sábado, 23 de agosto de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 23 DE AGOSTO DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 23 de agosto de 2025. No hay nada más radical que la mesura bien entendida, pues en un contexto marcado por la irracionalidad identitaria, la moderación es, ante todo, un acto de valentía política, dice en la primera de las entradas del blog de hoy el filósofo Diego S. Garrocho. En la segunda, un archivo del blog de septiembre de 2009, HArendt escribía sobre los falsos mitos y decía: Hay mitos y mitos; destruir los falsos mitos, los que se construyen sobre datos erróneos, tergiversados, mal interpretados o lisa y llanamente inventados o prefabricados con alevosía y premeditación es labor primordial de los historiadores. El poema del día, en la tercera, se titula Al final, es de la poetisa española Olga Jiménez, y comienza con estos versos: Al final nos vamos a morir sin saber nada,/mira que te lo tengo dicho./Que te pierdes en las inmundicias de la cotidianidad/y se te olvidan el amor, la virtud/y todos los gestos simples que transmiten ambas cosas. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua.














DE LA CONVENIENCIA DE LA MODERACIÓN

 






No hay nada más radical que la mesura bien entendida, dice en la Revista Ethic [Moderaditos, 11/08/2025] el filósofo Diego S. Garrocho. En las páginas de su último ensayo, constata que, en un contexto profundamente marcado por la irracionalidad identitaria, la moderación es, ante todo, un acto de valentía política. La moderación, comienza diciendo Garrocho, se ha considerado tradicionalmente como una virtud, timbre de mesura y cierta distinción. Sin embargo, en algunos contextos, las actitudes contenidas y prudentes también han sido objeto de críticas, en ocasiones justificadas. Si debemos abordar la defensa de los derechos humanos o censurar una práctica cruel, ciertas formas de moderación podrían resultar decepcionantes. Hay circunstancias que exigen posiciones vehementes y radicales, y es innegable que bajo la coartada de la moderación se intentan esconder, a menudo, posiciones equidistantes ante dilemas que requerirían asumir actitudes mucho más decididas. La tibieza, la prudencia o la conciliación pueden ser aliadas de las peores prácticas si se disponen de forma sesgada u oportunista. Sería absurdo que alguien se opusiera con moderación a la pena de muerte o que un partido político ensayara una defensa tibia de las garantías constitucionales. De ambos absurdos, por cierto, existen precedentes. Y no tendríamos que ir a montañas ni a desiertos muy lejanos para encontrarlos.

Creo, pese a todo, que la vehemencia o incluso cierta radicalidad en algunos planteamientos no están reñidas con la moderación, sino con su simulacro. El moralista LaRochefoucauld ya escribió en 1665 que la hipocresía es el homenaje que el vicio le rinde a la virtud, y parece obvio que quienes intentan escamotear su responsabilidad bajo la coartada de la moderación encarnan cualquier cosa menos una actitud ponderada. Ninguna virtud debería sucumbir ante el abuso de sus trampantojos, y la moderación bien entendida siempre será compatible con las firmes convicciones y con la asertividad en temas que así lo requieran.

Frente a esta crítica, sólida y fundada, en el último tiempo ha proliferado otra que parte de un principio muy distinto de los que suelen inspirar una objeción justificada. La expresión no es ni mucho menos nueva, pero sí ha cobrado una renovada vigencia a través del uso de las redes sociales. En la antigua Twitter, así como en columnas de prensa o en polémicas más o menos alimentadas de forma artificial, se ha extendido el término «moderaditos» para intentar desacreditar cualquier posición política que decepcione, en su mesura, a quien profiere el insulto. El moderadito, para sus críticos, no es un representante de la contención ni de la prudencia, sino una suerte de hipócrita timorato que no es capaz de defender sus principios con el fuste y la rotundidad que al acusador le gustaría que mostrara. El moderadito, siempre según este diagnóstico parcial, sería un acomplejado incapaz de llevar hasta las últimas consecuencias sus propios principios para negociar con un adversario imaginario los fundamentos de sus creencias.

