viernes, 17 de julio de 2026

ESPECIAL 1 DE HOY. LA GUERRA CULTURAL ESPAÑOLA, POR JULIÁN CASANOVA. 17 DE JULIO DE 2026

 





Las malas políticas de la Segunda República, el odio y la violencia de la izquierda, fueron las principales responsables de causar la Guerra Civil española. El general Franco y sus compañeros de armas salieron legítimamente al rescate de la patria con una sublevación militar. Lo que siguió fue una locura colectiva, con crímenes reprobables en los dos bandos en lucha. Todos perdieron la guerra, todos fueron víctimas, y pasados los peores años de hambre y sufrimiento, Franco se convirtió en el gran modernizador de España en el siglo XX.

El párrafo anterior resume el relato de los vencedores elaborado durante la larga dictadura y que ha rebrotado con vigor en los últimos años en algunos espacios públicos, instituciones políticas, medios de comunicación y redes sociales.

Tras la muerte de Franco, en los años de la transición a la democracia, el “pacto de olvido” se convirtió en una estrategia pragmática de la política para facilitar la reconciliación. El término “trauma colectivo” se utilizó para envolver en la misma categoría a todas las manifestaciones de violencia y barbarie, para igualar a todas las víctimas.

Examinar con precisión ese pasado oculto fue tarea casi exclusiva de un variado grupo de historiadores que revelaron nuevas fuentes, discutieron sobre las diferentes formas de interpretarlas y abrieron el debate a la comparación con lo que había ocurrido en otras sociedades. Esas investigaciones, difundidas en círculos universitarios, en congresos científicos, libros y revistas especializadas, modificaron y enriquecieron sustancialmente el conocimiento de ese largo periodo de la historia contemporánea de España, pero sus tesis y conclusiones no llegaban a un público amplio.

Esa indiferencia política y social hacia la causa de las víctimas de la represión franquista comenzó a cambiar desde mediados de los años noventa, con una reorientación desde el modelo del “olvido”, de sellar el pasado infame, hacia el “recuerdo”. Coincidió ese cambio con la importancia que en el plano internacional iban adquiriendo los debates sobre los derechos humanos y las memorias de guerras y dictaduras. Una parte de la sociedad civil comenzó a movilizarse, se crearon asociaciones para la recuperación de la memoria histórica, se abrieron fosas en busca de los muertos que nunca fueron registrados y los descendientes de los asesinados por los franquistas se preguntaron qué había pasado, por qué esa historia de muerte y humillación se había ocultado y quiénes habían sido los verdugos.

Las acciones para que esas víctimas tuvieran un reconocimiento público y una reparación moral encontraron, sin embargo, muchos obstáculos. Lo que había sido imposible en Europa antes de 1989, la aparición de posiciones ultranacionalistas y neofascistas, ganó fuerza después de que el fin del comunismo fuera presentado como la muerte de todas las ideologías izquierdistas que derivaban del pensamiento de la Ilustración. El juego de “equiparación” de responsabilidades de víctimas del fascismo y del comunismo ha dominado desde entonces la mayoría de las representaciones sobre el siglo XX divulgadas en los medios de comunicación y ha sacado a la luz una clara confrontación entre las narraciones y los análisis de los historiadores y los usos políticos y recuerdos.

En España, los relatos y las memorias de la Guerra Civil y de la dictadura se han manifestado en un campo de batalla cultural y político, de apropiación de símbolos, con disputas sobre calles, memoriales y monumentos, con el Valle de los Caídos y la exhumación de Franco, hecha realidad el 24 de octubre de 2019, en el centro de la disputa. Franco estuvo allí 44 años, como símbolo poderoso e intacto de la interpretación de los vencedores de la Guerra Civil y de la dictadura.

Los recuerdos y conmemoraciones de pasados difíciles y violentos plantean enormes desafíos a los historiadores que intentamos diferenciar entre historia y memoria, entre conocimiento documentado y subjetividad. Al contrario que las luchas heroicas, los triunfos militares o las celebraciones de la grandeza patriótica, los pasados sucios o infames se perciben divisivos y perjudiciales para la imagen oficial o mitología de la nación.

