sábado, 17 de enero de 2026

DE VOX, ABASCAL Y LA MONARQUÍA DE LEONOR. ESPECIAL UNO DE HOY SÁBADO, 17 DE ENERO DE 2026

 







En el Vox en la España de Leonor, algunas corrientes de la ultraderecha consideran a Felipe VI como la cúspide del sistema político que pretenden destruir, dice,sin ambages en El País (31/12/2026), la politóloga Estefanía Molina. A algunas voces de la ultraderecha les ha empezado a incomodar la monarquía parlamentaria, como institución, dentro de su idea de España. El Rey no solo simboliza la Constitución de 1978, sino también un orden que se ha ido consolidando durante los últimos 40 años en torno a dos grandes partidos tendientes al centro y a unos consensos básicos. En ese sentido, Vox aspira a convertirse en la primera fuerza política del país —en sustitución del Partido Popular— dándole la puntilla a nuestro bipartidismo clásico. Tal vez sea ese el motivo por el que algunas corrientes de derecha antisistema la tienen tomada con el monarca Felipe VI, como cúspide del actual modelo constitucional.

Aunque el partido de Santiago Abascal no se ha pronunciado explícitamente en contra de la institución, resulta evidente que Vox surfea la ola que algunos quieren promover contra el jefe del Estado. Comenzó como un pequeño reducto entre los jóvenes que protestaban en Ferraz contra la amnistía. Se añadió Alvise Pérez junto a algunos seguidores, a quienes no les sentó bien que el Rey cumpliera con su función de sancionar la citada ley, aprobada en las Cortes Generales. Desde entonces, Abascal también ha ido teniendo actitudes poco esperadas: ha optado por no acudir a varios actos en los que estaba presente Felipe VI, alegando que se trataba de una protesta contra Pedro Sánchez. En las redes sociales, es llamativo cómo los bulos sobre la Casa Real se han hecho notar estos días entre algunos usuarios: desde quienes afirmaban que el Rey no había felicitado la Navidad —algo falso, pues el mensaje aparecía en la portada de la postal oficial de la institución— hasta quienes aseguraban que en su discurso no había signos navideños, pese a que al fondo de la sala del Palacio Real se podía ver un belén.

Así pues, existen pulsiones en la ultraderecha antisistema que, aunque sean minoritarias, se abonan ahora a una especie de revisionismo sobre el papel de la monarquía en España. Piensan que quizá habrían preferido una república antes que un monarca que no “le pare los pies” a Sánchez, en defensa de la unidad nacional. La distorsión es clamorosa: precisamente, los independentistas pusieron el grito en el cielo por el el discurso de Felipe VI del 3 de octubre de 2017. Por tanto, lo que algunos parecen anhelar ya no es un monarca constitucional que cumpla estrictamente con sus funciones legales y democráticas, sino otra figura, a saber de qué tipo. El bipartidismo se está quedando así como el principal baluarte en defensa de la España de la Transición. Mucho se critica al PSOE desde la derecha, pero fue Alfredo Pérez Rubalcaba ―símbolo del felipismo― quien pilotó el partido durante el proceso que llevó de la abdicación del Rey emérito a la sucesión de Felipe VI. Además, fue con Sánchez cuando el emérito salió del país, dando paso a una familia real con la mirada puesta en el Rey actual y en su heredera.

El caso es que el ecosistema reaccionario ha visto una oportunidad cuestionando la forma en que la derecha clásica venía entendiendo varios de sus pilares. Mientras el PP defiende a la Conferencia Episcopal, Abascal critica a los obispos por defender la doctrina social de la Iglesia en materia de inmigración. Mientras los altavoces de dentro de la M-30 veneran a José María Aznar o al proyecto de Isabel Díaz Ayuso, Vox ha ido arrinconando a los liberales para dar más peso a quienes promueven la estrategia de la lepenización, dentro de su deriva más proteccionista. El país en el que un partido salido de los extremos podría cosechar una mayoría absoluta probablemente no pivote sobre los mismos códigos que hemos conocido hasta ahora: existe una ventana generacional para socializar a muchos jóvenes en nuevas lógicas. Si la izquierda más antimonárquica fuera plenamente consciente de lo que sube en España, quizá se apresuraría a defender las instituciones surgidas de la Constitución de 1978, a modo de parapeto. Algunos círculos de ultraderecha anhelarían promover una eventual reforma constitucional si PP y Vox lograran la mayoría suficiente. Aunque independentistas y cierta izquierda lleguen a creer que les conviene esa pinza tácita, deberían saber que difícilmente saldría de ahí su “república plurinacional y laica”, sino un modelo más centralista.