El término «moderadito» ha arraigado, sobre todo, en círculos conservadores normalmente cebados por la cobertura y el confort epistémico que brindan las cámaras de eco. En la izquierda también se hacen acusaciones semejantes contra quienes defienden posturas más o menos conciliadoras y el lenguaje testosterónico se ha hecho presente entre los que se dicen progresistas.

Recordemos, por ejemplo, que en 2016 Pablo Iglesias retó a Pedro Sánchez a pronunciarse, «si tenía agallas», sobre un eventual apoyo a Mariano Rajoy; apoyo que, por cierto, no solo no se prestó, sino que su negativa acabó impulsando la carrera política del hoy presidente del Gobierno. El propio Sánchez no es ajeno a ese discurso gonádico y valentón, pues en septiembre de 2023 él mismo apeló a las agallas de sus barones –a los que ha llegado a tildar de «baroncitos», habría que preguntarse si el término lo imaginó con be o con uve– a la hora de criticar el concierto económico catalán en un Comité Federal del Partido Socialista.

Aunque puedan compartir ciertos rasgos semejantes, el uso despectivo del diminutivo para desprestigiar a la moderación incorpora matices específicos que no están presentes en los otros discursos pretendidamente corajudos. La exhibición de una fingida valentía y la hipertrofia de los gestos que expresan una supuesta bravura ideológica forman parte del elenco ritual que acompaña a quienes critican la moderación, hasta tal punto que llegan a conceder un protagonismo específico al atrevimiento como virtud política. Según estos críticos, por ejemplo, si alguien conservador está dispuesto a escuchar y a ponderar las razones de sus adversarios ideológicos, lo estará haciendo por pura apariencia y nunca por una convicción genuina en el valor del disenso. El moderadito se retrataría, pues, como un blando o un pusilánime incapaz de competir en coraje y principios con quien sí se muestra abiertamente radical. Recordemos, además, que el apelativo «moderadito» siempre se emplea en el interior de una misma familia ideológica y jamás podría saltar de orilla: es la derecha radical la que tilda de «moderadita» a esa otra supuesta derecha incapaz de asumir sus hipótesis más ultramontanas. En tiempos, Vox, recuérdenlo, llegó a hablar de la «derechita cobarde» para referirse al Partido Popular. Del mismo modo, en el espectro progresista, la moderación reformista será interpretada como una concesión al enemigo y como una forma de debilidad.

Quienes critican la moderación olvidan que hay personas que no suscriben las formas radicales o sus tesis no por cobardía, sino por estricto rechazo o repugnancia intelectual. Por ejemplo, si desde el espectro conservador alguien expresa que es conveniente preservar la dignidad de las personas migrantes y desarrollar políticas públicas destinadas a atender las necesidades de quienes llegan a nuestro territorio, el «radicalito» considerará que el «moderadito», sencillamente, no se atreve a abrazar sus políticas xenófobas. Es más, el radical sospecha que la persona moderada piensa, en el fondo, como él y que, sin embargo, la corrección política y el miedo al qué dirán llevan al taimado moderado a no atreverse a expresar su verdadera convicción. Este texto es un fragmento del libro ‘Moderaditos’ (Debate, 2025), del filósofo Diego S. Garrocho.



















DEL ARCHIVO DEL BLOG. FALSOS MITOS (VERSIÓN ÍNTEGRA). PUBLICADO EL 01/09/2009

 






Hay mitos y mitos. Destruir los falsos mitos, los que se construyen sobre datos erróneos, tergiversados, mal interpretados o lisa y llanamente inventados o prefabricados con alevosía y premeditación es labor primordial de los historiadores. Entre mis libros de cabecera hay uno, "Lecciones sobre la filosofía de la historia universal", de G.W.F. Hegel (1770-1831), al que le profeso especial estima. Lo tengo en dos ediciones, una de la Biblioteca Universal-Círculo de Lectores y otra de Alianza Universidad (Madrid, 1980).

Es en esta última en la que figura un extenso y clarificador prólogo del filósofo José Ortega y Gasset (1883-1955) en el que hay una frase que contrapone la labor del "filósofo" a la del "historiador". No me me resisto a reseñarla: "Tener 'ideas' es cosa para los filósofos. El historiador debe huir de ellas. La idea histórica es la certificación de un hecho o la comprensión de su influjo sobre otros hechos. Nada más, nada menos".

