jueves, 30 de noviembre de 2023

De mayúsculas y minúsculas

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves. Mi propuesta de lectura para hoy, de la filóloga Lola Pons, va de mayúsculas y minúsculas. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com










Cosas grandes en letra pequeña
LOLA PONS RODRÍGUEZ
25 NOV 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Si en las ciudades romanas las placas de los arcos conmemorativos y las inscripciones están escritas en mayúsculas, no es por elección, sino por necesidad: la vieja escritura latina no conocía la minúscula. La creación de la minúscula es, en el ámbito de la escritura alfabética, un logro similar a la invención de la rueda. Una vez que, a finales del siglo III d.C., se creó la minúscula, nacía la jerarquía en el renglón; se fundaba el principio por el que se reservaba el texto en minúscula para lo común y la letra mayúscula para lo relevante. Las mayúsculas aprovechan un espacio tan convencional como el del renglón para dar mayor valor a unas determinadas palabras.
Desde su fundación en el siglo XVIII, los criterios ortográficos de la Real Academia Española han ido fijando el uso de mayúsculas para evitar la tendencia que tenemos a mayuscular cuanto creemos que es importante. Aunque muchas personas contraríen la norma, palabras como alcalde, concejal o rey van en minúscula en español según las disposiciones actuales, y está bien que sea así. Las reglas ortográficas son cambiantes entre lenguas: el español no mayuscula los idiomas (hablamos de árabe o de suajili) pero el inglés sí (Arabic, Swahili); el español pone en minúscula culturas y gentilicios (cultura persa, sevillano) que, en cambio, en la lengua inglesa van en mayúscula (Persian Culture, Sevillian).
Basándose en esa norma, en los años 70 del siglo pasado, en Estados Unidos se empezó a usar dentro de los colectivos de personas sordas la expresión Deaf Culture o Deaf Community para subrayar una reivindicación: la de que la sordera no es una discapacidad, la idea de que hay una cultura sorda, una manera de vivir de las personas sordas, que hay que respetar y no tratar de cambiar clínicamente. Hablamos de personas sordas, a menudo sordos congénitos, con nula o poca audición, que tienen la lengua de signos como lengua materna, sordos que no quieren oír y que llaman “audismo” al prejuicio de quienes piensan que no oír al nivel común es una discapacidad. Esta cultura sorda reivindica su identidad y su lengua: los signos, las manos que hablan.
Quienes no tenemos falta de audición no solemos estar familiarizados con esta idea, que es respetable pero distinta de las pretensiones de otro grupo de personas con sordera o hipoacusia, de nacimiento o adquirida por enfermedades, que quieren, a través de prótesis como implantes cocleares o audífonos, acceder a las lenguas habladas. Para esas personas, la lengua de signos es secundaria y es primaria la de su entorno, entendida a través de la lectura labial. Si para los primeros la meta es gestualista, para otros las aspiraciones son oralistas.
En inglés fueron más allá y empezaron a llamar sordos con mayúscula (Deaf) a unos y sordos con minúscula (deaf) a otros. Con mayúscula, Deaf se aplica al grupo de personas con falta de audición que se expresan con lengua de signos preferentemente. Esta doble categoría de letra encaja en las normas ortográficas del inglés, donde se mayusculan culturas y grupos humanos, pero en español funciona mal, porque en nuestra lengua no hablamos de los Salmantinos o de las Viudas. Entiendo el fetichismo que nos producen las mayúsculas, pero, con todo respeto, me pregunto si es conveniente aplicar esa jerarquía dentro de la comunidad sorda, si es beneficioso separar con la escritura sus diferencias. En lengua inglesa ya hace unos años que se plantea la necesidad de evitar la distinción s/S y lo que se debate ahora es cuál debe ser el término por defecto.
Los lectores se preguntarán por qué, en medio de tanta noticia política, elijo este tema hoy. Y quiero explicarme. Por visible y grande que sea la mayúscula, nada puede parar la necesidad de novedad de la voraz actualidad informativa y su tendencia a la fagocitación de lo recién ocurrido en busca de lo que va a ocurrir. Y hay dos cosas que la mayoría hemos olvidado y que han sucedido en este año 2023. La primera, afortunada, es que en julio se aprobó en España el reglamento que regula la utilización de la lengua de signos: sin duda, un logro para la comunidad sorda. La segunda, trágica, es que hace justo un mes se produjo el último tiroteo múltiple ocurrido en Estados Unidos, en Maine, con 18 muertos, 4 de ellos sordos.
Como las personas, las letras ocupan el espacio mensurable que les es asignado: los acontecimientos van en mayúsculas (“Matanza de Maine” se puede escribir así), igual que las disposiciones legales (“Reglamento de las condiciones de utilización de la lengua de signos española”). A la mitad del tamaño, en minúsculas, están los ciudadanos que viven estas circunstancias, trágicas o prometedoras, y a los que no salvan ni visibilizan las mayúsculas, sino la salud física y mental, el derecho, la educación y la democracia, que, curiosamente, van en minúscula.





