En consecuencia, las miradas están puestas en el país en el que por edad probablemente reine la princesa Leonor: la de la generación Z. El orden constitucional actual todavía sigue teniendo fuerte arraigo entre quienes vivieron la Transición, en parte porque el miedo a la involución cimentó la adhesión democrática durante décadas. A ello se sumó la prosperidad de los años ochenta, que permitió avanzar a una generación ―la del baby boom— a diferencia de la precariedad que hoy sufren sus hijos. Las condiciones materiales también moldean sistemas políticos. Fabricar jóvenes antisistema, sin expectativas vitales, no solo catapulta el voto a la ultraderecha, sino que probablemente también tendrá un coste para algunos aspectos de nuestra Constitución, nuestras instituciones o la propia democracia a largo plazo. Ya solo queda saber el papel que piensa jugar Vox en la futura España de Leonor.













ENTRADA NÚMERO 9731

DE LAS ÉLITES EN TRANSICIÓN

 







Leía estos días con asombro algunos intentos de comparar lo sucedido en Venezuela con la Transición española, escribe en El País (13/01/2026) la politóloga Pilar Mera. En un contexto internacional con la ultraderecha y el populismo al alza, comienza diciendo, un presidente norteamericano decide saltarse el orden internacional con desparpajo y nos deja en apenas una semana una secuencia vertiginosa. Bombardeos. Una operación militar para secuestrar al tirano. Declaraciones señalando que la urgencia es el control estadounidense del petróleo venezolano; lo de la democracia, ya se verá. Una líder de la oposición exiliada simpática, pero que tiene poco que aportar, salvo un Nobel de la Paz. Una vicepresidenta que se queda al mando para colaborar. Una reunión en la Casa Blanca con las principales petroleras del mundo para repartirse el negocio. Mientras, en el país del líder liberador, las unidades paramilitares son legales, los agentes pueden pegar tiros a las activistas y las deportaciones masivas cuentan con el respaldo de la autoridad. Sin una bola de cristal en la mano es difícil saber si el azar, el destino o Donald planean una colección de giros inesperados que aterrice en un paisaje similar, pero por ahora la actualidad venezolana tiene difícil rima con la España de hace 50 años.

Se me ocurre que tal vez no hemos hablado suficiente de la Transición y que quienes trabajamos sobre el pasado deberíamos contarla más y mejor. Así, nos chirriaría que el rey emérito nos cuente que empezó en 1962, con la llegada de los tecnócratas al Gobierno, o que en 1976 el país se beneficiaba de las aportaciones del franquismo, o que fue él quien graciosamente nos trajo la democracia. Este relato tan repetido, el de la Transición que llegó gracias a la generosidad de las élites políticas que un día decidieron sacrificarse por el bien de España, ha ocupado demasiado espacio, quizás porque así permitía a esa generación adaptarse y sobrevivir, y a sus descendientes, esquivar pasados incómodos, sintiéndose unos arte y todos parte de la democracia. Una democracia que surgió del acuerdo y la cesión, pero también del miedo. Y el consenso que la sustentó, del ruido de sables y de las voces de protesta en las calles. Porque el dictador murió en la cama, pero la oposición y la resistencia fueron reales desde la posguerra. Desbordada la movilización en los años setenta, sin dictador y en un contexto favorable a la democracia, las élites apoyaron el cambio. Quizás ahí esté el paralelismo. En el pragmatismo de las élites de un régimen tirano y corrupto, que siempre buscan sobrevivir.

















ENTRADA NÚMERO 9730

DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY: LAS RAZONES DE LA OPOSICIÓN. PUBLICADO EL 08/01/2017

 








En pocas semanas, el Congreso de los Diputados se ha convertido en el corazón de la actividad política y ha adoptado medidas, unas con el acuerdo del partido gobernante y otras a pesar suyo. En todas ellas ha estado presente el PSOE, escribe en El País de hoy el exsecretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba. Si el PSOE no se hubiera abstenido en el pleno del Congreso de octubre pasado, en estas Navidades a la cena de Nochebuena, a las 12 uvas y a las cabalgatas de Reyes se habrían sumado unas elecciones generales, las terceras en poco más de un año. Las encuestas, unánimes, aseguraban que el PP mejoraría sus resultados en esas hipotéticas terceras elecciones. La comparación de los datos obtenidos por las distintas formaciones políticas en las elecciones de junio con los de diciembre del año pasado apuntaba en la misma dirección. Unas nuevas elecciones habrían colocado a los electores frente al dilema de poner fin con su voto a la incapacidad de los partidos de alcanzar un acuerdo sobre un candidato para presidir el Gobierno, y no albergo ninguna duda de que lo habrían hecho en el sentido que señalaban los sondeos electorales.

No es pues una osadía imaginar que en estos días estaríamos a punto de asistir a la investidura de un Rajoy con más escaños que los que tiene en la actualidad y con una izquierda, en particular con un PSOE, instalado en la irrelevancia política. Como no lo es que una repetición electoral habría supuesto un desgaste para nuestras instituciones democráticas, empezando por los propios partidos, necesitadas justamente de lo contrario: de un esfuerzo sostenido de revitalización.

Puestas así las cosas, el PSOE habría dejado escapar la oportunidad que los resultados electorales de junio le habían proporcionado: la de ser determinante en el desarrollo de los acontecimientos parlamentarios. Una oportunidad estratégica, a mi entender. Porque, como he escrito en otra ocasión, nuestros problemas nacieron con la crisis y su resolución está ligada, en buena medida, a la superación de esa crisis, a nuestra capacidad para desarrollar una oposición útil capaz de conseguir con sus iniciativas y sus críticas que la recuperación económica no consagre los retrocesos sociales de los Gobiernos del PP. Es decir, que la recuperación sea justa.

Estos poco más de dos meses de legislatura demuestran que no se trata de una pretensión inalcanzable. Se ha incrementado, sustancialmente, el salario mínimo que afecta a cientos de miles de españoles, decisión que, además, envía una señal a los agentes económicos sobre la necesidad de mejorar los sueldos del conjunto de los trabajadores. Se ha paralizado la aplicación de la LOMCE, al tiempo que se han corregido algunos de sus aspectos más discriminatorios. Se han aumentado los recursos disponibles de las comunidades autónomas, lo que va a repercutir en la mejora de la sanidad y de la educación, las políticas con mayor peso en sus presupuestos. Se ha hecho frente a los problemas derivados de la denominada pobreza energética de las familias españolas más necesitadas. Se ha iniciado la tramitación de una ley para impedir los abusos en la subcontratación, que al amparo de la reforma laboral del PP ha conducido a una flagrante desigualdad salarial para muchos trabajadores. Se revisará la regla de gasto para aumentar la capacidad inversora de los Ayuntamientos, y se han comenzado a destopar las cotizaciones de los salarios más altos, una decisión que debe aliviar a corto plazo las dificultades de tesorería de la Seguridad Social.

Llama la atención el empeño de algunos progresistas en despreciar al Parlamento. En estas pocas semanas, el Parlamento se ha convertido, de verdad, en el corazón de la actividad política en España. También en lo que se refiere a algunas políticas de Estado. Se ha alcanzado un compromiso para la elaboración de un pacto para luchar contra la violencia de género, al que el PP se opuso sistemáticamente en la anterior legislatura; y, al paralizar la LOMCE, se han sentado las bases para alcanzar otro gran acuerdo en materia educativa, reclamado de forma unánime por los distintos sectores educativos. El Gobierno ha reconocido —no le quedaba otro remedio— que se va a modificar la denominada ley mordaza, para elaborar una ley de seguridad ciudadana que debería ser objeto de otro acuerdo no muy complicado de alcanzar: basta con volver a la anterior.

Por cierto: en esta materia parlamentaria, llama poderosamente la atención el empeño de algunos sectores progresistas en despreciar el valor de las decisiones del Congreso de los Diputados. Lejos de criticar la antidemocrática actitud del PP a la hora de cumplir acuerdos que los representantes de los ciudadanos adoptan por mayoría en nuestra Cámara baja, a los que despectivamente denominan acuerdos simbólicos, ponen el énfasis en subrayar la inutilidad de los esfuerzos de la oposición parlamentaria. Curiosa manera de defender la democracia representativa.

