sábado, 18 de julio de 2026

DEL CAFÉ DE SOBREMESA. SUEÑO DE UNA NOCHE DE MUNDIAL, POR IGNACIO PEYRÓ. 18 DE JULIO DE 2026







Una manera de contar la Historia de España —no la más alentadora— pasa por enumerar todo aquello a lo que hemos llegado tarde, ya sea la industrialización, el capitalismo, los derechos civiles o la cocina japonesa. Algunas veces hemos caído incluso en la sobrecompensación: ¿no hemos sido un país aislado? Pues bien: hoy pasmamos a la prensa extranjera con la cantidad de banderas europeas que somos capaces de poner. Con el deporte ha ocurrido algo parecido. Durante mucho tiempo, el deporte, como los inventos, era algo que hacían ellos. El gentleman lo practicaba, un hidalgo no: con su traslación del honor al divertimento, el deporte antiguo resultaba del todo ajeno a sus códigos.

Pero el deporte siempre ha sido más que deporte. Ahí está el célebre apócrifo de Wellington, según el cual la batalla de Waterloo comenzó a ganarse en las canchas del colegio de Eton. Con sus reglas y sus exigencias, el deporte educaba el carácter, lo que iba a abrir amplias posibilidades a las pedagogías más crueles. En la Inglaterra liberal, Thomas Arnold, director de la Escuela Rugby, legaría a su país un deporte y también un tipo de hombre diseñado como recrío del Imperio. En la Italia fascista, la obsesión física del Duce le llevó, como escribe Maurizio Serra, a “hacer del propio cuerpo un arma de propaganda”, en tanto que la gimnasia, como “fábrica del Hombre Nuevo”, se iba a generalizar por la fuerza entre las gentes. Poco extraña que en España, donde la pedagoga era la Iglesia, todo esto oliera a protestante o a pagano, porque efectivamente lo era. Y salvo la cremita alfonsina que jugaba al tenis cuando aún se escribía tennis, nuestros deportes iban a ser de esos en los que el mayor esfuerzo recae sobre el otro: la caza, la pesca y, más por marcialidad que por pijerío, el caballo. En fin: Mussolini mostraba sus pectorales en las fotos; Franco solo mostraba sus atunes.

Una particularidad española está en el escultismo patrio, que sirvió literalmente para todas las pedagogías: para el nacionalismo catalán, para los Exploradores de España de la Restauración monárquica, para la OJE del Movimiento y para los paseos krausistas de la Institución Libre de Enseñanza. Otra excepción está en los clubes: en un país de tejido cívico escaso, que Real Madrid y Barcelona sean asociaciones privadas solo se explica porque los socios ponen las entidades en manos —véase Florentino— de un conducator poderoso. Como fuere, cuando en 1961 se instaura la educación física en las aulas, el atraso es evidente: sudar, más que un lujo, seguía siendo un derivado de la siega. Así, a falta de escuela, tuvimos que recurrir, como en la literatura y el arte, a la figura del pájaro solitario: Bahamontes —justamente llamado “el águila de Toledo”—, el saturnino Luis Ocaña, aquel Severiano Ballesteros que entró en el mundo anglosajón como un bandolero irresistible. Solo en 1984, con el baloncesto de Los Ángeles, comienza a cambiar el tópico por el que los españoles éramos esos locos bajitos, con el pecho más poblado que una alfombra de Alcaraz. La proteína barata y la sociedad de consumo tenían su efecto.

Un problema de la épica, con todo, es su cercanía al ridículo, y el fútbol, con nuestros camachos, juanitos y demás empecinados, nos tuvo durante décadas a dieta de pathos: hubo un tiempo en que la leyenda estaba tan barata que ya bastaba con clasificarse en los minutos de la agonía ante Irlanda del Norte. Luego está el heroísmo martirial que más nos gusta: la noche oscura de Arconada, Luis Enrique como un eccehomo, nuestra decadencia y caída ante Corea. Mucha honra, en definitiva, para tan pocos barcos. En un país acostumbrado a medir su autoestima por sus fracasos, animar a la selección requería de la moral de Manolo el del Bombo, quien, según tengo entendido, era de no lejos de Alcoy. Por supuesto, habíamos ganado una Eurocopa con el gol de Marcelino, “a pase de Pereda, constituido de extremo”, pero una Eurocopa es algo que le puede ocurrir hasta a Grecia o Dinamarca. Ni siquiera teníamos una leyenda negra contra la que consolarnos: simplemente, amábamos más al fútbol de lo que él parecía amarnos. Todo cambió en los cuartos de final de 2008: ganar a Italia, país tan favorecido en el rasca y gana de la Historia, en los penaltis.

El fútbol siempre tiene que ver con el pasado. Ya hay generaciones para las que oír hablar de “la maldición de cuartos” es como oír hablar del “desastre de Cuba”. Les envidio la infancia feliz, ese sedimento aristocrático que da a la vida saberse ganadores y que mi generación —1980— no tuvo. Del Mundial de 2010 también empieza a hacer ya mucho tiempo, lo suficiente para sentirnos elegíacos al recordar el waka-waka, el pulpo, la vuvuzela, Iker y Sara, el jabulani. Durante mucho tiempo pensé que ganar un Mundial era lo que necesitaba la autoestima nacional, más aún al jugar con un imperio sereno que poco tenía que ver con aquella “furia española” tan cargante. Que las victorias han sido políticamente indiferentes se demostró bien pronto: España jugó la final un 11 de julio; la manifestación por la sentencia del Estatut, comienzo de tantas cosas, fue el día 10. Es posible que la presencia de la bandera sí se haya normalizado, tanto como el júbilo del indepe cada vez que España perdió. Para la autoestima quizá haya que esperar a ganar Eurovisión. O a que crezca esa bendita generación para la que el orden natural de las cosas no pasa necesariamente por perder. Ignacio Peyró es escritor. El País, 17 de julio de 2026.























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