[ARCHIVO DEL BLOG] El "Finnegans Wake" de Joyce, o mi fracaso como lector. [Publicada el 29/03/2011]












Me resulta enormemente frustrante reconocer que no he sido capaz de pasar de la tercera página del libro en cuestión a pesar del empeño puesto en ello. Me refiero, como se desprende del título de la entrada, a mi fallido intento de leer "Finnegans Wake", de James Joyce. O más concretamente, el capítulo 8 del libro primero, un relato corto que lleva el título de "Anna Livia Plurabelle", publicado en forma independiente por Cátedra (Madrid, 1992) en una cuidada edición bilingüe inglés-español a cargo de Francisco García Tortosa.
Todo comenzó hace unos días, cuando animado por la satisfacción de haber podido con su "Ulises" después de reiterados intentos que no habían llegado a nada, decidí pasar por la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas, en el parque de San Telmo, a ver que tenían de Joyce. Un hermoso edificio, el de la biblioteca, amenazado de demolición por una reciente sentencia del Tribunal Supremo a causa de los consabidos chanchullos urbanísticos a los que el PP local nos tiene acostumbrados. Lo hacía, además, animado por la frase de Ezra Pound que ya he comentado anteriormente (v. mi "El Ulises, de Joyce" - 14/03/11) que me servía de indudable acicate para ello.
Por fortuna para mí, un amable empleado me encontró "Dublineses" (Unidad Editorial, Madrid, 1999) y "Retrato del artista adolescente" (Lumen, Barcelona, 1976), las otras dos obras que junto a "Ulises", Ezra Pound consideraba de imprescindible lectura, pero también, sin yo habérsela pedido, la mencionada  "Anna Livia Plurabelle". Ni decir tiene que me las llevé a casa más que contento. 
Leí "Dublineses" en un solo día, de un tirón. Una serie de relatos cortos, de historias independientes, en los que las gentes de Dublín y sus pequeñas agonías personales se convierten en protagonistas, de igual manera en que la propia ciudad de Dublín lo es del "Ulises". Con especial emoción me reencuentro con el último de los relatos del libro: "Los muertos", uno de los textos más hermosos que he leído nunca (v. mi "Sexo, amor y otras soledades compartidas" en la entrada del blog del 24/11/10).
Leído "Dublineses", encaro con ánimo no exento de preocupación la lectura de "Anna Livia Plurabelle". La preocupación me venía de recordar un artículo del escritor y director del Instituto Cervantes de Nueva York, Eduardo Lago (El País, 30/03/10), titulado "Descifrando el libro más complejo de la historia", sobre la reciente reedición de "Finnegans Wake", y al que me remito como mayor autoridad. Con enorme interés, curiosidad y placer, me leo la introducción del editor y traductor, de 126 páginas. Por ellas, y por lo que recordaba del artículo de Lago, sabía que me iba a enfrentar a un texto complejo, pero bello, de difícil -pero no imposible- traducción, que a su autor, a Joyce, le había llevado diecisiete años componer. Sobre ese asunto, el de la traducción, el editor-traductor llega a decir (pág. 110) que "representa un caso especial dentro de la problemática de la traducción, ya que, en primer lugar, no se sabe muy bien que es lo que se ha de traducir, y qué lengua; y, en segundo término, cabe plantearse la utilidad del esfuerzo que una traducción de "Finnegans Wake" conlleva. ¿No sería más fácil -se pregunta- que el posible lector aprendiera inglés y se informara de los motivos y técnicas de Joyce?".
Ahí se lo dejo para el que se atreva... Yo no he podido pasar de la tercera página, y solo tiene veinte... Lo intenté de nuevo, pero nada... Imposible... Quizá en otro momento de mi vida... De todas maneras no quiero terminar este comentario sin citar textualmente una frase de Joyce que el editor  reproduce también (pág. 91) y que comparto plena y absolutamente. Una frase que nos revela lo contradictorio que a veces puede resultarnos la confrontación, supuesta o real, entre la biografía del autor y su obra literaria: "La vida -dice- y el amor son una misma cosa: no hay vida que no consista en el amor a otra persona". Ahora, en estos momentos, disfruto de "Retrato del artista adolescente"; ya les contaré.
Buscando un vídeo sobre "Finnegans Wake" que incorporar a la entrada como complemento, me encuentro en YouTube con una pequeña joya del cine experimental estadounidense rodado en 1966 por la cineasta Mary Ellen Bute (1906-1983). Espero que una y otro les resulten interesantes. Y sean felices, por favor, que los tiempos están difíciles. Tamaragua, amigos. HArendt














