El centro puro no existe, al menos si lo comparamos con las categorías de izquierda o derecha, que suelen tener un carácter más identitario. En ellas se es de una cosa u otra sin necesidad de tener que preguntarse por qué; es un atributo que permite orientarnos en el mundo de la política a partir de una visión binaria que cada cual rellena después del contenido que buenamente desee. Aun así, cuando se pregunta al ciudadano dónde se ubica en el eje izquierda/derecha —el clásico baremo del 1 al 10—, la media se sitúa ahora en torno al 4,8, algunas décimas a la derecha de lo que venía siendo la pauta de las últimas décadas, más cercana al 4,5. Es decir, que el votante medio se sitúa en el centro; o, mejor, es “moderado”. Moderado con una ligera inclinación a la izquierda, eso sí.
A la hora de la verdad, sin embargo, esa limpieza que ofrece el dato estadístico tiende a emborronarse. Existe una marcada tendencia a desplazarse a posiciones más extremas cuando el liderazgo del partido de referencia empuja en esa dirección a sus votantes. Y, no lo olvidemos, es un eje que en nuestro país convive con el de los sentimientos nacionales.
En esta capacidad del liderazgo debió de pensar Alberto Núñez Feijóo al suscribir sus sorprendentes y ominosos pactos con Vox: me aseguro el gobierno en las autonomías donde fui el más votado y, de cara a las generales, el antisanchismo visceral que impera entre mis votantes hará el resto. Riesgo cero. De modo especular, es la misma confianza que sostiene al Gobierno, solo que ahora por la razón inversa: un PP abrazado a Vox es el revulsivo que necesitan sus votantes para volver al redil, tanto los desmoralizados por los escándalos como los críticos con los pactos con otros partidos. No es para menos. A la vista de las cesiones hechas en Andalucía, imaginar un gobierno con Santiago Abascal de vicepresidente no resulta un escenario fácil de digerir. Si eso ocurre en el bastión del líder más moderado del PP, ya cualquiera cosa parece posible.
En la batalla de las próximas generales sobrarán los programas o, en el caso del partido del Gobierno, la ponderación del rendimiento de cuentas. Asistiremos más bien a un choque de fobias que arrastrará hacia los extremos. Bloque contra bloque. La animadversión más intensa dirimirá la contienda. ¿Qué pesa más, el rechazo a Sánchez, por simplificar, o imaginar a Abascal en el Consejo de Ministros? El horizonte está bien claro, acabaremos teniendo de nuevo o bien un “gobierno Frankenstein”, por que me entiendan, u otro sustentado por la ultraderecha. Dicho de otro modo, el país del 4,8 de media en autoubicación ideológica, se tragará a los del 1 y 2 más independentistas —por incorporar al otro eje— o bien a los que se sitúan del 8 en adelante y ni siquiera creen en el Estado de las Autonomías. Todo dependerá, desde luego, de las concesiones que los dos grandes partidos hagan a sus extremos. Pero ya sabemos que obtener el poder o mantenerse en él no atiende a esas minucias.
El resultado es que la mayoría de los votantes, que son de centroizquierda o centroderecha, quedarán huérfanos de representación. Por no hablar de los de centro-centro, el 20-25 % que se ubican en el 5. El votante moderado está secuestrado por la polarización. Acabará en la abstención o votando por quien le produzca menos rechazo, sin el menor entusiasmo. Pero, sobre todo, seguirá preguntándose por qué el PSOE no concedió esos dos votos que le faltaban a Juan Manuel Moreno en Andalucía, por ejemplo, o por qué este ni siquiera se los pidió. Pues porque cada uno de los grandes fía más su victoria a la confrontación con el otro que a una estrategia de entendimiento. El interés del partido por encima del de el propio país. Esto es lo que nos pasa. Fernando Vallespín es politólogo. El País, 5 de julio de 2026.


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