sábado, 20 de febrero de 2010

Un gesto inapropiado




El gesto de Aznar




Berlusconi cada vez se parece más a Mussolini, ¡hasta imita sus gestos y sus poses!, y José María Aznar cada día se parece más a Silvio Berlusconi: en la chulería, el desplante, la prepotencia, el insulto, la soberbia, y la mala educación. Salvo en los dineros, la promiscuidad sexual y las vinculaciones mafiosas del segundo, parecen hermanos mellizos. Cuestión de talante, supongo. La última del ex presidente, muy gráfica por cierto, el gesto de respuesta a los estudiantes que le imprecaban en la Universidad de Oviedo. Cierto que los insultos de éstos tampoco son de recibo, pero pienso que de un señor que ha sido presidente del gobierno de España cabría esperar un poco más de elegancia. A fin de cuentas, no perder el gesto ante el insulto va incluido en el sueldo de los políticos. No digamos de los que se consideran a sí mismo estadistas en activo... Al señor Aznar no le faltan aplaudidores entusiastas, por ejemplo, el diputado del PP González Pons, o el inefable y esotérico escritor Sánchez Dragó, para quienes José María Aznar ha sido, incuestionablemente, el mejor presidente del gobierno de la Historia de España... "Vivan las caenas!", que decían los enfervorizados súbditos de Fernando VII, "El Deseado", allá por los principios del siglo XIX. Está claro que algunos "patriotas" no han evolucionado gran cosa desde entonces. Les dejo con el artículo que sobre el incidente relata hoy en La Voz de Galicia el periodista Fernando Ónega. Espero que lo disfruten. Y sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt





Silvio Berlusconi y Benito Mussolini




"Desde la corte: El dedo de Aznar", por Fernando Ónega

LA VOZ DE GALICIA - Sábado, 20/02/2010

Bueno, señores, pues ya tenemos un nuevo debate nacional. Ayer no se habló de otra cosa. La foto estaba en portada y quienes escribíamos de la comisión o de los pactos nos habíamos quedado más antiguos que el canalillo. Y es que don José María Aznar, el respetable Aznar, había hecho la higa; la peineta, dicen algunos cronistas, aunque yo no encontré esa acepción en el diccionario.

La opinión pública se dividió más que con la guerra de Irak o la edad de jubilación. El asunto, como es natural, se planteó en la rueda de prensa del Consejo de Ministros, y la portavoz del Gobierno se tuvo que pronunciar de manera oficial. Nunca una higa había llegado tan alto. Estamos, pensé, ante un grave asunto de Estado. Más o menos con este planteamiento: quien fue presidente del Gobierno de España ¿puede sacar su dedo corazón en actitud enhiesta, por no decir tiesa, mientras recoge los cuatro dedos restantes de su mano? No tengo, pobre de mí, la profundidad de pensamiento suficiente para entrar en tan elevado y delicado debate, pero permitidme el intento. Aznar venía de que le hicieran una crítica suave, inofensiva, casi cariñosa. Total, le llamaron «asesino», «criminal de guerra» y otros calificativos que a nadie suelen ofender ni molestar. Es una dialéctica ordinaria por habitual en la relación humana y en el estilo de la universidad. Además, le intentaron boicotear la conferencia. Todo muy educado, cortés y complaciente. Si Aznar se enfada, es porque es así: un tipo intolerante que, en vez de dar las gracias por el trato y el recibimiento, corresponde con un gesto que algún periódico llamó grosero.

Y lo es. La gente no anda por la calle haciendo higas, cuya traducción al lenguaje verbal tiene dos versiones coloquiales: «vete, iros, a tomar viento» o «que os den morcilla». Pero a mí no me sorprendió el gesto. No me pudo sorprender, si en Lugo he visto cómo su maestro don Manuel Fraga se quitó la chaqueta para lanzarse sobre un grupo de saboteadores. A su lado, Aznar parecía la esencia del autocontrol.

Lo que me sorprendió fue la mirada. Al menos en la foto, Aznar no mira al tendido ni a los destinatarios del menosprecio. Mira a su propio dedo; a ese dedo corazón fálico y elocuente, erguido como un mástil, vecino del corte de mangas. Lo mira sonriente, satisfecho de cómo le queda, como si llevara tiempo sin ensayarlo; como sorprendiéndose a sí mismo que aún sabe hacerlo, después de tanto usar el índice, que es el dedo del poder. Mira al dedo corazón, triunfante frente a la gresca, como una dedicatoria, como cuando le hizo la peineta al moro de Perejil. Aznar auténtico, que dijo: «Algunos no pueden vivir sin mí». Yo lo traduzco con melancolía: contra Aznar vivíamos mejor.





Viñeta de Forges (El País, 19/02/2010)




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