Hoy, uno de septiembre, se cumplen 70 años justos de la entrada de los ejércitos alemanes en Polonia, y con ello del inicio de la II Guerra Mundial. El historiador Ángel Viñas dedica hoy en El País a la efemérides un documentado artículo titulado "Un tiempo de sangre y fuego" en el que desmonta algunos falsos mitos, entre ellos, el existente sobre el pacto Stalin-Hitler que para algunos fue el paso previo necesario para la invasión, pero también sobre otros antecedentes que tuvieron como escenario la guerra civil española de 1936-1939. Dice asÍ: Los mitos siguen impidiendo analizar por qué Stalin pactó con Hitler y se inició hace 70 años la II Guerra Mundial. Los republicanos españoles acertaron: lo que pasó aquí fue el preludio de lo que sucedió en Europa.

El 1 de septiembre de 1939 es la fecha convencional del estallido del segundo conflicto mundial cuando las tropas alemanas invadieron Polonia. Y, 48 horas más tarde, Reino Unido y Francia declararon la guerra al Tercer Reich. El mundo en que vivimos es tributario de las repercusiones de la época que entonces dio comienzo.

En términos numéricos la historiografía sobre la II Guerra Mundial ha sobrepasado la generada por uno de los conflictos que le precedieron, el español, pero todavía subsisten autores que disminuyen la relación entre una y otro. Suelen ubicarse entre quienes defienden la racionalidad de la política de apaciguamiento de los dictadores fascistas que impulsó uno de los más desastrosos políticos británicos del siglo XX, Neville Chamberlain, o entre quienes sobreenfatizan el trastocamiento de frentes que se produjo en la escena europea en comparación con la española.

La diferencia sustancial suele ligarse en el último caso al cambio de alineación de la Unión Soviética, que pasó de oponente de la expansión fascista a presunta promotora del pacto Molotov-Ribbentrop del 23 de agosto de 1939. Éste, innegablemente, permitió a Stalin mantenerse al margen de lo que no tardó en caracterizar, de forma mendaz y camelista, como guerra intra-imperialista.

Se trata de una explicación favorecida por los historiadores franquistas y neofranquistas, empeñados en presentar ayer y hoy el conflicto español como una pugna grandiosa contra el comunismo. Tal interpretación se mantuvo del principio al fin y la propagaron policías, soldados, clérigos, periodistas y académicos complacientes. Fue la pieza esencial para defender la contribución de Franco a la defensa del mundo libre durante la guerra fría. Un centinela de Occidente. El primero y más preclaro.

Es labor del historiador sustituir el mito por el dato, la construcción político-ideológica por la reconstrucción documental. En los archivos que han ido abriéndose en los últimos años surgen evidencias que permiten contrastar aquellos planteamientos.

Investigadores ingleses, norteamericanos, alemanes, franceses e italianos, entre otros, han analizado la génesis del pacto Molotov-Ribbentrop. No respondió a un proyecto oculto que el Kremlin hubiese acariciado mientras los españoles se entremataban. Fue el resultado de una valoración muy fría de Stalin en tres circunstancias precisas: a) La profunda suspicacia ante el comportamiento de Chamberlain unida al desencanto por el fracaso del apoyo a la República dada la timidez de las potencias democráticas en generar una respuesta robusta a la expansión fascista. b) La renuencia de Londres y París en llegar a un acuerdo de defensa mutua, nuevo objetivo tras el mero fortalecimiento de la política de seguridad colectiva, hundida después de los acuerdos de Múnich en septiembre de 1938. c) Los intensos esfuerzos nazis de seducción del Kremlin para llegar a un acuerdo, primero en el plano económico y comercial pero desde julio de 1939 también en el plano político y de seguridad.

