martes, 21 de enero de 2025

De la derrota en política

 







La relación de los filósofos con la política es antigua. Muy antigua. Es probable, de hecho, que nuestra tradición filosófica surgiera por el brote de una emoción estrictamente política: la indignación que un joven aristócrata ateniense llamado Aristocles sintió ante la injusta condena y posterior muerte de su maestro. El hombre sabio y bueno que la democracia de Atenas sacrificó se llamaba Sócrates. Su discípulo fue el padre de la disciplina filosófica y la historia lo recordará siempre por su pseudónimo. Todavía en nuestro tiempo lo seguimos llamando Platón, escribe en Revista de Libros [Dar razón de la derrota en política, 07/01/2024] el filósofo Diego S. Garrocho, profesor titular de Filosofía Moral en la Universidad Autónoma de Madrid, reseñando los libros Diálogos V, Platón  (Madrid, Gredos, 2021);  Fuego y Cenizas, Michael Ignatieff (Madrid, Taurus, 2014); Liderazgo, Henry Kissinger (Madrid, Debate, 2003); y Aquiles en el Gineceo, Javier Gomá Lanzón (Valencia, Pretextos, 2007).

El estrecho vínculo entre la labor filosófica e intelectual y el ejercicio de la política se expresó en el siglo IV a. de C. con una vehemencia que no conoce precedentes. Platón, en una de las pocas cartas (la VII) de la que podemos imputarle la autoría, recordó sus viajes a Siracusa y advirtió que el género humano no vería días mejores hasta que adquiera autoridad política la raza de quienes siguen recta y auténticamente la filosofía. Las alternativas que abre el dictado del autor de la República son dos: o bien los filósofos deben hacerse gobernantes, o bien los gobernantes deben instruirse en la filosofía. Así hasta hoy.

La querencia política de los filósofos, académicos e intelectuales es, por tanto, un tópico clásico. El propio Platón realizó tres viajes a Sicilia para asesorar a dos tiranos (Dionisio padre y Dionisio hijo) e incluso su discípulo Aristóteles fue preceptor del magno Alejandro. No son excepciones. El vínculo entre la sabiduría y el poder se ha declinado de distintas maneras y no existe siglo en el que no podamos reconocer puntuales contactos, cuando no firmes alianzas, entre el poder político y la autoridad intelectual. Nuestro tiempo, vanidoso y narcisista hasta la extenuación, no es tampoco una excepción a este respecto. Son muchas las personas instruidas en filosofía que en nuestros días han asumido responsabilidades políticas. Sin salir de España, por ejemplo, Ángel Gabilondo, José María Lassalle o Manuel Cruz son los ejemplos más recientes, pero la proximidad entre la academia en su sentido más amplio y las magistraturas públicas ha sido casi una constante en nuestra cultura política.

El caso del canadiense Michael Ignatieff es especialmente relevante por muchos motivos. Este ensayista, historiador y filósofo (hombre de letras al fin) ha ocupado cargos de responsabilidad docente e investigadora en algunas de las instituciones más prestigiosas del mundo. A la santísima trinidad de la academia anglosajona (Oxford, Cambridge o Harvard) debemos sumarle otras universidades notables como son Toronto University o la Central European University. Este intelectual de prestigio mundial cometió en el año 2006 la audacia o la osadía de asumir responsabilidades políticas en el Partido Liberal de Canadá, una formación política moderada y centrista a la que estaría vinculado hasta el año 2011. No fueron años sencillos y si su historia merece aparecer en este monográfico de Revista de libros es por dos motivos: Michael Ignatieff, siendo líder del Partido Liberal, condujo a su formación política a una profunda derrota. Aquel fracaso no admitió ningún matiz o paliativo: fue el peor resultado de la historia del Partido Liberal, el peor resultado del primer partido de la oposición y la primera vez desde la confederación de los liberales en Canadá en la que el partido no acababa, al menos, en segunda posición. La crónica razonada de este fracaso estrepitoso le sirvió a Ignatieff para componer un libro lúcido, sensible y franco en el año 2013. El texto ya resulta elocuente desde su título: Fire and Ashes: Success and Failure in Politics o, como tradujo literalmente Paco Beltrán para Taurus (2014), Fuego y cenizas: éxito y fracaso en política.  

El libro habla, naturalmente, de política. Pero la política no es más que un escenario exagerado de algunas constantes de la existencia humana. El poder, la traición, la lealtad, la ambición, las dudas y las convicciones son ingredientes indispensables en toda biografía. Sólo que en política adquieren una dimensión hipertrofiada. Por eso engancha tanto y esta es la causa por la que el combate político reclama nuestra atención al igual que la luz atrae a las polillas. Contemplar la política y el conflicto, si es que hay diferencia, es tanto como ver una dramaturgia exagerada de todo lo que somos.

El texto de Ignatieff da lo que promete y no se reserva ninguna premisa oculta en sus primeras páginas. «Nada te va a causar más problemas en la política que decir la verdad». Este principio, casi antiplatónico, acabará desarrollándose por los diez capítulos que componen el ensayo e irá contrapeando el optimismo de los momentos felices con la injusta derrota en la que un hombre cae no ya por azar o accidente, sino por ejercer aquellos principios que un día le llevaron a abandonar una confortable carrera académica. El perfil de Ignatieff ya estaba muy consolidado cuando decidió remangarse la camisa y mancharse hasta los codos, en un gesto que recuerda a la decisión del hijo de Peleo y que tan bien supo resumir Javier Gomá en Aquiles en el Gineceo. Hay un momento en la vida de casi todas las personas en las que toca decidir: una vida larga y próspera, después de la cual no habrá demasiadas personas que te recuerden; o una vida corta y cargada de fatigas que, sin embargo, te procurará una gloria inmortal. No creemos que el profesor Ignatieff aspirara a una fama sin límite, pero sí parece claro que dio el paso movido por una íntima vocación. Su perfil parecía imbatible: un hombre reputado, de maneras templadas y una ideología transversal que puede que a nadie le conmoviera hasta el entusiasmo pero que, en principio, no debería generar grandes aversiones ni enconadas enemistades. A pesar de lo razonable de este pronóstico, acabó por ocurrir (casi) todo lo contrario.

El testimonio de Ignatieff es valioso en muchos sentidos. El primero de ellos es que brinda un testimonio político útil para quienes, de un modo u otro, viven de ejercer la política o, al menos, de contarla, narrarla y analizarla. Mientras el medio natural de un pintor es la pintura, dirá el profesor, el de un político es un tiempo. Este aserto «kairológico» es un verdadero hallazgo que, además, resulta atinado cuando uno lee retrospectivamente cuáles son los grandes aciertos o errores de un político. No lejos de esta intuición podemos reconocer profecías antiguas que ya estaban presentes en Maquiavelo. No hay una única ley o receta que funcione en política porque la circunstancia sobre la que se ejercen los principios y las convicciones son siempre cambiantes. La oportunidad, en el caso de Ignatieff, marcó incluso su ingreso en política ya que, como él mismo atestigua, no pudo elegir el momento de su entrada en un mundo que le resultó tan ajeno como fascinante.

La vida teórica y la vida de acción encarnan dos paradigmas opuestos, al menos, desde Aristóteles. La prâxis y la theôría se oponen pero en su diferencia encarnan también un arquetipo completo. El ejercicio de la política, dirá Ignatieff, debe sumar un componente capital como son las ganas y la voluntad de victoria. Esas ganas superlativas son las mismas con las que Henry Kissinger en su reciente Liderazgo (Debate, 2023) definió el perfil esencial de Margaret Thatcher. Esa obsesiva sed de victoria o, si se prefiere, aversión al fracaso, es probablemente una de las causas que provocan que algunas personas de valía no sean provechosas en la arena política. Quienes tienen biografías logradas, las personas que han distribuido sus prioridades en distintas esferas (la profesional, la familiar, la intelectual…) difícilmente podrán concentrar toda su energía en un único propósito político ambicionado desde una voluntad unívoca. Es posible que los mejores nunca quieran estar en política, precisamente, porque desde sus vidas logradas no pueda cultivarse ninguna sed de victoria.

La narración de Ignatieff resulta, en varios momentos, conmovedora. No tanto por el sonoro fracaso, que acabaría por apartarle de sus responsabilidades públicas, sino por la hostilidad creciente con la que se topó ya desde el inicio. «Nadie que entra en política por primera vez —dirá— está preparado para este nivel de enemistad». Volver a leer este diagnóstico en la España de 2023 tiene un especial valor, pues sirve para constatar que la crispación política no es un mal endémico y específico de nuestra comunidad, sino que resulta dramáticamente transversal al ejercicio político contemporáneo. Pero nadie soporta esa enemistad a cambio de nada y, junto a los amargos sinsabores de los encontronazos y la agresividad en la conversación, el profesor Ignatieff confiesa con franqueza que eran y son muchos los incentivos que te mantienen atado a una actividad tan intensa.

Pero este libro no es un diario político ni tampoco las memorias de un profesor que durante unos años ejerció como representante público. Fuego y cenizas es un ensayo que se encamina, casi desde su primera página, hacia un fracaso que Ignatieff intenta convertir, y lo consigue, en una fuente de sentido. En el ámbito político y empresarial han sido muchos quienes han expuesto sus éxitos, tratando de brindar una receta que pudiera ser replicable. Andado el tiempo, se ha generado también una fetichización del fracaso, tratando de situar la empatía en el centro de la experiencia lectora para que todos podamos constatar que incluso las personas de mayor éxito han sufrido, alguna vez, importantes derrotas. Este ensayo es, afortunadamente, otra cosa. El profesor Ignatieff nos encamina hacia una tonalidad afectiva cargada de lucidez en la que asume, con un ánimo sereno, el valor y el significado de una derrota. Y lo hace, por cierto, eludiendo ese gesto tan absurdo como frecuente en los políticos: echándole la culpa a los votantes que, sobre todo cuando eligen a alguien que no es de nuestro gusto, tendemos a considerar que ejercen mal su derecho. La responsabilidad de una derrota es, las más de las veces, estrictamente propia. Y este hecho ni es dramático ni tampoco debería sobredimiensionar nuestras torpezas o nuestras faltas. La vida y la política son una fuente de aprendizaje y sólo por este motivo merecen la pena ambas.

En el capítulo VIII, Michael Ignatieff señala sus propios defectos en una confesión casi insólita: «la verdad sea dicha, yo cometí muchos errores». En un tiempo en el que el prestigio moral parece construirse a través de la acusación ajena y en el que las redes sociales han convertido la ostentación de los compromisos sociales y el «virtue signalling» en una enfermedad espiritual de nuestro tiempo, resulta singularmente saludable escuchar a un hombre excelente exponer los errores que le llevaron al fracaso. La política es, por supuesto, un circo maldito y entraña una dimensión de sucio pragmatismo que resulta ineludible. En Fuego y cenizas, el realismo weberiano hace acto de presencia de forma explícita y Michael Ignatieff tiene el buen gusto de no presentarse ni como un ángel ni como una excepción a su contexto. Su mirada simplemente revela la sorpresa de quien, siendo un hombre externo a un contexto excepcional, va descubriendo e implicándose en la arena política. No es tanto el contenido político, sino la transición entre el hombre privado y el hombre público lo que entraña una enseñanza en este texto.

La ley secreta que rige el mundo suele establecer un doble movimiento que muchos libros han expresado en forma de auge y caída. Fuego y cenizas no es una excepción aunque se detiene mucho más en el fracaso que en un eventual auge. Pero esa caída tiene valor por venir antecedida de momentos de euforia colectiva y de recursos materiales e intangibles que desaparecen de la noche a la mañana. El fracaso político es doloroso no sólo por lo que comparte con otras formas de derrota, sino por su dimensión abrupta. Hay un día en el que el teléfono deja de sonar, en el que ya nadie te mira como antes, en el que tu palabra deja de ser ley para el corazón de algunas personas. Ignatieff expone con gran detalle cómo se pasa de tener un avión, un coche con chófer y un equipo de cientos de personas a tu disposición a tener que recoger tus enseres personales en una caja como cualquier desempleado. «No hay nada tan ex como un ex político», advierte. Pero en su caso el dolor y la derrota fue doble. Quienes tienen una vida previa a sus desempeños políticos tienen, al menos, un lugar al que volver. Pero la derrota de Ignatieff no fue una derrota cualquiera, ni su prestigio acumulado en sede académica era un capital equivalente al que se crea y cultiva en otros gremios o en otras carreras.

La política mancha y en la mirada sectaria de quienes no toleran a quien piensa de manera diferente esa huella es imposible de borrar. Por eso su fracaso también alcanzaba al hombre de letras. A la derrota política, dice en sus páginas finales, habría que sumar el hecho de que al menos en su conciencia había quedado invalidado como político, pero también como escritor y como pensador. En política siempre se acaba mal porque no existen los buenos finales. Homero tenía razón y sólo hay dos salidas: la muerte o la gloria, puerta grande o enfermería, el éxito o el fracaso. La de Ignatieff es la historia de un hombre sereno y sabio que un día se sintió tentado por la vida política. Los asuntos públicos, o más extensamente, como dijera Platón, los asuntos de los hombres, son también, y acaso prioritariamente, la tarea del hombre teórico. Salió mal pero, pese a todo, Ignatieff recuerda cada vez que puede, y desde luego al final del libro, que valió la pena. El fracaso, así lo señala en las últimas páginas, no es una desgracia, como tampoco es una bendición ninguna forma del éxito. Volverse inmune a las circunstancias azarosas y a la suerte cuando es aciaga es lo propio, señaló Aristóteles, del hombre excelente. Hay algo admirable en este ensayo, lo que permite concluir que quizá haya también algo digno de admiración en aquel que lo escribió. Gracias o a pesar de la derrota.



















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