Todos recordamos, más o menos, el momento en que dejamos de creer en los Reyes Magos, escriben en Substack/El Patio político (05/01/2026) los comentaristas de política internacional Francisco R. Vargas y Juan Manuel Barrios Salado. No fue un día concreto ni una gran revelación, fue algo más sutil e imprevisto: una conversación escuchada a destiempo, un regalo que no encajaba o una explicación que ya no convencía del todo. No fue perder la ilusión (aunque de niños lo pensáramos así). Fue entender cómo funcionaban realmente las cosas, que los regalos no aparecían solos, que alguien los compraba, los envolvía y decidía qué llegaba… y qué no. La política debería funcionar igual.
Pero aquí está la trampa: en política sí sabemos que no hay magia… y aun así seguimos aceptando el cuento. Durante mucho tiempo la vivimos cómo se vive la infancia: con ilusión y fe. Creemos que las cosas pasan porque “tienen que pasar”, que los problemas se arreglarán solos o que alguien se hará cargo. Votamos, opinamos, protestamos… y esperamos. Esperamos soluciones rápidas. Esperamos líderes salvadores. Esperamos que “esta vez sí”.
Ese es uno de los grandes fracasos políticos de nuestra época. No la corrupción, ni la polarización, ni siquiera la mentira (que también). Es la infantilización sistemática del ciudadano. Tratarlo como a un niño que pide y pide, convencido de que Baltasar dejará sus deseos convertidos en regalos bajo el árbol. Y en esto, conviene decirlo, tanto el sistema como el propio ciudadano tienen parte de responsabilidad. Se ha instalado una idea peligrosa: que gestionar sin criminalizar al diferente desgasta; que reconocer límites, matices o complejidades resta votos; que no odiar al rival es sinónimo de debilidad; que decir la verdad es un lujo electoral.
El resultado es una política repleta de relatos imposibles, promesas sin coste, un clima tóxico permanente y soluciones que no sobreviven a dos contraargumentos. Desde dentro se ve con absoluta claridad. Hay campañas donde se sabe que no se podrá cumplir lo prometido incluso antes de que la medida vea la luz. Gobiernos que comunican como si gestionar fuera solo narrar, no decidir. Y decidir es incómodo. Decidir implica perder apoyos. Decidir significa decirle a alguien que no. Decidir implica posicionarse.
Nada de eso encaja en un sistema político donde todos quieren ser los buenos y convertir a los demás en los malos. Aquí nadie quiere ser adulto en la habitación. Nadie quiere decir que no hay dinero para todo, que no todas las demandas son compatibles, que cada política pública tiene ganadores y perdedores. Se prefiere seguir alimentando la ficción… hasta que la realidad entra por la puerta. Y siempre entra.
Pongamos un ejemplo de esos que dividen: la vivienda. Cualquier persona mínimamente conectada con la realidad sabe que España tiene un problema grave. Precios disparados, falta de oferta en muchas ciudades y situaciones donde conseguir un piso o una habitación es casi más difícil que ganar el Euromillón. ¿Las soluciones? Depende del cuento que quieras escuchar. Para unos, volver al “ladrillazo” sin control: construir y construir como si el problema fuera solo de cantidad, ignorando que sin regulación y sin un plan estratégico el precio seguirá siendo igual de inaccesible. Para otros, la solución “soviética”: hacer y hacer vivienda pública, un plan muy bonito sobre el papel… si fueras la Unión Soviética. Pero no lo eres. No tienes parque público suficiente, ni capacidad inmediata para adquirirlo, ni margen presupuestario para levantarlo de la nada.
Como ninguna de estas soluciones se adapta de verdad a la realidad, llegan las excusas políticas. Que si “no tenemos competencias”, que si “el problema es autonómico”, que si “esto depende de otros”. Entonces cabe preguntarse: ¿para qué prometer soluciones mágicas si sabes que no van a llegar a buen puerto? Y, en el otro extremo, la negación de la realidad: que lo de Madrid y otras ciudades está exagerado, que es culpa de la “okupación”, que no es tan difícil encontrar piso, que pagar 600 euros por una habitación de siete metros cuadrados se solucionará solo, sin intervención pública.