Dado que sus espías tenían al corriente a Stalin de las reflexiones que iban desarrollándose en Alemania para conseguir su neutralidad ante el ataque contra Polonia, en un rasgo de supremo jugador oportunista optó por aproximarse a Hitler y echar por la borda la estrategia que había seguido durante los cinco años precedentes. La mutación produjo una conmoción inmensa en los partidos comunistas nacionales. Muchos de los españoles no la soportaron. En Francia los comunistas fueron objeto de una colérica persecución, que también afectó a los exiliados republicanos.

El resultado, desde el punto de vista de los inmediatos intereses soviéticos, fue espectacular: dividida la Europa oriental en zonas de influencia respectivas a tenor de lo previsto en dos protocolos secretos (el primero anejo al pacto), los rusos invadieron Polonia y no tardaron en extender su incipiente glacis imperial también a los países bálticos, algo que estos nuevos miembros de la UE no han olvidado. Les costó sudor y lágrimas, eso sí, vencer la tenaz resistencia finlandesa. Al avanzar sus fronteras hacia el oeste, en teoría, aunque no en la práctica, la URSS hubiera debido estar en mejores condiciones para hacer frente a la máquina de guerra nazi. Stalin no las aprovechó. Dos años después la Wehrmacht lo comprobaría.

¿Y desde el punto de vista opuesto? La versión convencional afirma que fue el pacto Molotov-Ribbentrop la clave que hizo posible la agresión alemana y, por ende, el conflicto que el apaciguamiento había tratado de evitar. Sin embargo, la decisión de Hitler de atacar Polonia estaba tomada en firme. El pacto con Stalin cumplió no sólo funciones externas sino también internas. Dos fueron fundamentales: a) Tranquilizar a los sectores todavía no suficientemente nazificados. b) Asegurar el suministro ininterrumpido de materias primas, pues la hambrienta economía alemana no aguantaría sin ellas el ritmo de rearme dado el estrangulamiento exterior. Lo que dio el tono fue que Hitler temía que la ecuación estratégica terminaría tornándose en contra suya si esperaba. Contaba con que las potencias democráticas no hicieran efectiva sus garantías a Polonia, pero incluso cuando fue acumulándose la evidencia de que tal no sería el caso no se echó para atrás.

Quienes tuvieron razón fueron los republicanos españoles. Desde principios de septiembre de 1936, cuando confirmaron que de los triunfos militares de Franco eran partícipes las potencias fascistas, no se cansaron de subrayar que lo que pasaba en España era el preludio de lo que tarde o temprano terminaría ocurriendo en Europa. No era propaganda. Fue una valoración genuinamente sentida por la mayor parte de quienes conocían las realidades internacionales de la época, ya fuesen políticos, funcionarios o dirigentes de partidos. Nunca tuvieron éxito. Como señaló Orwell, los escenarios que la izquierda británica aclaraba en panfletos de tres peniques no penetraron en la conciencia de los decisores últimos de las potencias democráticas y, en particular, de Chamberlain y su guardia pretoriana. Las voces discrepantes, que hubo y muchas, tampoco lograron nada. Ni las dimisiones, a veces sonadas.

El caso francés fue igualmente emblemático. Hace ya años que Duroselle acuñó el concepto de "decadencia" para caracterizar su política exterior y de seguridad. El temor ante y la fascinación por el fascismo corroyeron la capacidad de decisión autónoma, debidamente trabajada por los británicos. Uno de los más nefastos políticos de la época, Georges Bonnet, ilustra hasta qué punto vivir en dependencia se había convertido en el destino de Francia.

Sólo los republicanos, abandonados a su suerte, hicieron ver que la contención del fascismo no era del todo imposible. Cinco meses después de que la época de sangre y fuego individualizada llegara a la inevitable conclusión a que la condujo en España la no intervención, para empezar otra más solapada bajo la Victoria, tocó el turno a franceses y británicos. Sus estrategias fueron un fracaso total. No se doma a un tigre hambriento por el mero hecho de echarle carnaza.

Nada de lo que los historiadores han ido desentrañando ha impedido que continúe la manipulación del pasado. Las conveniencias del presente se imponen en el mundo político e ideológico cuando no mediático. El pacto Molotov-Ribbentrop es un ejemplo. La Guerra Civil española otro. Hay que penetrar en lo que hubo detrás de los hechos y derribar los mitos.

