martes, 13 de enero de 2026

DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY: LA VUELTA A LA PATRIA, DE FRANCISCO FERNÁNDEZ DE LA ROSA

 







LA VUELTA A LA PATRIA



Amada patria mía,

¡Al fin te vuelvo a ver! Tu hermoso suelo,

Tus campos de abundancia y de alegría,

Tu claro sol y tu apacible cielo!

Sí: ya miro magnífica extenderse

De una y otra colina a la llanura

La famosa ciudad; descollar torres

Entre jardines de eternal verdura;

Besar sus muros cristalinos ríos;

Su vega circundar erguidos montes;

Y la Nevada Sierra

Coronar los lejanos horizontes.

No en vano tu memoria

Do quiera me seguía;

Turbaba mi placer, mi paz, mi gloria;

El corazón y el alma me oprimía!

Del Támesis y el Sena

En la aterida margen recordaba

Del Dauro y del Genil la orilla amena;

Y triste suspiraba;

Y al ensayar tal vez alegre canto,

Doblábase mi pena,

Mi voz ahogaba el reprimido llanto.

El Arno delicioso

Me ofreció en balde su feraz recinto,

Esmaltado de flores,

Asilo de la paz y los amores.

«Más florida es la vega

Que el manso Genil riega;

Más grata la morada

De la hermosa Granada…»

Y tan sentidas voces

Murmuraba con triste desconsuelo;

Y el hogar de mis padres recordando,

Los mustios ojos levantaba al cielo.

Tal vez en mi dolor más me placía,

De agreste sitio el solitario aspecto;

De las ciudades azorado huía,

Y ansioso, palpitante,

Los escabrosos Alpes recorría;

Mas su nevada cumbre

No tan viva y tan pura reflejaba

Del sol la clara lumbre

Cual la Nevada Sierra,

Cuando el astro del día

Un torrente de luz vierte en la tierra.

De Pompeya las ruinas pavorosas,

Sus calles silenciosas,

Sus pórticos desiertos,

De hierba ya cubiertos,

Mi profundo pesar lisonjeaban;

Y graves reflexiones

En mi agitada mente despertaban.

¿Qué vale el poder vano

Del miserable humano?

En abatir su orgullo y su renombre

La suerte se complace;

Y las obras que eternas juzga el hombre,

Con un soplo deshace…

Por el rastro de escombros junto al Tíber

Hoy busca el caminante

Del sumo Jove la ciudad triunfante:

Rompe el arado la fecunda tierra,

Que cual lóbrega tumba

Los sacros restos de Herculano encierra;

Y si Pompeya en pie mira sus muros,

Los siglos carcomieron su cimiento;

Y al respirar el viento,

Tiemblan sobre su planta mal seguros.

Así en mi juventud yo vi las torres

De la soberbia Alhambra quebrantadas

Amenazar del Dauro la corriente

Con su ruina inminente;

Cada rápido instante de mi vida

El plazo apresuró de su caída;

Y del antiguo Alcázar soberano,

En que el moro poder vinculó ufano

Su gloria a las edades,

Tal vez un día ni hallarán mis ojos

Los míseros despojos…

A tan funesta imagen, en el pecho

Mi corazón se ahogaba;

Y en lágrimas deshecho,

Al pie de los sepulcros me postraba…

¿Cuál es tu magia, tu inefable encanto,

Oh patria, oh dulce nombre,

Tan grato siempre al hombre?

El tostado africano,

Lejos tal vez de su nativa arena,

Con pesar y desdén los prados mira,

Y por ella suspira:

Hasta el rudo lapón, si en hora infausta

Se vio arrancado del materno suelo,

Envidia y ansia las eternas noches,

Los yertos campos y el perpetuo hielo:

Y yo, a quien diera la benigna suerte

Nacer, Granada, en tu feliz regazo,

Y crecer en tu seno,

De tantos bienes lleno;

Yo triste, ausente de la patria mía,

De ti me olvidaría?

En las ásperas costas africanas,

Al náufrago inhumanas,

Yo tu sagrado nombre repetía;

Y las inquietas olas

Llevábanlo a las costas españolas.

En el polo apartado

Oyólo de mi labio el mar furioso,

Por el tesón del bátavo enfrenado;

Oyólo el Rhin, el Ródano espumoso,

El alto Pirineo, el Apenino;

Y del Vesubio ardiente

En el cóncavo hueco

Por vez primera repitiolo el eco.



FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA (1787-1862)

poeta español






















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