la psicología, afirma en El País [Macron, el narcisista, 13/12/2024] la periodista franco-italiana Carla Mascia. Un fenómeno que está ocurriendo en Francia con el presidente Emmanuel Macron, aunque su grado de desconexión con la realidad, evidentemente, no se acerca ni siquiera un poco a la de su homólogo coreano, que al verse dominado por la oposición quiso suspender toda vida política, amordazar a la oposición, cerrar el Parlamento y controlar a los medios de comunicación.
Aún aturdidos por la disolución del Parlamento el pasado junio y el caos institucional propiciado por Macron, los analistas franceses ―desde el asesor político Alain Minc pasando por el historiador Patrick Weil― recurren cada vez más a la palabra “narcisista” para referirse al presidente y describir el comportamiento de un hombre exclusivamente centrado sobre sí mismo, desprovisto de todo sentido de alteridad y convencido de ser el único detentor de la verdad. Un presidente tan ensimismado que no solo ha pedido que su silla en el Consejo de Ministros sea la única que lleve el en respaldo la insignia de la República francesa pintada de oro, sino que ni siquiera entiende que eso pueda resultar chocante ―y ridículo―, como cuenta un reportaje demoledor de Le Monde titulado El lento crepúsculo de Emmanuel Macron.
El postulado de un presidente abrumado por su narcisismo es el que defiende también el sociólogo Marc Joly, cuyo ensayo El pensamiento perverso en el poder está siendo muy comentado en las redes. Este texto va un paso más allá al comparar la concepción del poder de Macron y su relación con la ciudadanía con el modo de pensar y de actuar de los perversos narcisistas en el ámbito de la pareja. El investigador del CNRS (la mayor institución científica del país), que dedicó una tesis a la figura del perverso narcisista, cree que el campo semántico y la violencia moral a los que suele acudir el perverso narcisista para dominar y manipular a su víctima son elementos aplicables al discurso de Macron desde que llegó al Elíseo en 2017. El autor expone que el pensamiento perverso no cree en la inteligencia del otro, ni en su capacidad de pensar, lo que explicaría la ceguera del presidente frente a su fracasada disolución del Parlamento y su empeño en querer mantenerse pese a todo en el centro del juego en el nombramiento del primer ministro.
Para Joly, Macron es sobre todo un gran manipulador y su arma es el uso descarado de la ambigüedad, es decir, el hecho de tener discursos diametralmente opuestos sobre un mismo tema. Un manipulador que además disfruta observando la confusión que produce entre sus interlocutores y sin ninguna capacidad empática ni verdaderos referentes morales, ajeno al sufrimiento que provoca, como en la crisis de los chalecos amarillos. Para poner fin a la revuelta, el mandatario organizó una gran consulta nacional que hizo que 230.000 personas acudieran de buena fe a las alcaldías del país para hacer propuestas que mejoraran su vida cotidiana. Ahí se quedó, porque Macron no hizo absolutamente nada. Cinco años después, nadie sabe si incluso llegó a leer alguno de los 20.000 cahiers de doléances que llenaron en vano muchos ciudadanos que hoy, sin duda, son más propensos a confiar en el discurso falsamente protector de Marine Le Pen que en el hombre que les prometió el nuevo mundo y a cambio les ofreció su desprecio.
La dimensión narcisista y el delirio monárquico de Macron ―quien teorizaba en 2015 que uno de los problemas de la democracia francesa era que “hacía falta un rey”― quedó patente en la ceremonia de reapertura de Notre Dame. Un show mediático hecho a medida del presidente, destinado a restaurar su imagen en la escena nacional e internacional, y al que se opuso en un principio la diócesis, contraria a la idea de que Macron hiciera su discurso desde el interior de la catedral. Lo que demuestra este nuevo episodio ―que para colmo contó con la presencia de los ilustres Trump y Musk― es, según Joly, una concepción meramente personalista de la política memorial del Estado: sea el evento histórico que sea, él tiene que ser el principal protagonista de la conmemoración, incapaz de “tejer lazos con el pasado y con los que le precedieron, excepto de modo teatral”. “Tendremos que guardar como un tesoro esta lección de fragilidad y humildad y no olvidar jamás cuánto cuenta cada uno, y cuán inseparable es la grandeza de esta catedral del trabajo de todos”, dijo Macron en Notre Dame. Una lección que bien podría aplicarse a sí mismo, en su relación con el pueblo francés, el narciso de la política gala.