Un historiador británico, Adam Tooze, se ha "cargado" algunos de los relacionados con el Tercer Reich y su conducción de la guerra. No es otro el destino que aguarda a las interpretaciones neo-franquistas sobre el conflicto español. En el plano científico está en juego cómo en el futuro deberá presentarse una historia que sigue manipulándose. En el plano ético el antecedente de los valores democráticos, entonces ahogados con sangre y fuego. Y en el ámbito metapolítico la determinación de cuál sea la experiencia colectiva con que cabe entroncar los orígenes de nuestra democracia. No fue la franquista. Espero que les resulte interesante. Y sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt














DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, AL FINAL, DE OLGA JIMÉNEZ

 









AL FINAL




Al final nos vamos a morir sin saber nada,


mira que te lo tengo dicho.


Que te pierdes en las inmundicias de la cotidianidad


y se te olvidan el amor, la virtud


y todos los gestos simples que transmiten ambas cosas.


 


Al final nos morimos sin saber vivir,


te lo advierto.


Tú me miras y te ríes.


Te descojonas de mí y de la vida


porque se ha apoderado de ti la sensación de inmortalidad


que otorga la juventud plena.


 


Pero yo ya soy una anciana,


nací con la consciencia de la muerte grabada en las pupilas


y miro con ellas a todas las cosas.


Pongo a la muerte entre el mundo y yo.


Mido con esta vara, fin último de nuestra existencia.


 


Sé que no me entiendes y que te parezco una mujer triste.


Lo que no sabes


es que puedo aprender a vivir hoy


porque ya aprendí a morir hace mucho tiempo. 




OLGA JIMÉNEZ (1993)

poetisa española
















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY SÁBADO, 23 DE AGOSTO DE 2025

 

































viernes, 22 de agosto de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY VIERNES, 22 DE AGOSTO DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 22 de agosto de 2025. Frente al miedo y la destrucción de los xenófobos, es tiempo de responsabilidad: no hacerles el juego por unos presupuestos o por miedo a perder votos, escribe la politóloga Pilar Mera en la primera de las entradas del blog de hoy. En la segunda, un archivo del blog de agosto de 2019, el filósofo Xosé Luis Barreiro decía: Escuchando las simplezas que dicen los empresarios, los obispos, los tertulianos, los millones de politólogos que brotan en toda España como las setas, los científicos y los camareros de temporada, no me atrevo a quitarle la razón a nadie, ni a insistir en que todo lo que estamos haciendo con el sistema -la fragmentación de los partidos, el chalaneo con los nacionalistas, el ascenso de los populismos, el germen de ingobernabilidad que hemos sembrado concellos y autonomías, y la creencia en que la indignación y la corrupción justifican todas las chuminadas-, constituye una muestra de como uno de los pueblos más felices del mundo anda buscando «o pau para o lombo», convencido que el caos es el principio fundante del cosmos. El poema del día, en la tercera, se titula Por qué entro en las iglesias, es de la poetisa argentina Valeria Tentoni, y comienza con estos versos: Por el silencio, y contra nadie,/por el silencio húmedo de las iglesias/y sus mosaicos,/por lo que las iglesias le hacen a la luz,/cómo la dulcifican y la tiñen y la devuelven/al lugar del que proviene. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua.















DE LA NECESIDAD DE POSICIONARSE CONTRA LA XENOFOBIA

 







Frente al miedo y la destrucción de los xenófobos, es tiempo de responsabilidad: no hacerles el juego por unos presupuestos o por miedo a perder votos, escribe Pilar Mera en El País [Contra la xenofobia, 10/08/2025]. “España es una nación forjada sobre los fundamentos de la filosofía griega, el derecho romano y la civilización cristiana”. Así comienza la exposición de motivos de la moción de Vox que ha expulsado las celebraciones musulmanas de las dependencias municipales de Jumilla, comienza diciendo Mera. Así comienza también la exposición de motivos de esta moción tras la enmienda del PP que permitió su aprobación. Y ambas, que son la misma, continúan: “En este marco, determinados ritos y celebraciones importadas, como la conocida como Fiesta del cordero, resultan completamente ajenas a los usos y costumbres que han configurado nuestra identidad nacional de forma continuada”.