miércoles, 29 de noviembre de 2023

De quitarle el sonido a los informativos

 






Hay quien sigue los informativos quitando el sonido
FERRAN MONEGAL
29 NOV 2023 - El Periódico - harendt.blogspot.com

Otra vez Carles Puigdemont ha conseguido animar algunos informativos de la tele. Quizá ‘excitar’ sería un calificativo más conveniente. Al parecer acaba de mantener una conversación con Manfred Weber, líder del PP europeo.
Le ha planteado votar con el PP una moción de censura contra Sánchez, o derribarle los Presupuestos, caso de que sus conversaciones en Suiza con el PSOE no avancen en el tema del referéndum y en el reconocimiento de Catalunya como nación. En el ‘TN migdia’ de TV3, y en el ‘Telediario 15h.’ de La 1 de TVE, este asunto no ha merecido ni un comentario, ni un segundo de tiempo. Es probable que estas dos cadenas públicas consideren el asunto una especulación sin ninguna trascendencia. O puede que sea solo una estrategia del todavía habitante de Waterloo para hacerse notar, y calentar la reunión que va a tener en Suiza, seguramente el sábado, con el PSOE y el equipo de verificadores.
No es reprochable que TVE y TV3 hayan pasado olímpicamente del tema. Parece en efecto un calambre táctico momentáneo. Como pacto político parece inverosímil. Pero los que sí le han dedicado una atención bárbara han sido los del imperio Atresmedia. En ‘Al Rojo Vivo’ (La Sexta) había excitación. Dieron gran visibilidad a este posible o imposible pacto con el PP. Hicieron incluso ingeniosas viñetas a toda pantalla, dibujando a Puigdemont como aquellas inquietantes criaturas que mueven los hilos y que aparecían en los cómics de terror. Quizá hubiera sido mejor plasmarlo como jugador de billar en busca de más carambolas de suerte. En cualquier caso, en ‘Al Rojo Vivo’ dieron amplio minutaje al tema. Poco después, en ‘A-3 Noticias 15h,’ la atención sobre Puigdemont fue ‘in crescendo’. Resaltaban sobre todo que lo que este asunto demuestra es la fragilidad de Sánchez y su Gobierno. Es decir, el foco en la Moncloa y no tanto en Waterloo. ¡Ah! Es su línea habitual, sin novedad en el frente. Sobre la posible reunión en Suiza advirtieron: «Todo apunta que los verificadores serán d e la organización ‘Henry Dunant’ de Ginebra», añadiendo un peculiar recordatorio: «Estos ya intermediaron en el final de ETA».
En ‘Ilustres ignorantes’ (M+) le han preguntado al humorista Javier Cansado qué opina de los informativos de la tele. Ha contestado: «Los veo quitando el sonido. Ya sé lo que van a decir todos». Ferran Monegal es periodista.