[ARCHIVO DEL BLOG] Isaiah Berlin, o el zorro en el gallinero. Publicado el 24/08/2013
Prescribirse uno a sí mismo la tarea intelectual y física de escribir una entrada diaria en el blog como si se tratara casi de una obligación moral no deja de ser una estupidez agobiante y agotadora. Pero es mi estupidez... Y más, cuando desde dentro de mí y por un prurito exacerbado de respeto al posible lector, me niego a comentar de forma preferente y asidua los asuntos que están diariamente en el candelero público; algo que ya otros hacen mucho mejor que yo. De ahí, el recurso a la reedición de antiguas entradas que me parece conservan aún su actualidad por las razones que sean. Mi yerno más joven me reprocha, no sin parte de razón, ese recurso llevado de su interés y entusiasmo por la actualidad. Tendrá que dominarlo un poco si quiere aproximarse con ecuanimidad a su recién descubierto interés intelectual y académico por la Historia. No se lo reprocho, pero es lo que hay.
Fue judío a su manera, dice de él Ignatieff, e insistió siempre y a lo largo de toda su vida, en que para ser seglar y escéptico, como él era, no hacía falta romper con el pasado familiar. Sionista, como Hannah Arendt, defendió siempre, también como ella, la existencia de dos estados en Palestina, uno judío y otro árabe, que deberían convivir en paz. A Hannah Arendt, sin embargo, nunca le perdonó que en su libro "Eichmann en Jerusalén" (Lumen, Barcelona, 2003) dijera que los judíos europeos podrían haberse resistido al exterminio del Holocausto con mayor contundencia. Aquello fue demasiado para él.
Filosóficamente, dos preconcepciones fundamentales echaron raíces tempranas en su obra: que puede haber incompatibilidad entre valores y que los seres humanos no son infinitamente maleables. Anticomunista convencido y confeso detestaba la idea marxista de determinismo histórico, argumentado que tal idea fue la que sirvió de pretexto ideológico a Stalin para sus crímenes. Del hombre soviético tuvo la profunda sensación de que no era, como creían los optimistas, pragmático y receptivo a los argumentos racionales, sino que, por el contrario, la doctrina del partido había penetrado hasta el último rincón de su conciencia. Pensamiento este que también compartió Hannah Arendt en su obra "Los orígenes del totalitarismo" (Alianza, Madrid, 2006).
Sin embargo, del marxismo aprendió a observar en términos históricos los valores que los liberales de su generación creían verdades eternas. La experiencia práctica le enseñó que discernimiento y carácter podían ser más importantes que la simple inteligencia: "Las cosas y las acciones son lo que son, y sus consecuencias será las que serán: así pues, ¿por qué querer engañarnos?", dijo citando al obispo Butler en la introducción a su "Karl Marx".
De las grandes figuras políticas de su tiempo dijo que raramente entendían la historia, historia que querían acoplar a sus propios designios, y que la política siempre tendría un potencial de tragedia ya que las fuerzas que se proponía dominar nunca estarían plenamente al alcance humano.
Las opciones públicas y privadas tienen que decidirse en ausencia de certidumbres, dijo. Liberar al hombre, insistió siempre, significa liberarle de obstáculos tales como prejucios, tiranías o discriminaciones para que pueda ejercer su propia y libre elección; no significa explicarle como utilizar su libertad. Lo que pide esta época, decía, no es más fé, un liderazgo más fuerte o más organización científica; es más bien lo contrario: menos ardor mesiánico, más escepticismo culto y más tolerancia de las idiosincracias. Los hombres no solo viven de luchar contra los males, dijo, viven de elegir sus propias metas, una gran mayoría de ellas raramente previsibles y en ocasiones incompatibles.
Utilizando la distinción que él hizo célebre, dice Ignatieff, la variedad de su obra puede hacer parecer a Isaiah Berlin un zorro que sabía muchas cosas, pero en realidad fue un erizo que solo habló de una cosa grande: la libertad.
Los comentarios que anteceden están tomados de mis notas de lectura de "Isaiah Berlin. Su vida", en julio de 1999. Sean felices, por favor. Y como decía Sócrates: "Ιωμεν", vámonos. Tamaragua, amigos. HArendt
Del poema de cada día. Hoy, Hablo de la infancia, de Julia Uceda (1925-2024)
HABLO DE LA INFANCIA
Escalera crujiente,
trozo de bosque organizado
por el que ir hasta la cumbre
de aquel desván lleno de sueños,
pájaros silenciosos
que viajan sin ruido.
Sobre ti estaba el premio
cubierto por el polvo
y lo muerto vivía
para mí, en mis ensueños.
Hogar sin sótanos,
todo aquello era hermoso
porque estaba creando su recuerdo;
viviéndote, sentía
que de algún modo ya te recordaba.
Y siempre que te acercas
entre la niebla, oigo
cómo se queja suavemente,
enmohecido por las lluvias,
el pesado cerrojo de una verja.
