viernes, 17 de julio de 2026

DEL ASUNTO DEL DÍA. LAS GUERRAS DE NUESTROS ANTEPASADOS, POR GUTMARO GÓMEZ BRAVO. 17 DE JULIO DE 2026

 






No había día que no volviera la bruma ni noche que no sintiera los gritos de la sima. De tanto sufrir, como casi toda su quinta, dejó de soñar. Al menos podía escribir. “Las guerras de nuestros antepasados son cada vez más”, afirmaba en 1975 Miguel Delibes, que aún no había podido librarse de ese peso. Tampoco pudieron mis padres, la siguiente generación, nacida en los contornos del conflicto. Heredaron el silencio como marca y estigma más visible. Por más que mirasen al cielo, sus desnutridos cuerpos de niños no se separaban del suelo. Había que olvidar, vivir pegado a los días porque la guerra civil podía volver o continuar, quien sabe. El miedo, su función principal durante la dictadura, tampoco faltó a su cita en la Transición. Aquel recuerdo oficial, hecho de granito y olvido, fue cediendo por su propio peso hasta quedar enterrado bajo la arena de las playas y de los adoquines. El tiempo, a pesar de todo, no se detuvo aquel verano de 1936 y el salto, del tecnicolor a la era digital, es hoy abismal. La mayor parte de mis alumnos o mis propios hijos, no tienen una transmisión directa, ni en su propio entorno ni en el educativo, de la Guerra Civil española. Acceden a través de internet, donde las guerras de nuestros antepasados “molan” cada vez más. Aunque el objetivo último sea captar su atención, la lógica ha cambiado. Se cumplen noventa años del comienzo del hecho histórico más importante del siglo XX español, una guerra que ha pasado a ser, sobre todo, cultural.

El primer cambio, aunque nos duela reconocerlo, es el de un mundo en el que los historiadores hemos dejado de ser los intérpretes del pasado. La historia se escribe o adapta en función del presente, no es nada nuevo. Sin embargo, a diferencia de otras épocas, la nuestra tiene la capacidad de modificarla a la carta, ampliando el sesgo de confirmación, de manera cotidiana y constante, a través de las redes sociales. Una situación que contrasta con el nivel alcanzado en investigación y con la aparición de nuevos materiales, desde la desclasificación de archivos, a un impresionante despliegue en fondos fotográficos y grabaciones inéditas, nacionales e internacionales. Tampoco esto es casual. La Guerra Civil española representa un imaginario muy determinado, en un conflicto visual que se sitúa en el centro de una disputa global por el pasado. Un fenómeno que Timothy Snyder llama “políticas de la eternidad” y que forma parte del uso de la memoria como arma geopolítica. Un recurso que ya activara Rusia en la invasión de Ucrania, que Israel ha intensificado a través de la instrumentalización del Holocausto o que también está detrás de la apelación de los Estados Unidos a la doctrina Monroe para definir su política de seguridad. En esta guerra hibrida, de nueva generación, tiene tanto peso el pasado y la identidad nacional como la inteligencia artificial. Los drones conviven con estrechas trincheras decimonónicas y los satélites de nueva era con la desinformación más brutal. La diferencia está en el enorme potencial atractivo que son capaces de generar.

El lenguaje de la guerra actual es el de los videojuegos. Usan la ficción, buscan la distracción, navegan por la superficie del pasado como un decorado, una forma de diversión. De este modo, tiene mucha mayor validez un vídeo, un documental o una serie, que un libro de historia. Las plataformas educativas hace tiempo que adoptan sus contenidos a este formato en el que el estudiante va pasando una serie de pantallas que componen la historia de España, desde Atapuerca hasta hoy. La guerra civil aparece como el fruto final de esta evolución lineal, interna, muy apartada de cualquier contexto europeo o mundial y queda, en particular, fuera de la crisis de entreguerras que tuvo uno de sus puntos álgidos entre 1936-1939. Sigue siendo un icono vivo de la identidad nacional que se inserta realmente bien en la guerra cultural. La disputa está en su uso político, en movilizar a través de un mensaje dirigido, especialmente, a un segmento de edad que vota por primera vez.