Hay que conjurar el pesimismo de quienes vaticinan, uno y otro día, el fin de la legislatura

Algunas de las medidas enumeradas se han alcanzado mediante acuerdos parlamentarios con el partido gobernante. Otras se han adoptado a pesar de la oposición del PP. En todas ha estado presente el PSOE. Para unos, estos acuerdos son meras componendas. Para otros, la forma en la que los socialistas quieren hacerse perdonar la abstención en la investidura de Mariano Rajoy o una manera de combatir a sus adversarios en la izquierda. Los actuales dirigentes del PSOE lo explican de forma más sencilla: todos esos pactos, con el PP o contra el PP, constituyen un ejercicio de oposición útil, útil a los ciudadanos, a los estudiantes y a los profesores, a los trabajadores, a las mujeres que sufren la violencia machista, a los pensionistas, a las familias más vulnerables…,  la oposición responsable de un partido que ha sido Gobierno y que aspira a volver a serlo.

La legislatura no ha hecho más que comenzar. Queda, pues, mucho trabajo por hacer. Algunos de nuestros problemas, del conjunto de los españoles, están ahí, esperando soluciones. Pienso en la necesaria revisión del pacto territorial que alumbró la Constitución de 1978, para, entre otras cosas, abordar el problema de Cataluña. O en las dificultades por las que atraviesa nuestro sistema de pensiones; es decir, en la revisión de otro pacto, en este caso, el pacto generacional que permite vivir dignamente a quienes han alcanzado la edad de jubilación mediante las aportaciones de quienes todavía están trabajando. Y, por supuesto, en el problema del empleo, de los jóvenes y de aquellos que pasados los 50 parece que ya están condenados a esperar la jubilación; en la necesidad de crear empleos dignos, algo incompatible con la reforma laboral del PP. Mucho trabajo por hacer. Si los partidos se esfuerzan y, sobre todo, si el Gobierno asume la nueva situación política, es posible que, entre todos, sean capaces de abordar estos problemas, convirtiendo la fragmentación parlamentaria en fortaleza democrática. Y así conjurar el pesimismo de quienes vaticinan, un día sí y otro también, el final de la legislatura. Es posible que, al final, no sea corta, y que acabe siendo útil. Que eso, y no otra cosa, es lo que demandan los españoles.























DEL POEMA DE CADA DÍA: HOY, NO COJAS LA CUCHARA, DE GABRIEL CELAYA

 







NO COJAS LA CUCHARA


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“No cojas la cuchara con la mano izquierda.


No pongas los codos en la mesa.


Dobla bien la servilleta.


Eso, para empezar.


Extraiga la raíz cuadrada de tres mil trescientos trece.


¿Dónde está Tanganika? ¿Qué año nació Cervantes?


Le pondré un cero en conducta si habla con su compañero.


Eso, para seguir.


¿Le parece a usted correcto que un ingeniero haga versos?


La cultura es un adorno y el negocio es el negocio.


Si sigues con esa chica, te cerraremos las puertas.


Eso, para vivir.


No seas tan loco. Sé educado. Sé correcto.


No bebas. No fumes. No tosas. No respires.


¡Ay sí, no respirar! Dar el no a todos los nos.


Y descansar: morir”.




GABRIEL CELAYA (1911-1991)

poeta español
























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 17 DE ENERO DE 2026

 



























SALUDOS EN LAS LENGUAS DE MI PATRIA. HOY, SÁBADO, 17 DE ENERO DE 2026, EN CASTELLANO

 






Hola, buenos días y buen fin de semana a todos. Hace frío en toda España. Hasta los afortunados habitantes de este archipiélago atlántico que son las islas Canarias, estamos ateridos de frío. Un frío desacostumbrado en estas islas afortunadas. Pasará, espero. Vamos con las entradas del blog de hoy. En la primera, el filósofo Pau Luque escribe: El manto protector de EE UU ensimismó al Viejo Continente hasta el punto de creer que la razón había triunfado sobre la fuerza tras la fundación de la ONU, pero ahora hemos descubierto que no era así. En la segunda del día, un archivo del blog de enero de 2017, se decía, en un reportaje filmado por Eloy Bilbao, que en todas las culturas y a lo largo de toda la historia del hombre, la religión ha jugado un papel fundamental en el desarrollo del arte: influyendo en sus motivos, inquietudes, formas y funcionalidades, y utilizándolo a menudo para expresar sus intereses; no se pierdan las cuarenta hermosísimas pinturas que lo confirman. El poema del día, en la tercera, se titula No cojas la cuchara, y es del celebérrimo poeta español Gabriel Celaya; se lo recomiendo encarecidamente. Y la cuarta y última, como siempre son las viñetas de humor del día. Tamaragua, amigos míos. Sean felices a pesar de todas circunstancias ajenas a su voluntad. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Besos. Les quiero, HArendt



















viernes, 16 de enero de 2026

DE LA REPRESENTACIÓN REAL DEL MAPA DE LA TIERRA. ESPECIAL ÚNICO DE HOY VIERNES,16 DE ENERO DE 2026

 







