En el baloncesto, antes de sofisticarse, había una jugada que consistía en barrer la zona de ataque para que el más dotado se lanzara en solitario a la canasta. Era algo así como el servicio colectivo para la jugada individual. Pues en la política también se practica algo similar. Los que rodean a Alberto Núñez Feijóo han decidido que ha llegado la hora de que se juegue a solas la canasta definitiva. Esta impaciencia por hacerse con el Gobierno de la nación, cuando se disfruta de la gran mayoría de gobiernos autonómicos, provoca una perversa sensación de debilidad en el líder de la oposición. Lo chocante ha sido que en un momento en que la crisis por el precio de la vivienda se ha alzado como el gran problema de los españoles, especialmente los jóvenes, la dialéctica le haya empujado hacia postular los derechos registrales del concebido no nacido. Y por si faltaba ironía al asunto, resulta que coincide con la crítica algo errática contra la regularización de inmigrantes, una medida demandada por los empresarios, que son quienes piden cubrir sus necesidades de mano de obra.
La derecha ha decidido inhibirse en el problema de la vivienda, para el que sigue repitiendo que lo mejor es no hacer nada, pero vete a saber por qué le entra un deseo irrefrenable de solucionar el problema de inquilinato que tiene el concebido no nacido ya en el vientre de su madre. El poder se erige una vez más en autoridad sobre lo que concierne a la intimidad de la mujer. Bajo ningún concepto los hombres tolerarían que se legislara sobre sus decisiones reproductivas y he aquí el agravio más significativo que sigue humillando a la mujer. Por supuesto, los que han leído a fondo la reforma legislativa que plantea la derecha se han dado cuenta de que tan solo es una ayuda para acelerar la contabilidad de las familias numerosas. Se adelanta nueve meses el reconocimiento del derecho a ver rebajado los billetes de tren y avión y la matrícula escolar y alguna otra de las pocas ventajas de las que gozan.
Sin embargo, en el terreno simbólico, todas las mujeres han entendido que conceder un registro al concebido no nacido lo que hace es ampliar los márgenes para llegado el momento prohibir, como lo estuvo antaño, cualquier legislación que permita el aborto en las primeras semanas de gestación. Menos importancia se le ha dado a la picaresca que desencadenará, pues se registra a alguien que hasta nueve meses después no está forzado a comparecer en persona. Y además al drama de perder un hijo en la gestación de manera involuntaria, algo que sucede demasiado habitualmente, pues el ser humano es un mamífero de fertilidad frágil, se le añade ahora el tener que reiniciar los trámites para borrar del registro al nasciturus perdido. Todo esto es un dislate cargado de ideología. La misma que lleva años pervirtiendo la justificación racional en la que se apoya cualquier legislación sobre el aborto. Que consiste en asumir que el aborto existe y se practica aunque se persiga y se empuje a la ilegalidad. La mujer, sin una ley, es forzada a salir del país o someterse a intervenciones sin garantías, furtivas y con enorme riesgo para su salud. No se legisla para incitar al aborto, sino para regular lo que de otra manera se practica en los márgenes y la indignidad. La derecha siempre ha tenido un problema con los derechos de las mujeres, pero conviene averiguar a quién tratan de engañar ahora con esta pamema registral. David Trueba es cineasta. 14 de julio de 2026.


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