Si no hubiera una alusión explícita a la fiesta del cordero, una podría entender la última frase como un ataque, qué sé yo, a Papá Noel, ese abuelo gordito, barbudo y bonachón que cada Nochebuena nos inunda de regalos, incorporado a nuestros usos y costumbres en tiempos recientes. Aun por encima, este anciano del norte de Europa compite con los protagonistas de una tradición autóctona: los Reyes Magos. Una tradición autóctona, por cierto, que celebra a tres extranjeros llegados de Oriente, uno de ellos negro.

Papá Noel, en cambio, no es negro, sino de piel blanca y sonrosada, como la de muchos alemanes jubilados que viven en Baleares, llenando sus pueblos de palabras, usos y costumbres germánicas. Sobre ellos también pesa la amenaza de deportación que Vox promete cumplir si consigue arrimarse al poder lo suficiente. A Rocío de Meer y otros colegas de partido de apellidos de exótico origen les preocupa y les sobran los más de nueve millones de ciudadanos residentes en España que no han nacido aquí. Aunque tres millones de ellos ya sean españoles. También el millón y medio de menores nacidos en España con al menos un progenitor extranjero. Como Hermann Tertsch, aunque él no es menor y su identidad española es tan española en el sentido español de Vox, que supongo que no corre peligro de expulsión.

Esa identidad tan española de Vox es tan ambigua, tan pura y tan ficticia que no caben ni ellos. Pero ¿qué importa? Todo es ruido y relato en busca del miedo. La cantinela populista adopta la melodía de la xenofobia y toma por bandera el sentido literal de su etimología griega. El miedo al extranjero. Y la agitan hacia un extranjero muy concreto que subliman y convierten en el todo. Un extranjero de origen árabe y piel oscura, musulmán y agresivo, diabólico y deshumanizado. El desconocido que nos resulta ajeno y amenazador. El chivo expiatorio perfecto de todos nuestros males.

Si este paso adelante de Vox cuaja, nuestra convivencia y nuestra democracia están en peligro. Y no es alarmismo ni exageración. La exclusión y el señalamiento no son buenos compañeros de la democracia. Pero señalarlo como un mal inevitable que nos asusta tampoco es alternativa. Ni rendirse a ello. Frente al miedo y su destrucción, es tiempo de responsabilidad. La responsabilidad de no hacer el juego a los xenófobos por unos presupuestos o por miedo a perder votos. La de pelear esos votos desde la pedagogía y los datos, centrando el foco en los problemas reales de la ciudadanía y no en fantasmas de distracción. La de no rechazar y señalizar a los menores no acompañados por hacer oposición al Gobierno central. Y también la de gobernar intentando construir con todos los partidos una política de inmigración realista e integradora.

Porque la integración es un proceso demasiado complejo como para caer en simplismos y aunque no hay una solución mágica, quizás podamos empezar por entender que integrar no es sinónimo de diluir, sino de construir y asumir realidades plurales y móviles que partan de unos mínimos irrenunciables para la convivencia democrática. Sin espacio para los guetos y combatiendo la exclusión social que es la principal gasolina para los conflictos. Y sin olvidar nunca la humanidad del otro y su condición de igual. Pilar Mera Costas (Vigo, 1978), es doctora en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense, y profesora en el departamento de Historia Social y del Pensamiento Político de la UNED. Está especializada en la historia de la Segunda República, la Guerra Civil y el franquismo.