Entre los científicos del ramo hay abierto desde hace tiempo un debate que llama la atención de muchas personas ¿Hay que prescindir del mapamundi que no refleja las proporciones reales de los continentes?

Este año ha vuelto a plantearse la discusión de si seguir usando el mapa Mercator, elaborado en el siglo XVI, perpetúa una visión eurocéntrica del mundo o si conserva su utilidad en ciertos contextos. En un reciente artículo de El País (30/12/2025) lo sostienen dos expertos>: Viviane Ogou y Corbi y Francisco Javier González Matesanz. Les dejo con él.

La discusión plantea si los mapas deben priorizar la fidelidad a las proporciones reales, como cree la diputada de Sumar Viviane Ogou i Corbi, quien estima que seguir usando el elaborado por el geógrafo Gerardus Mercator en 1569 perpetúa una visión distorsionada del mundo. O si, por el contrario, su uso y su validez pueden estar justificados en contextos específicos, como argumenta el cartógrafo Francisco Javier González Matesanz.

No es un error visual, es una distorsión cultural, dice Viviane Ogou. Imaginemos conducir por Barcelona o Madrid con un mapa del año 1569. Sería absurdo: ni siquiera existían los coches. Y, sin embargo, buena parte de los escolares y de la opinión pública sigue aprendiendo a mirar el mundo a través de una proyección nacida hace casi 500 años, la de Gerardus Mercator, diseñada para ayudar a los mercantes a no perderse en alta mar. Cinco siglos después, con sistemas de navegación que integran la curvatura terrestre, seguimos reproduciendo un mapa que agranda el Norte Global y empequeñece el Sur. En la proyección de Mercator, Groenlandia parece tan grande como África, cuando en realidad el continente africano es 14 veces mayor. No es un simple error visual: es una distorsión cultural.

Por eso, España debería liderar en la Unión Europea la sustitución progresiva del mapa de Mercator en el espacio público, educativo e institucional, promoviendo proyecciones más fidedignas, como Equal Earth, Gall-Peters o Molleweide. No se trata de una cuestión menor: es una demanda expresa de la Unión Africana y una cuestión de sentido común. Igual que enseñamos que la Tierra no es plana, no podemos seguir enseñando un mapa que tergiversa las dimensiones reales del mundo.

Si no se ha hecho antes, no ha sido por razones científicas —ni, esperemos, por mantener una imagen grandilocuente de Occidente—, sino porque no existe un solo tratado internacional que regule los mapas. La cartografía se rige por un entramado de normas, convenios, directrices y resoluciones. Liderar su actualización es complejo, pero hacerlo situaría a España en la vanguardia en medio de la reconfiguración geopolítica global. Y, en todo caso, garantizar el uso común de Equal Earth en nuestro país es un trámite sencillo que reflejaría mejor la realidad que habitamos.

Pero el cambio cartográfico es solo la punta del iceberg: nuestro imaginario colectivo también está deformado. La falta de formación e información sobre el Sur Global contribuye a una visión incompleta, cuando no injusta, de sus realidades. Pongamos el ejemplo de África. Si preguntáramos al azar a la ciudadanía, probablemente muchos reduzcan el continente a imágenes rurales, pueblos indígenas o pobreza extrema. Sin embargo, África cuenta con 55 países, la mitad de su población vive en zonas urbanas, y crecen sus centros de investigación, sus industrias y mejoran sus políticas públicas. En ciudades como Addis Abeba, Nairobi o Lagos hay rascacielos, centros de innovación tecnológica y un tejido empresarial y emprendedor con un 20% más de participación femenina que en Europa; el porcentaje más alto del planeta.