La del jardín acaso.
Julia Uceda (1925-2024)
poetisa española
viernes, 20 de diciembre de 2024
De las entradas del blog de hoy viernes, 20 de diciembre de 2024
Del nuevo rapto de Europa
A mediados de los años noventa, Václav Havel, entonces presidente de la República Checa, ofreció una recepción en el Castillo de Praga para celebrar el aniversario de la independencia de Checoslovaquia del imperio austrohúngaro. La sala gótica se llenó de invitados y en el círculo donde me encontraba alguien dijo que el imperio nunca debió haberse fracturado porque los pequeños Estados que se formaron de sus ruinas fueron bocados fáciles para los tiranos que se apoderaron de aquella parte de Europa: primero Hitler, luego Stalin, dice en El País [El otro rapto de Europa, 12/12/29024] la escritora Monika Zgustova. Una mitad de los presentes asintió. Havel dijo que el imperio, con su mosaico de lenguas y culturas, fue la prefiguración de la Unión Europea y que, para sobrevivir, hubiera debido democratizarse y reconocer todavía más la diversidad de lenguas, culturas y religiones que lo formaban.
A diferencia de los demás invitados, que en su mayoría pertenecían a generaciones anteriores, yo nací en la Checoslovaquia totalitaria. De niña escuchaba a los maestros contarnos que, con la enseñanza de Lenin y bajo la bandera roja de la Unión Soviética, nos dirigíamos hacia un futuro radiante. Sin embargo, en casa la narración era otra. Mis padres insistían en que el régimen soviético con su doctrina leninista se basaba en una ideología dogmática y totalitaria. Y al final, mis padres, acosados por la policía comunista, no tuvieron otra opción que abandonar el país con sus hijos de manera clandestina. Nos marchamos a mediados de los años setenta.
En la celebración de Havel, todavía bajo el signo de la euforia tras la caída del comunismo que muchos de aquel círculo en el que conversábamos ayudaron a derrumbar, hablamos de los valores europeos. Visto desde hoy, Havel fue el último político que habló a la ciudadanía de valores esenciales como honestidad, solidaridad y tolerancia; hoy día la clase política no se atreve a expresarse en esos términos porque las cínicas redes sociales se burlarían de su ingenuidad.
Con el paso de los años, algunos de aquellos invitados se giraron hacia los partidos populistas. En una ocasión pregunté las razones a uno de ellos y me contestó: “Nos queremos alejar de Lenin que decía que la democracia parlamentaria es un aparato de fabricar engaños.” Le contesté que esos partidos son enemigos de la democracia; bajo la autoridad de estadounidenses como Steve Bannon y Trump intentan eliminar los valores de la Ilustración y así despojar a Europa de su identidad. Y le recordé que con frecuencia la ultraderecha y la ultraizquierda se tocan. Por eso en lo referente a Lenin, en 2017, el ultraderechista Bannon se equiparó públicamente con el revolucionario: “Soy leninista,” dijo en un mitin, “Lenin quiso destruir el Estado y este es también mi objetivo”. Trump lo secundó afirmando que la solución para América es “hundirse en una catástrofe y tras ella resurgir milagrosamente”. Entonces recordé a mi interlocutor que esa frase no está lejos de los cuentos sobre el futuro radiante que se contaban en los países comunistas.
Bajo la batuta y con la financiación de Bannon, Musk y otros, los líderes antieuropeos se empeñan en acabar con la Unión Europea y disgregarla en pequeños y medianos Estados independientes y fácilmente dominables para poderes como el de Estados Unidos y las grandes multinacionales. Si eso llega a ocurrir, Europa estaría perdida, al igual que lo estuvieron, durante medio siglo, aquellos Estados que se habían formado sobre las ruinas del imperio austrohúngaro, entre ellos mi país de origen. Desde su formación hace más de un siglo, esos Estados solo se han podido sentir algo fuertes cuando han formado parte de la Unión Europea.
¿Cómo se ha llegado a esta situación? A finales del siglo pasado, las democracias europeas empezaron a encontrarse bajo la presión de los neocons estadounidenses, una derecha radical, políticamente rompedora y electoralmente dinámica. Desmarcándose de la extrema derecha tradicional —los neofascistas y neonazis— y de sus incitaciones a la violencia, la irrupción en el escenario político de esos partidos “modernizados” representa uno de los mayores retos a los que se enfrenta la democracia. Sin llegar a criticar abiertamente la legitimidad de la democracia, pero enarbolando sobre todo la bandera de la libertad, esos partidos rechazan el sistema sociopolítico establecido y abogan por un mercado ultraliberal, acompañado de una drástica reducción del papel del Estado. Un ejemplo de ello es el partido Fidesz de Viktor Orbán, que ha convertido Hungría en un Estado autocrático.