Del Feijoo que se queda borroso

 






Feijóo se queda borroso
PABLO ORDAZ
29 NOV 2023 - El País - harendt.blogspot.com

El 16 de noviembre, a la una y cuarto de la tarde, Alberto Núñez Feijóo empezó a quedarse borroso. Solo unos segundos después de que la presidenta del Congreso leyera el resultado de la votación de investidura, Pedro Sánchez se puso de pie en el escaño, se giró para recibir el aplauso de los diputados socialistas y les dedicó el suyo. Al mismo tiempo, el presidente del PP recogió sus papeles, los metió en una carpeta azul y se dirigió lentamente, con la mano derecha metida en el bolsillo del pantalón, hacia el lugar donde Sánchez estaba siendo aclamado. Se paró y esperó. Sería cosa de un par de segundos, pero a Claudio Álvarez, fotógrafo de este periódico, le dio tiempo para escribir, de un solo disparo, la crónica más certera, el editorial más afinado.
En primer término, Sánchez, feliz y enfocado; detrás, ya entre las brumas de la derrota, Feijóo, y un poco más allá, bajando de sus escaños, una cascada desenfocada de ministros y ministras que ya no lo serán y que, en las vísperas de unas elecciones que daban por ganadas, llegaron en algunos casos a actuar como si lo fueran. ¿Cuántos “juro por mi conciencia y honor” se quedaron para siempre en un ensayo frente al espejo?
Ahora, entre hoy y mañana, Núñez Feijóo tiene que terminar de perfilar su nuevo equipo al frente del PP y de oposición al Gobierno. A través del talante de los elegidos —de los que ya se han filtrado algunos nombres— se podrá inferir qué planes tiene Feijóo para sí mismo, si quiere verse retratado como un dirigente moderado, capaz de sobreponerse a la frustración de la derrota o si, por el contrario, prefiere continuar con una deriva peligrosa para sí mismo y para los demás, la de quien va por los bares diciendo que él es el presidente legítimo mientras que es otro el que sale en el televisor presidiendo el Consejo de Ministros.
Basta darse un paseo por la antigua Twitter —esa red social que la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, define como un “arma de destrucción masiva de la democracia”— para ver qué tipo de traje de líder de la oposición puede elegir Feijóo según las tendencias en su propio partido. Si dejamos a un lado los que son presidentes por los pelos o por los votos de Vox, nos quedamos con dos perfiles bien distintos. Uno es el que refleja este tuit del presidente andaluz, Juan Manuel Moreno:
—El #AcuerdoPorDoñana es bueno para #Andalucía, para España, para el Parque Nacional y para su entorno. Cuando todos buscamos el interés general, siempre se puede llegar a acuerdos. Los muros no son buenos.
Moreno acompaña el tuit con un vídeo de la firma del acuerdo en Doñana con la vicepresidenta Teresa Ribera.
El siguiente tuit es de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid:
—¿Cómo se define al político que siempre se pone del lado de los terroristas: Bildu, los CDR, Hamás...?
La foto que acompaña a la pregunta es de Pedro Sánchez junto al primer ministro belga.
Hace un par de días, un lector escribió una carta a la directora muy breve, pero tan atinada como la foto de Claudio Álvarez. Se titula El que pueda hacer, que haga, y enumera una serie de cuestiones vitales —el precio de los alimentos y de la vivienda, el cuidado de las personas dependientes, la lucha contra la violencia machista— en las que, quien tenga capacidad para hacerlo, debería presionar al Gobierno para que se ponga a la tarea. Feijóo puede optar por eso —una oposición dura, eficaz, constructiva, pegada a los problemas de la gente— o unirse al coro de Díaz Ayuso y luego ir de bar en bar, contando a quien lo quiera escuchar que Sánchez es un terrorista y que el verdadero presidente es él. Pablo Ordaz es analista político.










De la vacuidad

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles. Mi propuesta de lectura para hoy, de la periodista Carla Mascia, va de la vacuidad. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com