El crecimiento de Vox y el apoyo del Partido Popular a la derogación de las leyes de memoria democrática han cuestionado la gran renovación historiográfica que se ha producido en las últimas décadas sobre la Guerra Civil española: las versiones de los vencedores, amos y señores de la historia durante la dictadura, quedaron desmontadas y desfasadas y surgió una nueva interpretación de la historia plural y diversa, fiel con las fuentes, que trataba de indagar los hechos más relevantes y de construir relatos con los principales actores que habían sido despreciados o denigrados por los ideólogos del franquismo.

Lo que hemos intentando muchos historiadores es ofrecer una variedad caleidoscópica de lecturas sobre ese pasado incómodo. Porque dentro de esa guerra civil hubo varias y diferentes contiendas. En primer lugar, un conflicto militar, iniciado cuando el golpe de Estado enterró las soluciones políticas y puso en su lugar las armas. Fue también una guerra de clases, entre diferentes concepciones del orden social; una guerra de religión, entre el catolicismo y el anticlericalismo; una guerra en torno a la idea de la patria y de la nación, y una guerra de ideas, de credos que estaban entonces en pugna en el escenario internacional. Una guerra imposible de reducir a un conflicto entre comunismo o fascismo o entre fascismo y democracia. En la Guerra Civil española cristalizaron, en suma, batallas universales dirimidas en un marco internacional desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del totalitarismo.

España comenzó los años treinta con una República y acabó la década sumida en una dictadura fascista. Bastaron tres años de guerra para que la sociedad española padeciera una oleada de violencia y de desprecio por la vida del otro sin precedentes. Por mucho que se hable de la violencia que precedió a la Guerra Civil, para tratar de justificar su estallido, está claro que en la historia del siglo XX español hubo un antes y un después del golpe de Estado de julio de 1936. Y fue a partir de ese momento, y no antes, cuando se sucedieron, en grado sumo, todas las manifestaciones de violencia que había conocido Europa desde la Primera Guerra Mundial: la revolucionaria, contrarrevolucionaria, paramilitar, fascista/nacionalista, la de los asesinatos masivos, sobre todo en la retaguardia, y la de bombardeos sobre poblaciones civiles. De todas ellas, la violencia más específica y peculiar —en un país donde no había judíos ni conflictos territoriales o étnicos— fue la derivada de la conversión de la guerra en cruzada religiosa y del odio anticlerical.

La guerra como escenario de brutalización fue la que facilitó a Franco el abanico de opciones para pasar de militar prominente a Generalísimo y Caudillo indiscutible. “La Guerra Civil no es una cosa artificial”, declaró en agosto de 1938. “Es la coronación de un proceso histórico, es la lucha de la Patria con la antipatria, de la unidad con la secesión, de la moral con el crimen, del espíritu contra el materialismo, y no tiene otra solución que el triunfo de los principios puros y eternos sobre los bastardos y antiespañoles”. Era el resumen preciso de las razones para levantarse en armas en julio de 1936 y un claro aviso de lo que esperaba a los derrotados en esa maniquea batalla.

Fue la Guerra Civil la escuela del fascismo en España, la que señaló a Franco y sus generales la gloria del poder, la despiadada forma de gobernar, la gestión de ese pasado de muerte y liberación como parte de la grandeza nacional. Desde entonces hasta el final de su vida el Caudillo disfrutó de la plenitud de poderes sin control institucional y sin límites a su autoridad, solo responsable “ante Dios y ante la Historia”.

Noventa años después, la Guerra Civil puede y debe debatirse, con muchas voces y colores. Se trata de explicarla, no de enfrentar la memoria de los unos a la de los otros. Y responder ante los bulos y la propaganda con estudios que aúnen el rigor empírico con el análisis, difundidos en los medios y enseñados en las aulas. Julián Casanova es autor de España partida en dos. Breve historia de la Guerra Civil española (Crítica). El País, 17 de julio de 2026.

























No hay comentarios: