Hablaba con mi amiga del duelo, y de lo difícil que es acompañarlo cuando no es el tuyo. Cómo consolar a un amigo, o a un compañero de un pérdida inconsolable cuando eres parte de su vida pero no de su intimidad. Cómo transmitir calor y una disponibilidad genuina sin imponer también una empatía pegajosa, proyectando fantasmas propios sobre su experiencia, ahogándola de buenas intenciones, y un poco de vanidad. En contra de lo que dicen los libros, el amor no es suficiente. Consolar es un talento que no se enseña en clase y, quizá por eso, casi nadie lo practica bien.
Cabalgamos precariamente entre la imposición y el abandono. Unos dicen “estoy para lo que necesites” y se esfuman para siempre, delegando la responsabilidad del cuidado sobre el que más lo necesita, sabiendo que la oferta jamás será reclamada pero habiendo dejado nota de su falsa predisposición. La decepción es el precio que pagamos por saber quiénes son. Luego están esas personas que se plantan sin invitación en la puerta de los huérfanos recién nacidos con tuppers de compota y guisos de lentejas para ver cómo están y hacer las preguntas de rigor.
La intuición es buena pero en la ejecución se cometen delitos que añaden agravio a la pena y revelan una intención que trasciende el cuidado. Hay formas de enviar comida, cestas de fruta y flores sin imponer nuestra presencia en una casa demasiado pronto. Las visitas inesperadas de amigos y vecinas son bienvenidas cuando uno convalece de gripe, se ha roto un ligamento o sufre una pérdida amorosa. Pero no cuando la pérdida es literal porque uno no quiere recomponerse ni distraerse de eso. Hace falta tiempo y espacio para comprender lo perdido antes de saber dejar ir.
Quizá lo más difícil y lo más deseable es aprender a convivir con el duelo ajeno sin juzgar las herramientas que otros escogen para salir adelante, tanto si se han entregado a una curiosidad minuciosa sobre el proceso de descomposición del cuerpo amado como si han elegido abrazar creencias que nos parecen delirantes, pasando por estar perfectamente y no querer llorar. El duelo nunca es limpio, ni sensato, pero nuestro acompañamiento casi siempre quiere serlo, y soñamos vanidosamente con empujar el dolor por las cinco fases como si fueran cinco pantallas de un videojuego que, con nuestra inestimable ayuda, acaba en coreografía de delfines y música de namastés.
La escritora chino estadounidense Yiyun Li describe en un ensayo el momento inimaginable en que un policía le anuncia la muerte de su segundo hijo. Increíblemente, no ocurre por primera vez. Su primer hijo se ha suicidado seis años antes, no muy lejos de allí. En lugar de llorar o perder los papeles, ella observa que el policía: “Hizo todo lo posible por evitar cualquier referencia al suicidio, repitiendo una y otra vez las palabras ‘no podemos decir más por el momento’, ‘investigación en curso’ y ‘la escena del crimen”. Luego añade: “Es una verdad incómoda que no puedo evitar observar y notar cosas incluso en los momentos más terribles”.
¿Es una verdad incómoda o una estrategia de supervivencia? En los últimos años, he aprendido que el análisis minucioso de una realidad trágica es una clase más de disociación. Y aquí estoy yo, segura de que entiendo el dolor de una madre que ha perdido sus dos hijos, con mi empatía pegajosa, proyectando mi experiencia, tan considerada. Tan llena de buena intención. Marta Peirano es escritora. El País, 13 de julio de 2026.


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