Protagonistas a toda costa
CARLA MASCIA
25 NOV 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Nunca es agradable ver reaparecer el nombre del pederasta Gabriel Matzneff en las tendencias de X en Francia. El hombre que abusó de la escritora francesa Vanessa Springora cuando ella tenía solo 14 años y él 50, aprovechando la complacencia ante la pedofilia de un ambiente intelectual y una sociedad burguesa enferma que confundía libertad sexual con agredir sexualmente a niños, como queda retratado en El consentimiento o en La familia grande de Camille Kouchner, vuelve a ser noticia. Acaba de ser acusado por otra mujer de haberla violado cuando era pequeña en los años ochenta. El padre de esta mujer, un íntimo de Matzneff, cuya carrera y escritos veneraba, se la “ofreció”, literalmente. Los abusos tuvieron lugar en un palacete de la familia en el pijísimo distrito séptimo de París. Empezaron cuando ella tenía 4 años y terminaron cuando cumplió 13.
Convertido hoy en lo que tendría que haber sido siempre, un paria de las letras —si es que las hazañas sexuales de un enfermo mental fueron algún día algo parecido a una obra literaria—, y obligado a sus 87 años a vivir casi recluido en un estudio de alquiler social de 30 metros cuadrados en el barrio latino de París por miedo a ser linchado —sin duda hay parias que viven mucho peor—, Maztneff ha llevado la abominación a niveles difícilmente superables. Recuerdo la incomodidad que sentí al leer el testimonio de Springora. Por momentos tenía que cerrar el libro para encajar lo que describe. Hace poco sentí lo mismo con otra bomba literaria, Triste neige, de Neige Sinno, abusada por su abuelo cuando era una niña, y no pude ir más allá de las 10 primeras páginas. Lo retomaré, pero lo que quiero decir es que no son lecturas agradables, y suelen dejarle a uno bastante tocado, a veces durante días. En Francia, estos libros han marcado un antes y un después, han permitido que la palabra se libere y que termine la impunidad de la que gozaron tantos años ilustres pederastas como Maztneff.
Por eso, me llamó la atención que unas semanas atrás, al poco de estrenarse la adaptación cinematográfica del libro en los cines franceses, se pusiera de moda en TikTok entre los adolescentes la frivolidad de filmarse a uno mismo antes y después de ver la película para, se supone, remarcar el impacto emocional que provoca el ver en pantalla a un pederasta abusar de su víctima. Los vídeos, a cual más ridículo y vacuo, son una especie de concurso de la aflicción impostada, con sus autores poniendo caritas y morritos o colocándose bien el pelo, más preocupados por salir guapos en cámara que por el mensaje de la obra.
El hashtag #LeConsentement fue compartido más de 30 millones de veces y, al cabo de una semana, el número de espectadores se triplicó, asegurando el éxito de la película. El productor de la cinta interpretó el fenómeno como “la prueba de que la juventud francesa también levanta el puño cuando se abordan temas que le concierne”, lo que me pareció completamente delirante: ¿será que no hemos visto los mismos vídeos? Entiendo que para un productor el tirón comercial es fundamental, pero de ahí a felicitarse de que un tema tan grave, puesto en palabras con tanta inteligencia y sutileza por Springora y que destruye cada año la vida de 160.000 niños en Francia, sea tratado desde la superficialidad más absoluta me parece una pena. Como también me entristece que muchos chavales ya solo dediquen el día a transformar cualquier cosa que viven en una herramienta de su comunicación personal, movidos por una necesidad casi patológica de protagonismo, incluso cuando disfrutan de una obra cultural. Con lo bonito que es ir al cine y olvidarse de uno mismo el tiempo de una película.
































[ARCHIVO DEL BLOG] Política sin culpa. [Publicada el 17/07/2017]