DEL ARCHIVO DEL BLOG. POR FIN ESTOY DE ACUERDO CON TODOS. PUBLICADO EL 24/08/2019

 








No suelo tratar en mis "A vuelapluma" asuntos de la actualidad política, pero el artículo del profesor, filósofo y politólogo Xosé Luís Barreiro Rivas que subo hoy al blog merece una excepción por la ironía gallega, rozando el sarcasmo, que destila. Les dejo con él. Estoy de acuerdo con Sánchez, comienza diciendo Barreiro, en que un Gobierno de coalición con Unidas Podemos sería como meter la legislatura en un banco de arenas movedizas. También creo, con Yolanda Díaz, que con 123 escaños, y un diputado cántabro, no se puede gobernar. Y hasta le doy la razón a Rivera cuando dice que, a estas alturas de la película, contemplando el «histórico» de sus relaciones con Pedro Sánchez, ya no es posible que la mejor de las soluciones -una coalición PSOE-Ciudadanos- se materialice y opere en tan amolado contexto. Me parece lógico que el PP de Casado se sitúe en un «no» absoluto a Sánchez, sin más matices que esas puñeteras verónicas, disfrazadas de «acuerdos de Estado», que hacen a puerta gayola. Y hasta consiento con Torra y Puigdemont en que unos independentistas de pro -cantamañanas, populistas, supremacistas y absolutamente ineficaces-, no necesitan más palabras que el «no a todo» para desarrollar sus actividades en el Congreso. Mi generoso acuerdo alcanza también al PNV, que está convencido de que, cuando se puede hacer la puñeta al país, para obtener ventajas pírricas, no queda más remedio que actuar con indecencia. E incluso apoyo a Iglesias cuando dice que, si un partido tiene la llave del poder, no tiene más remedio que entrar en el cielo y okupar varios apartamentos. Y, siendo coherente conmigo mismo, no me opongo a que el pueblo vote como le da la gana, repita su bloqueo esencial en cada elección, y comente en la taberna que «nós xa fixemos os nosos deberes, e agora tócalle falar aos políticos». Escuchando las simplezas que dicen los empresarios, los obispos, los tertulianos, los millones de politólogos que brotan en toda España como las setas, los científicos y los camareros de temporada, no me atrevo a quitarle la razón a nadie, ni a insistir en que todo lo que estamos haciendo con el sistema -la fragmentación de los partidos, el chalaneo con los nacionalistas, el ascenso de los populismos, el germen de ingobernabilidad que hemos sembrado concellos y autonomías, y la creencia en que la indignación y la corrupción justifican todas las chuminadas-, constituye una muestra de como uno de los pueblos más felices del mundo anda buscando «o pau para o lombo», convencido que el caos es el principio fundante del cosmos.

¡Somos demócratas, y hacemos lo que nos da la gana! Pero el resultado que estamos obteniendo es que el país lleva cuatro años desgobernado; que estemos perdiendo inercias y ocasiones de oro para dar el salto a un orden económico y social envidiable; que estemos acercando al borde del abismo el modelo sanitario y el sistema de pensiones; que las finanzas públicas se vuelvan a teñir de rojo, y que el orden social da síntomas de grave agrietamiento. Porque este es el desorden y el bloqueo del que algunos hemos advertido siempre, ante el enfado de los demás. Pero, si es cierto que «sarna con gusto no pica», debemos mantener el rumbo y convocar nuevas elecciones. Para conseguir que un cuarto bloqueo, consecutivo, nos haga inmensamente felices. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt











DEL POEMA DE CADA DÍA, HOY, POR QUÉ ENTRO EN LAS IGLESIAS, DE VALERIA TENTONI

 







POR QUÉ ENTRO EN LAS IGLESIAS




Por el silencio, y contra nadie,

por el silencio húmedo de las iglesias

y sus mosaicos,

por lo que las iglesias le hacen a la luz,

cómo la dulcifican y la tiñen y la devuelven

al lugar del que proviene


por lo que esa luz, antes de irse,

transforma en las estatuas,

en las figuras esmaltadas

y sus manos perfectas


por la perfección, además,

de los confesionarios

en los que nunca me arrodillo

aunque las primeras muecas de la fe

como las del terror

jamás nos abandonen.


Porque en medio de la ciudad

y del ruido

hay silencio,

y porque el silencio es húmedo

y esmaltado


porque casi siempre estoy sola

en las iglesias

donde hasta las flores que se pudren

son hermosas

y porque no entro

con la mirada lacia

de los que van de visita.




VALERIA TENTONI (1985)

poetisa argentina