La historia contemporánea de África no es tan distinta a la europea: cuando un gobierno no cumple o se excede, se organizan movimientos sociales que desafían el poder. A veces consiguen un cambio de gobierno, como ocurrió recientemente en Senegal. Otras, como pasó en España con Franco, tardarán 40 años en deshacerse de su dictador, sin que la represión frene a la población de hacer progresar el país. Además, la mayoría de su juventud no emigra a Europa, ni de forma regular ni irregular. Se mueve dentro de sus regiones, amparados por acuerdos de libre circulación como los de la Cedeao —con un objetivo parecido al área Schengen en Europa—, que además promueven políticas monetarias o de seguridad comunes.

Esa realidad apenas se enseña ni se cuenta, deformando la historia y cultura de estos países, lo que acaba afectando a las decisiones diarias. La misión militar francesa Barkhane en el Sahel fracasó, en parte, por el desconocimiento de la realidad local. Y la mirada negativa hacia los países africanos sigue afectando a cómo se perciben —y cómo se tratan— a sus ciudadanos. Hoy, Rusia y China han comprendido que los países de África, América Latina o el Pacífico están cansados del paternalismo y la incomprensión, y han intensificado su presencia diplomática y económica. España y Europa no pueden quedarse atrás. Adoptar proyecciones cartográficas más justas —como símbolo y compromiso— es un gesto de respeto hacia el Sur Global y una inversión en nuestra propia credibilidad internacional.

Viviane Ogou i Corbi es diputada de Comunes y Sumar en el Congreso, graduada en Relaciones Internacionales y máster en Seguridad Internacional.

Cada mapa tiene su uso concreto, dice por su parte Francisco González Matesanz. Cualquier intento de trasladar un globo a un plano obliga a escoger qué preservar y qué sacrificar: la cartografía no presenta una única narración. La proyección de Mercator, nacida en 1569 para resolver un problema práctico —navegar siguiendo líneas de rumbo rectas—, es el ejemplo perfecto, pues conserva los ángulos localmente, pero deforma los valores de superficie, las formas y las distancias. Su mérito técnico es indiscutible; su uso como planisferio “neutro” no es correcto. Y ahí reside un debate que no es capricho académico, sino que debe responder a la pregunta: ¿Qué mundo mostramos cuando mostramos el mundo?

En el 450º aniversario de la proyección de Mercator (2019), varias instituciones revisitaron su legado con una conclusión que conviene subrayar: Mercator fue un salto intelectual para la navegación, convertir líneas de igual rumbo (loxodrómicas) en líneas rectas y hacer calculable el rumbo, pero su genio técnico no la convierte en planisferio universal. Las conmemoraciones y debates académicos coincidieron en dos lecciones claras: primera, toda proyección es una elección (y debe explicarse su propósito, su narración); segunda, el uso educativo y mediático debe migrar a proyecciones de compromiso o equivalentes (que conserven las áreas y, por tanto, los tamaños relativos de cada continente, o que introduzcan tan solo pequeños errores que hagan que, de forma relativa entre ellos, apenas sean perceptibles), reservando Mercator a la náutica y a contextos específicos. Celebrar a Mercator, en suma, no es mantenerla en todas partes, sino usar cada proyección donde mejor explica el mundo.

Durante décadas, la inercia editorial y la comodidad técnica mantuvieron a Mercator en aulas, atlas y medios. Pero la pregunta correcta no es “¿cuál es la mejor proyección?”, sino “¿para qué queremos el mapa?”. Si el objetivo es trazar rumbos o seguir rutas por vías de comunicación en un entorno local, Mercator funciona. Si es comparar superficies, distancias o formas, no: el crecimiento de la escala hacia los polos agranda exageradamente a Groenlandia o Europa, produciendo una narrativa visual que muchos lectores interpretan, comprensiblemente, como jerarquía geográfica. Las alternativas existen y no son nuevas. Para planisferios generales, la comunidad cartográfica se ha decantado por proyecciones de compromiso, con baja distorsión global: Winkel Tripel es hoy estándar en atlas y divulgación, y Robinson mantiene su vigencia por equilibrio visual y tradición didáctica. Cuando lo que importa es el tamaño relativo, aunque no se conserven formas ni distancias, como en población, clima o biodiversidad, se pueden usar proyecciones equivalentes, que únicamente conservan el valor del área aunque esté deformada: Equal Earth, Mollweide, Eckert IV.

Un mapa es una decisión. Elegir Mercator para un reportaje monográfico sobre desigualdad territorial introduce, sin decirlo, un sesgo de escala; elegir Equal Earth para una infografía de superficies, o Winkel Tripel para un atlas, no es ideología: es adecuación metodológica.