A los representantes públicos no les vendría mal la autorreflexión y el orgullo que caracterizan a periodistas y filósofos para desmontar falsos mitos, dice Manuel Cruz, catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona, portavoz del PSOE en la Comisión de Educación del Congreso de los Diputados, y autor del libro El ojo de halcón (Barcelona, ARPA, 2017), en un reciente artículo en El País.
Que los periodistas hablan mucho de sí mismos es cosa sabida, comienza diciendo. Hasta el punto de que tal vez quepa afirmar que constituyen uno de los colectivos profesionales más autorreferenciales. No es lo más relevante ahora entrar a comentar en profundidad los términos en que lo hacen. Baste con decir en general que suelen ser unos términos elogiosos, en los que se destaca la importancia de su actividad para la buena salud crítica de la ciudadanía, la trascendental función social de su tarea para un correcto funcionamiento de la democracia, etc. No obstante, valdrá la pena puntualizar que esos mismos lectores a menudo no parecen valorar de manera tan inequívoca a dicho colectivo, si atendemos a los comentarios críticos que resulta fácil escuchar por la calle respecto a “los periodistas”, en los que es frecuente que se les reproche su tendenciosidad, o se cuestione su genuino interés por la verdad, su subordinación a los dictados de la empresa a la que pertenecen, etcétera.
Alguien podrá contraargumentar que otros colectivos hacen lo propio. Los filósofos —por mencionar uno que me resulta francamente familiar— hablan mucho de sí mismos, sobre todo en los últimos tiempos. La clara percepción de que su disciplina está en peligro, tanto en nuestro país como en otros de nuestro entorno, es en gran medida la responsable de dicha reacción. Pero resultaría engañoso ubicar en esta particular y contingente circunstancia la única razón de la querencia de la filosofía a tomarse como objeto. En realidad, la razón más importante es constituyente, fundacional: la filosofía es un saber que tiene como una de sus características estructurales reflexionar sobre sí. La autorreferencialidad en su caso forma parte de su misma definición, cosa que no ocurre, obviamente, con el periodismo. Aunque habría que añadir a renglón seguido que, al igual que sucede con los periodistas, la percepción que de los filósofos a menudo se tiene en la sociedad —sumariamente: como personas que viven encerradas en su propia burbuja especulativa, ajenas por completo a lo que sucede en el mundo real— no es tan entusiasta como la que los susodichos tienen de sí mismos.
Pero tal vez el colectivo más anómalo desde el punto de vista que estamos considerando sea el de los políticos. Por lo pronto, en este caso la distinción entre ellos y su actividad tiene una importancia mucho mayor que en los colectivos anteriores. Porque no cabe afirmar que quienes más hablan de la política sean precisamente sus propios protagonistas, los políticos. En realidad, de la política en cuanto tal tratan mucho más los politólogos o los analistas políticos que los representantes de la ciudadanía. Incluso, sin temor alguno a la exageración, podría afirmarse que los políticos hablan poco de sí mismos, igual que no se prodigan haciendo consideraciones sobre la política en general.
Probablemente una de las razones de este silencio tenga que ver con la naturaleza misma del grupo. Aunque se haya convertido en habitual el rótulo “los políticos” (a veces también denominados “los políticos profesionales”), como si constituyeran un colectivo nítidamente identificable, formado por personas que permanecen en el ámbito público prácticamente toda su vida, la cosa está lejos de ser así. Tal vez resulte de utilidad a este respecto un simple dato. Alguien me comentaba que existe una asociación de exdiputados de la democracia, que bien podría servir como un universo representativo de la totalidad de los parlamentarios que ha habido en este país en los últimos 40 años. Pues bien, la mitad de sus miembros solo duraron en el escaño una legislatura y, del resto, la mayoría solo prolongó su vida parlamentaria una legislatura más. Como se ve, una realidad algo diferente de la imagen de los políticos atornillados al escaño o al cargo durante casi toda su vida laboral.
No se pretende con tales datos tender un manto de comprensiva benevolencia sobre este grupo ni, menos aún, indultar a quienes efectivamente pueden haberse profesionalizado en la política, en el peor sentido de la expresión “profesionalizarse”, sino llamar la atención sobre la peculiar naturaleza del colectivo, en gran medida de aluvión y, en todo caso, muy alejada de la consistencia interna que desde fuera se le suele atribuir. Un colega filósofo muy cercano, aterrizado recientemente en las tareas parlamentarias, me comentaba, con divertido estupor, que la formación política por cuyas listas se había presentado a las últimas elecciones había procedido a reescribir su página de Wikipedia, pasando a definirle como “filósofo y político”, como si hubiera adquirido esa nueva condición ontológica de un día para otro, por el mero hecho de haber sido elegido.
Si la anécdota —de apariencia trivial, reconocía mi colega— resultaba significativa es porque coincidía con una sensibilidad que también había detectado en amplios sectores de la sociedad. Y, para ilustrar esto, me refería como anécdota de refuerzo, una reunión, a escasas semanas de haber empezado a ejercer como diputado, en la que el representante de una ONG (¡a la que él mismo había pertenecido en el pasado reciente!) había procedido a increparle, atribuyéndole todos los rasgos peyorativos con los que habitualmente se caracteriza a “los políticos” (tacticismo, ausencia de principios, desinterés por los problemas reales de los ciudadanos, exclusiva atención a los cálculos partidarios más electoralistas...). “Tuve la impresión —continuaba contándome— de que se había producido en mí, sin que yo me hubiera enterado, algo parecido a la transubstanciación eucarística de la que nos hablaban los curas de nuestra infancia. Y de la misma forma que se nos decía que el pan y el vino se convertían durante el sacramento de la comunión en el cuerpo y la sangre de Cristo, así también terminé por pensar que, con la toma de posesión del escaño, debía haberse producido en mí una transformación en mi sustancia de la que todo el mundo parecía ser consciente menos yo mismo”.
Esta real heterogeneidad de un colectivo tenido desde fuera por homogéneo permite explicar en gran medida su efectiva impotencia para dar cuenta de su propia práctica, para elaborar un mínimo discurso (más allá de los cuatro tópicos de ordenanza sobre el servicio público) que consiga tematizar el sentido profundo que para sus protagonistas posee la actividad política y, en idéntica medida, sea capaz de dar respuesta a los ataques que esa misma política viene recibiendo últimamente desde diversos frentes. Porque no cabe olvidar el nuevo frente crítico que, desde dentro, parece habérsele abierto a la práctica política institucional. Flaco favor le hacen no solo a la dignidad sino a la propia eficacia de las instituciones quienes, tras haber afirmado con triunfal insistencia que solo cuando ellos fueron elegidos entró por fin el pueblo en las mismas (como si los votos obtenidos por otras fuerzas políticas procedieran de unos extraterrestres), ahora se dedican a repetir que lo que realmente importa no es el poco lucido trabajo institucional, sino lo que sucede en la calle. Se diría que a la prisa por entrar le ha seguido, a la vista de su insolvencia parlamentaria, la urgencia por salir.
Considerado lo cual, podríamos concluir, todo lo provisionalmente que haga falta, que tal vez no les vendría mal a nuestros políticos algo del orgullo autorreferencial de los periodistas y buena dosis del empecinamiento autorreflexivo de los filósofos. En todo caso, siempre sería mejor opción que la vergüenza culpable que en ocasiones parece atenazar a algunos de nuestros representantes públicos por el mero hecho de serlo, y la ausencia de discurso acerca del sentido último de su actividad en el que unos cuantos de ellos parecen encontrarse muy a gusto. En definitiva, puestos a buscar un eslogan que sustanciara lo que se echa a faltar en este colectivo, acaso se podría proponer el siguiente: menos voluntad de poder y más voluntad de entender. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












