sábado, 18 de julio de 2026

DEL ASUNTO DEL DÍA. UN SÁBADO DE JULIO, POR PILAR MERA. 18 DE JULIO DE 2026. EN EL 90º ANIVERSARIO DEL INICIO DE LA GUERRA CIVIL






Era un sábado de julio caluroso. 39º en Córdoba, 10º en León. Vientos moderados y mar en calma. Para la mayoría, el 18 de julio de 1936 empezó como un sábado cualquiera de verano: un día laborable, de limpieza general, de mercado, de cine, de juegos, de verbenas, de citas y bailes arrebatados. Mi abuela Pilar, maestra en la parroquia viguesa de Alcabre, había quedado con sus amigas para ir a las fiestas de Bouzas. Mi abuelo Arturo, maestro en un pueblo de Lugo, había salido de excursión por el monte. A ella los guardias la mandaron de vuelta a casa, sin fiesta ni baile, “por lo que estaba pasando”. Él bajó del monte, supo que lo buscaban y tuvo que huir sin despedidas. Mi abuela Maruja era muy niña, pero tenía una escena grabada. Su padre la llevaba de la mano mientras le pedía que no contase a nadie lo de aquel hombre asustado que huía ni que sabían dónde se escondía. Con seis años supo guardar el secreto tan bien como luego contar historias. Las suyas y las del abuelo Roberto.

Hace noventa años, un golpe contra el Gobierno legítimo partió en dos el mapa. No triunfó ni fracasó. Se convirtió en guerra y la guerra propició la revolución que los conspiradores decían querer evitar y de la que ni ellos veían atisbos previos. No fue un golpe improvisado ni lo desencadenó el asesinato de Calvo Sotelo, quien participó en su preparación. Fue la última de las conspiraciones contra la República, presentes desde 1931 e impulsadas por quienes rechazaban sus cambios y querían volver atrás. Ni tibieza ni piedad fue la consigna de los rebeldes. Por eso, con la guerra y la dictadura, España perdió como país y como sociedad. Casi todos salieron perdiendo, aunque perdieron más quienes perdieron la guerra. Y no todos fueron culpables, porque no se puede igualar a quienes se sublevaron contra la democracia con quienes ejercían el poder de manera legítima dentro del sistema democrático entonces vigente.

Recordar el golpe y la guerra no es nostalgia ni venganza. Es un acto de lealtad y justicia con quienes nos precedieron y un ejercicio de pedagogía para el presente. El 18 de julio de 2021 escribí en este periódico que no estaba mal “recordar que los rivales no son personajes, sino personas, que los derechos civiles y políticos que disfrutamos son tesoros valiosos que se pueden desgastar y que los actos y las palabras tienen consecuencias, para bien y para mal.” Cinco años después me desazona pensar que lo de “enterrar la pólvora y apostar por construir” parece un poco más lejos. Quizás por ello todavía sea más necesario decirlo y, sobre todo, practicarlo. Pilar Mera es politóloga. El País, 14 de julio de 2026.











 





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