Conviene, llegados a este punto, dejar claras dos conclusiones. Primero, igualdad de áreas no equivale a perfección: una proyección equivalente distorsiona formas y distancias más que una de compromiso; por eso hay que escoger según el mensaje. Segundo, Web Mercator no “falsea” los datos por sí misma: acelera los visores, pero los análisis globales que no tengan como objetivo preservar las orientaciones deben ser realizados en otra proyección.

Los lectores merecen saber que un mapa no es una fotografía, sino una construcción. La solución es sencilla: debemos comprometernos a elegir la proyección que mejor explique los datos. Si informamos sobre pérdida de bosques, usemos una que conserve las superficies; si ilustramos rutas aéreas, una conforme que mantiene los ángulos; si publicamos un atlas escolar, una de compromiso. Es una decisión editorial tan relevante como titular con rigor o verificar una cifra. En definitiva, hacer un mapa es siempre un acto de responsabilidad. Francisco Javier González Matesanz es subdirector general de Cartografía y Observación del Territorio en la Dirección General del Instituto Geográfico Nacional. 




















EL DESPERTAR DEL NOBLE SUEÑO EUROPEO

 







El manto protector de EE UU ensimismó al Viejo Continente hasta el punto de creer que la razón había triunfado sobre la fuerza tras la fundación de la ONU, escribe en El País (12/01/2026) el filósofo Pau Luque Sánchez. El filósofo H. L. A., comienza diciendo, creía que la idea de gobernar la sociedad a través de reglas era un noble sueño. Frente el arbitrario y caprichoso gobierno de los hombres, las virtudes igualitarias del gobierno de las reglas. En algunos estados-nación, el sueño se aproximó a la realidad. Pero en materia de relaciones internacionales, nunca ha dejado de ser, básicamente, eso: un noble sueño. Lo inquietante es que hasta el 3 de enero de 2026 una parte de los liberales y progresistas occidentales, singularmente los europeos, soñaban despiertos.

El 5 de enero, el Ministro de Exteriores de España, José Manuel Albares, decía en la Cadena SER que la prosperidad y la paz de los últimos sesenta años en Europa se debía a que el orden internacional era un orden basado en reglas. Pero es probable que las condiciones favorables de Europa se expliquen mejor por haber estado durante medio siglo del lado “bueno” de los intereses de Estados Unidos que porque el mundo esté en la práctica organizado mediante un sistema de reglas.

El manto protector de Estados Unidos aisló y ensimismó a los europeos hasta tal punto que creyeron que la razón, la Ilustración y el cosmopolitismo kantiano habían triunfado tras la fundación de la ONU. Pero mientras Europa creía estar viviendo el noble sueño, el resto del mundo (o casi) vivía la pesadilla de los hechos consumados: Vietnam, Panamá, Guatemala, Libia, Venezuela, Irak, Irán, República Dominicana, Laos y Camboya, Honduras o Yemen, entre otros países, fueron agredidos por Estados Unidos en clara violación de las reglas. Por no hablar de aquellos lugares donde Estados Unidos las vulneraba de manera vicaria: Chile, Palestina o Nicaragua, por nombrar solo los ejemplos más sonoros a oídos del lector español.

Se podría incautamente aducir que se trataba de excepciones. Pero si ya es dudoso que pueda decirse con sentido que las reglas tienen excepciones (¿qué excepciones tienen las reglas de la aritmética?), es definitivamente anómalo decir que un comportamiento que se repite durante el tiempo, tanto bajo administraciones republicanas como bajo administraciones demócratas, sea un comportamiento excepcional. A nivel internacional, Estados Unidos no ha ejercido un gobierno de las reglas, sino de los hombres.

La diferencia entre Trump y sus predecesores es la desvergüenza. Esto no es banal. Puede que los anteriores presidentes fueran unos hipócritas. Pero basta ver cómo la actitud de matón de Trump genera zozobra para darse cuenta de que la hipocresía tiene más valor del que creemos. Pero esto, no siendo trivial, no es lo importante.

Europa creía formar parte de un proyecto universalista junto a Estados Unidos, pero en realidad solo era el protegido de un proyecto localista con intereses globales. Solo cuando Europa ha pasado a formar parte del lado “malo” de los intereses de Estados Unidos los europeos han empezado a notar que tal vez estaban soñando. Lo que se quebró cuando Trump exigió más gasto en defensa a los países miembros de la OTAN y empezó a ser hostil hacia los europeos no fue el derecho internacional, sino el manto protector de Estados Unidos.