martes, 28 de noviembre de 2023

Del árbol más grande

 






Mi árbol es más grande
DAVID TRUEBA 
28 NOV 2023 - El País - harendt.blogspot.com

El famoso artículo de Larra, en torno a la rutina oficial del Vuelva usted mañana, lo convirtió en un inmortal de nuestras letras. Si es que hay algo inmortal en este mundo, incluso nuestras letras. Afianzó lo que llegaría a convertirse en un género periodístico que al día de hoy persiste con fuerte demanda: el articulismo de opinión. Con los años, ese aspecto de denuncia cabal y algo populista que encumbró a Larra, se transformaría por arte de birlibirloque en un género de autor, demasiado pendiente de las monerías de un yo inabarcable y que tocaría el cielo con la impostura, vacua en contenido pero florida en lo estiloso, de un Umbral. Los demás, a pedales, avanzamos por la cuesta convencidos de que la vida consiste en zurrarse en el ring hasta que suene la campana. Uno de los lujos del articulista es que algunos ciudadanos se acercan a ti como si pudieras solventarles los asuntos que les acucian. Que, todo hay que decirlo, no son nunca las grandes palabras ni las enormes trifulcas del territorio político, sino las cuitas cotidianas, ese asunto que se escribe con minúsculas y que nunca aparece en ninguna pancarta.