El odio crece, en medio de esta constante utilización partidista, encuentra su reflejo en un espejo deformado y lo seguirá haciendo hasta que no consigamos desactivar la maquinaria de mentiras que sigue envolviendo la Guerra Civil. Porque, ante todo, significó el mayor de los fracasos, la imposición de la muerte en toda su extensión. Una violencia masiva que no fue única ni tuvo una sola dirección. La misma que recorrió Europa para limpiar, fijar, apropiarse del territorio y de los bienes de los otros, con plena cobertura pública y legal. Un horror que, en nuestro caso, no terminamos de comprender porque seguimos sin mirar ahí. Julián Marias, que tampoco logró quitarse nunca ese peso, ya lo advirtió en 1980 cuando escribió ¿Cómo pudo ocurrir?. La cuestión vital, para un filósofo que vivió la experiencia de la guerra en primera persona, seguía siendo explicar cómo una sociedad pudo llegar a una situación semejante. Noventa años después, con mucha más distancia y conocimiento acumulado, seguimos sin tener las respuestas. Ese no es el problema porque las causas profundas de los conflictos tardan mucho más en aflorar. La cuestión es que miramos para otro lado. Seleccionamos sus efectos en función del presente, seguimos transmitiendo la historia por su final, proyectándola hacia una nueva generación que consume esa misma versión fijada nueve décadas atrás. La responsabilidad no es de ellos ni solo es de internet. Esta visión retrospectiva, tradicional, no solo franquista, se ha prolongado hasta hoy gracias a la resistencia por entender la guerra desde cualquier otro prisma que no sea el ideológico. Una historia de buenos y malos, traidores y mártires, víctimas y perpetradores, de unos territorios sobre otros…. Es una radiografía de la España actual, no de la de ayer. Mientras tanto, la mayoría de las familias siguen sin saber qué pasó con sus antepasados, cómo vivieron, donde estuvieron o que les ocurrió después de la guerra. La documentación de los archivos, no solo la reservada, en muchos casos, es inaccesible; es necesario un cambio para que la gente pueda acercarse a ellos y ver con sus propios ojos los expedientes de sus familiares. La digitalización ofrece nuevas y mayores posibilidades para salir de este laberinto de emociones y memorias enfrentadas que sobrevuela todavía nuestra historia reciente.

Por eso es tan importante que tratemos de explicar y divulgar con rigor para desactivar este y otros usos que han generalizado un rechazo a comprender nuestro pasado reciente. Hay que desterrar, en primer lugar, esa idea de anomalía histórica que solo sirve a la lectura identitaria del pasado. La guerra empezó y terminó internacionalmente, insertándonos de lleno en la Segunda Guerra Mundial. Para comprender este proceso, hay que situarse en el origen, en la gestación y el final de una guerra civil que duró mil días. Entre el golpe y la victoria oficial, se alumbra el comienzo de una nueva era que tuvo un alto grado de diseño y planificación estratégica. En esa larga e imprecisa hora, entre el crepúsculo y el amanecer, todas las decisiones impactaron de lleno sobre la población civil. Treinta y dos meses, en los que hubo múltiples intentos de mediación, rendición y reconciliación, que fueron borrados inmediatamente. La Guerra Civil, en definitiva, no tuvo ninguna épica ni fue inevitable. Fue una pesadilla que podría haber terminado mucho antes y de otro modo. No mola. Es hora de terminar con su utilización, política, partidista y mirar, pasar a su comprensión. Gutmaro Gómez Bravo es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid. Su último libro es Cómo terminó la Guerra Civil Española (Crítica). El País, 16 de julio de 2026.




















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