No son los liberales y progresistas europeos los únicos que soñaban esta noble fábula. Anne Applebaum (3 de enero, en conversación con David Frum) dijo que Estados Unidos debía regresar al derecho internacional. “Regresar” implica que se vuelve al lugar donde se estaba. Olvidémonos de la retórica universalista de la democracia y los derechos humanos por un momento. Olvidémonos también de las reglas del comercio internacional, cuya suerte ha sido menos mala que las del derecho público. ¿Cuándo ha respetado Estados Unidos, en la práctica, las reglas en el orden mundial? La respuesta es: solo cuando las reglas estaban alineadas con sus intereses. Pero esto no es seguir reglas. Como decía Kant, ser guiado por reglas no es solo actuar de conformidad con las reglas, sino estar motivado por estas. Estados Unidos ha actuado los últimos sesenta años motivado por sus intereses nacionales y por los de sus aliados. Pero rara vez ha actuado movido por las reglas.

Los europeos ahora están desvelados. Se están despertando del noble sueño de diferentes maneras. En primer lugar, están los que querrían seguir soñando: como Albares ―y como Applebaum―, siguen predicando que hay que volver al orden internacional regido por reglas. Están sonámbulos y tienen un micrófono en la mano.

En segundo lugar, están quienes creen que este es un mundo nuevo no porque hayamos dejado atrás el noble sueño sino porque Estados Unidos ha dejado atrás a los europeos. Hay que competir en este nuevo mundo. Borrell o Habermas, entre otros, creen que necesitamos autonomía militar. Hay que tener un ejército europeo, o al menos hay que subir el gasto en Defensa de cada país miembro de la Unión Europea. Como decía Ivan Krastev, Europa no puede ser un vegetariano en una cena de caníbales. Además de la inquietante lógica belicista de esta salida, el problema ―como señalaba el propio Krastev— es que existe la posibilidad real de que la ultraderecha llegue en un futuro no muy lejano al poder en Alemania, Francia o España y, cuando lo haga, se encuentre con ejércitos bastante más poderosos de lo que son ahora. Esto provoca escalofríos históricos. Puede hacer resurgir las sospechas entre socios europeos, desconfianza que, durante el siglo XX, terminó en conflictos colosales. Y además puede significar tener a engrosados ejércitos europeos alineados, o al menos no hostiles, con los intereses de Vladímir Putin.

Pero hay otro despertar posible del noble sueño. Es el más difícil. Implica reconocer que se estuvo soñando durante sesenta años en unas condiciones de las que solo se gozaba, esencialmente, en Europa y en Estados Unidos. Implica también admitir que lo que indujo el noble sueño no es necesariamente lo mismo que aquello que lo puede materializar: puede que la idea de un orden internacional basado en reglas sea fruto de la razón (no lo sé y no creo que esto sea importante), pero el derecho no se pone en práctica mediante la razón, sino mediante la coerción. Suena incómodo, ¿verdad? Pero si uno cree que las reglas son la manera de organizar la sociedad entonces tiene que aceptar la coerción como parte del entramado del que forma parte esa idea. Como Europa había externalizado o subcontratado a Estados Unidos (o a la OTAN, como ustedes prefieran) casi toda capacidad coercitiva, creyó que un orden internacional basado en reglas se podía instaurar solo mediante el uso de la razón. Pero esto no es ya sueño. Es fantasía.

Sospecho que la actual batalla está perdida. La manera de ver el mundo de Trump, Putin y Xi Jinping es la vencedora por el momento. Ha vencido la ley del más fuerte, que es tanto como decir que no hay ley. Pero hay que insistir en el noble sueño. Para que deje de serlo. Y hay que ser conscientes de que se trata de un camino muy largo. Se podría empezar dotando de más recursos al Tribunal Penal Internacional y a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, entre otras instituciones, para que aumente su capacidad de hacer cumplir las leyes y sus sentencias.

No necesitamos reivindicar el derecho internacional. Necesitamos aplicar el derecho internacional. Y esto es imposible sin la coerción. La fuerza sin reglas es barbarie e imperialismo. Las reglas sin coerción son ilusiones ilustradas.




















ENTRADA NÚMERO 9724