La mayoría de los países europeos tienen la ultraderecha y el populismo bien infiltrados en sus filas. Alemania no cesa de desplegar esfuerzos por mantener a raya a la peligrosa Alternativa para Alemania. Casi todos los Estados excomunistas de la Europa Central y del Este tienen un partido xenófobo en el gobierno o en la oposición. Ursula von der Leyen decidió ir con los tiempos y aceptar a algunos de esos partidos —los que no son antieuropeos, antidemocráticos y apoyan a Ucrania— como Hermanos de Italia, de Giorgia Meloni.
Es evidente que se cometieron errores. A pesar de las protestas, como la carta abierta de escritores y académicos del 17 de abril 2018, Angela Merkel dio vía libre a Orbán que convertía democracia en autocracia, porque ambos tenían una relación estrecha y se ayudaban mutuamente. Por culpa de sus graves equivocaciones y torpezas, el eje de Europa, Alemania y Francia, está en crisis. También la izquierda tradicional erró al traicionar los ideales del humanismo abandonando a su suerte a la clase media y a los más frágiles, dejándose tentar por el canto seductor del capitalismo financiero transnacional, contra el que no se ha atrevido a actuar. Por eso en muchos países europeos han desaparecido los partidos socialdemócratas.
Sin embargo, uno de esos políticos socialistas desaparecidos de primera línea, François Hollande, en su momento afirmó con lucidez que, si Europa no se unía más, acabaría derrotada. Y efectivamente, los tiempos actuales están muy alejados de la fiesta de la esperanza en el Castillo de Praga de hace 30 años. Europa se ve hoy amenazada internamente por la creciente falta de confianza de sus ciudadanos en la democracia, alimentada por la incesante actividad en redes sociales de Rusia y otros países y organizaciones contrarias al sistema democrático. Desde el exterior, y concretamente en lo militar, Rusia quisiera rodear a Europa a través de Ucrania y Bielorrusia, pero también en el Mediterráneo donde el ejército ruso está presente en dos puertos, el sirio Tartus (ahora mismo en jaque por la caída de El Asad) y el libio Tobruk, que reciben toneladas de armamento.
Estados Unidos, el principal aliado de Europa durante más de un siglo, que la salvó de la destrucción física y moral, aparece, con Trump al frente y con la larga e intensa actividad de Steve Bannon y otros trumpistas en favor de la extrema derecha europea, como una amenaza real. Y es que Europa molesta al ultraliberalismo, al capitalismo financiero y a las grandes empresas de tecnología que quisieran acabar con la capacidad de las instituciones europeas de defender a los ciudadanos frente a sus estrategias.
Europa representa hoy el mosaico de culturas, lenguas y religiones, la diversidad cultural y lingüística de la que habló Havel en la fiesta del Castillo de Praga. Con todos sus errores y defectos en cuya solución todos los ciudadanos europeos deberíamos participar, Europa es hoy el proyecto político más poderoso en favor de las libertades democráticas y los derechos humanos. O si no, ¿por qué millones de seres humanos arriesgan su vida por llegar a Europa y muchos millones más sueñan con tener algún día pasaporte europeo, entre ellos muchos de los más ricos del planeta?
[ARCHIVO DEL BLOG] Una ayuda. Publicado el 22/11/2019
Del poema de cada día. Hoy, También, de Miguel D'Ors (1946)
TAMBIÉN
Quizá por sobredosis
de canciones, películas y sueños,
o porque entonces yo
–que era, cómo explicarlo, más joven que yo mismo–
aún no entendía el idioma
en que vienen las cosas de la vida,
pensaba que el amor únicamente era
palabras tiernas, manos soñadoras
confundidas en una misma y larga caricia,
síes que les responden a otros síes,
besos celestes y horas de siempre sol y mayo.
No sospechaba que el amor está
hecho también de noes y distancias,
de lágrimas a veces, y algún grito,
y alguna hora ceñuda, y que precisamente
son esos noes y esas distancias y esas lágrimas
y todas esas cosas dolorosas
lo que prueba y depura
y alarga hacia el futuro, por encima
del vuelo raso de los sentimientos,
toda esa pirotecnia de las palabras tiernas,
las manos soñadoras, los síes que se miran
en el espejo de otros síes, los besos,
la primavera y todo lo demás.
Miguel D’Ors (1946)
poeta español
jueves, 19 de diciembre de 2024
De las entradas del blog de hoy jueves, 19 de diciembre de 2024




































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