Para abordar un problema estructural como este, y más cuando hablamos de un bien básico, hace falta algo que hoy escasea en política: altura de miras y capacidad de gestión. Lo primero, aunque dé pereza decirlo, es un gran pacto. Sí, un “gran pacto”. Ese concepto tan manoseado que suena a nada… pero que aquí es imprescindible. Porque si los partidos, esos que en la universidad nos explicaron que eran los canales que vertebran la representación y las demandas ciudadanas, no son capaces de sentarse y firmar una solución real, el problema no se va a resolver nunca. Y no se hace, básicamente, porque no interesa.
Una política pública de vivienda, seria y nacional, genera ganadores y perdedores. Siempre. No se pueden proteger todos los intereses por igual a la vez. Inquilinos, pequeños propietarios, rentistas, promotoras, inmobiliarias, grandes fondos de inversión o fondos buitre: sus intereses son, en muchos casos, incompatibles. Si te cuentan que todos salen contentos, algo va mal. Seguramente alguien esté pagando el coste sin saberlo. Pero asumir esto exige valentía política. Exige elegir. Exige explicar por qué se prioriza a unos frente a otros. Y eso tiene coste electoral.
En lugar de eso, se opta por el atajo: relatos simples, soluciones mágicas y debates atrincherados mientras el problema sigue. Se consulta poco a quienes llevan años estudiando el problema y proponiendo soluciones realistas. Los expertos coinciden, con matices, en una idea bastante clara: una solución mixta, con más intervención pública real, sin destruir la iniciativa privada (que hoy por hoy es la única con capacidad real de construir a gran escala) y con una colaboración público-privada fuerte, estable y duradera. No un parche que desaparece cuando, quince años después, la vivienda deja de ser protegida.
Y este no es un caso aislado. Hay decenas de ejemplos más. Las pensiones, por ejemplo. Todo el mundo sabe que hay un problema a futuro. Todo el mundo lo reconoce en privado en cualquier conversación. Pero ¿quién se atreve a meterle mano a una cuestión en la que pueden salir perjudicadas más de nueve millones de personas? Una bolsa de votantes decisiva en cualquier elección y más para los grandes partidos.
A nadie le interesa. Porque hoy gestionar y resolver parece secundario. Lo prioritario es ganar, o al menos no perder. Y así llegamos a la gran pregunta incómoda, la que casi nadie quiere formular: ¿Creéis que un político prefiere que su rival gobierne y solucione un problema antes que gobernar él mismo aunque no lo resuelva? Quizá ahí esté la verdadera frontera entre la política adulta y el eterno regreso al cuento.
Y entonces llega el enfado ciudadano. No porque no existan milagros, sino porque se prometieron. No porque los Reyes Magos no existan, sino porque se insistió en que existían cuando ya sabíamos que no. La desafección no nace sólo de la crudeza de la política, nace de su impostura. De fingir que gobernar es fácil. De tratar a adultos como niños a los que se entretiene con luces mientras las decisiones importantes se toman en otra habitación. La democracia no se debilita cuando se explican los límites, se debilita cuando se ocultan. No pierde fuerza cuando se habla claro; la pierde cuando todo es una campaña permanente y no una decisión.
Cada año, el 5 de enero, las calles se llenan de niños y padres que viven con ilusión la llegada de Melchor, Gaspar y Baltasar a sus casas. Los más pequeños aún no lo saben, y los mayores trabajan para que el secreto se mantenga el mayor tiempo posible. No es una realidad, pero qué bonito era vivir en ella. Cada día, cada año, cada elección, millones de ciudadanos escuchan promesas que le llevan a creer y confiar en que un político pondrá fin a sus problemas. Es bonito creer, somos más felices, pero la realidad aguarda escondida esperando su momento. El día que nos dijeron que los Reyes Magos no eran quiénes pensábamos, sucumbimos ante la decepción de saber que habíamos sido engañados. El día que conocimos algunos fines oscuros de la política, sucumbimos ante la decepción de saber que alguien nos había engañado. Hay una diferencia, los Reyes Magos no existirán nunca, pero la política que soluciona los problemas si puede existir porque todavía existen destellos de su existencia.

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