En los últimos meses mucha gente nos comenta la desidia tremenda con que los trata la Administración. Ya no es aquel Vuelva usted mañana de los tiempos de Larra, sino algo mucho más sutil pero igualmente denigrante: no tiene usted número, visite nuestra web, sin cita no podemos atenderle. Después de la pandemia y aquel confinamiento que ya todos los valientes de la cacerola han olvidado, se dejaron impuestas unas normas que perturban mucho la atención ciudadana. Apenas hay ventanillas disponibles con un humano al otro lado y se extiende la exigencia de ventilar la burocracia a través del móvil o el ordenador. Quienes tienen que resolver los trámites administrativos, solicitar un cambio de residencia, una gestión puntual o atención médica caen en la desesperación. Ya no existe la recepción cercana salvo en esforzados y voluntariosos profesionales que extralimitan sus funciones y por más que se publicitan teléfonos de ayuda pocas veces ofrecen respuesta. La concesión de cita es casi una lotería, que se divide en tramos por horas y para cuyo manejo estás obligado a convertirte en ingeniero informático y monje cartujo al mismo tiempo.
La pregunta que nos hacemos es por qué la política se ha convertido en esta amalgama algo amorfa de discursos tremendistas que tiñen de ideología hasta el parte meteorológico, donde se habla de golpe de Estado, de traición a la patria y de fin del mundo, pero sin embargo nadie se ocupa de la gestión del padrón, del desperdicio de agua, de la pobreza sistémica y del abandono de parques y jardines. La política local, que es la gloria bendita de nuestro sistema, ha emprendido una carrera hacia la soflama grandilocuente. Es cierto que el electorado está tan infantilizado que mis queridos niños festejan el árbol de Navidad más grande y luminoso con un orgullo de conquista social sin precedentes. Nos conformaríamos con ver solución a los baches, el alcantarillado, el arbolado de verdad (no el de plástico) o la entrega de la mísera ayuda a la dependencia. De verdad, no nos hace falta que resuelvan el mundo, con que se pongan al teléfono y nos den una cita en tiempo racional ya nos daríamos por felices. David Trueba es cineasta.










Del toga party

 






Toga ‘party’
VÍCTOR LAPUENTE
28 NOV 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Dicen que hay dos tipos de países, aquellos donde la gente normal no sabe el nombre de un solo juez (y la justicia funciona como un reloj suizo) y aquellos donde los magistrados son conocidos (y la justicia es vista como un reloj de sol en un día nublado). Pero España es un caso aparte. No es que tengamos, como en el pasado, algún juez-estrella (tipo Baltasar Garzón), sino que la lista de famosos de la judicatura y la fiscalía supera a las del fútbol o la prensa rosa.
Y desatan más pasiones. ¿Qué te provocan estos nombres? 1) Manuel García-Castellón, 2) Cándido Conde-Pumpido, 3) Manuel Marchena, 4) Dolores Delgado, 5) Pablo Llarena, 6) Fernando Grande-Marlaska. Probablemente, un carrusel de emociones en función de si son “pares” o “impares”. Si en un futuro te los encontraras en un tribunal, todos tratarían tu caso con imparcialidad, pero a unos los ves sesgados y a otros neutrales. Y es que los españoles tenemos una de las peores valoraciones de la independencia judicial de toda la UE.
Nuestro problema no es el lawfare o sesgo conservador en la judicatura, sino un politicofare que no entiende de ideologías. La raíz es un sistema de nombramientos judiciales que, empezando por el Consejo General del Poder Judicial, ha ido agriándose con los años.
Nuestro problema no es estar lejos del modelo ideal europeo que, para la elección del CGPJ, reclama un reparto más equitativo entre vocales elegidos por los jueces y por los políticos; sino que, en lugar de acercarnos a él, nos estamos distanciando. Como señala la experta Gisela Hernández, España tenía un sistema homologable con los estándares europeos en los años 80, pero reformas progresivas ―tirando de mayorías absolutas― tanto del PSOE como del PP han ido aumentando el peso de la lealtad política como criterio de relevancia para que un juez tenga una carrera profesional de éxito.
Nuestro problema no es tampoco de políticos contra jueces. Nos insisten en que hay que elegir entre politización (lo llaman “democratización”) o corporativismo judicial. Más bien al contrario, el poder de las asociaciones de jueces ha crecido de la mano de la politización. Son dos caras de la misma moneda: el poder del grupo. Lo contrario es el poder de la persona, de los jueces y fiscales que no quieren depender (tanto) de estructuras grupales. Los que no desean participar en la toga party. VictorLapuente es politólogo.