Este martes 14 de julio, el día en que la República francesa celebra su nacimiento, veintiséis franceses saltarán al césped de Dallas para enfrentarse a España en una semifinal de la Copa del Mundo. Veintiséis franceses. Por lo visto, hay que recordarlo.
Porque un expresidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, creyó oportuno escribir, en una columna publicada el viernes, que Francia alineaba una plantilla “de altísimo nivel, eso sí, sin franceses”. 23 de esos veintiséis jugadores nacieron en Francia; los otros tres son franceses. Lo escrito no es, pues, solo odioso: es falso. Unos días antes, una senadora paraguaya comparaba a Kylian Mbappé con un animal; una vicegobernadora argentina se burlaba del “equipo africano, sin modales”. Tres cargos electos, tres continentes, una semana. No son deslices. Es una doctrina.
A esa doctrina la conocemos bien. En junio de 1996, Jean-Marie Le Pen consideraba “artificial traer a jugadores extranjeros y hablar de selección de Francia”. Era entonces un paria de la vida política europea; sus palabras provocaban un escándalo. Treinta años después, las encontramos bajo la pluma de un hombre que gobernó uno de los grandes países de la Unión Europea, publicadas tranquilamente, sin disculpa, sin rectificación. El veneno no ha cambiado. Es el dique el que ha cedido.
¿Qué dice ese veneno? Que existirían dos categorías de franceses: los que nunca tienen nada que demostrar y aquellos a quienes siempre se les pedirán los papeles. Franceses hasta el pitido final, extranjeros desde el penalti fallado: esa es la lógica de quienes no soportan que un francés pueda tener un rostro distinto del que ellos decidieron imaginar. Y se nos explicará que solo era humor, una ocurrencia. No. Una broma que les retira la nacionalidad a veintiséis franceses ya no es una broma. Es una ideología que avanza sonriendo.
Pero esto es lo que el señor Rajoy no vio, o no quiso ver: su lógica descalifica también a la Roja. ¿Qué hace con Lamine Yamal, hijo de padre marroquí y de madre ecuatoguineana, que llevará el martes sobre sus hombros las esperanzas de toda España? ¿Con Nico Williams, hijo de ghaneses que lo atravesaron todo para ofrecer un futuro a sus hijos? ¿Con Robin Le Normand, nacido en Bretaña y español por elección, campeón de Europa con su camiseta? Si la selección de Francia no es francesa, entonces la España que levantó la Eurocopa de 2024 no es española. Puestos a elegir entre absurdos, que juzgue el lector. España, por lo demás, conoce este veneno desde dentro y lo combate: los insultos contra Vinícius Júnior obligaron a todos a mirarse en el espejo, y la justicia española dictó las primeras condenas por racismo en un estadio. Nuestros dos países libran la misma batalla.
Francia, por su parte, ha respondido con el derecho: la Fiscalía de París ha abierto una investigación, porque entre nosotros el racismo no es una opinión sino un delito. Y el presidente de la Federación Francesa de Fútbol recordó que nuestros jugadores no tienen que recibir de nadie ningún certificado de nacionalidad.
Nadie lo tiene. Ni siquiera yo. Nunca me ha gustado hablar “en calidad de”: hago política como republicana, no como embajadora de mis orígenes. Pero el señor Rajoy me obliga. Nací en Rabat —como el padre de Lamine Yamal nació en Marruecos—. Llegué a Francia a los diecisiete años, para estudiar. Ese país me lo ha dado todo, y hoy lo sirvo como primera teniente de alcalde de su capital. Mi abuelo marroquí, por su parte, sirvió en el ejército francés durante la Segunda Guerra Mundial, como cientos de miles de hombres venidos de África a quienes nadie exigía un certificado de francesidad a la hora de liberar Europa. Aquellos a los que llaman “no del todo franceses” han salvado a Francia más de una vez.
Porque eso es ser francés —y quiero creer que eso es también ser español—. Una nación no es una etnia, ni un pedigrí, ni una carta de colores. Es una promesa política: un contrato que cada uno firma con lo que da, no con lo que hereda. Se puede pertenecer a una nación por la sangre recibida o por la sangre derramada, por nacimiento o por elección; nunca se pertenece a ella por el color. Eso es lo que hace de nuestras naciones algo más que tribus, y eso es precisamente lo que los nacionalistas de todos los países no les perdonan.
Que nadie se equivoque de adversario, sin embargo. El mío no es España, gran país amigo. El señor Rajoy escribe, por cierto, que no le gustan “ni los diablos ni los rojos”. Permítame recordarle que los primeros soldados que entraron en el París insurrecto, la noche del 24 de agosto de 1944, eran precisamente “rojos” españoles: la Nueve, aquellos republicanos exiliados de la 2ª División Blindada del general Leclerc cuyos vehículos se llamaban Madrid, Teruel, Guadalajara. París les dedicó un jardín, no lejos de mi despacho del Ayuntamiento. Los “rojos” que no le gustan al señor Rajoy liberaron la ciudad de la que hoy soy representante electa.
El adversario es una internacional reaccionaria que, de Madrid a Mendoza pasando por Asunción, recicla la misma obsesión racial y pone a prueba, partido tras partido, lo que nuestras democracias están dispuestas a tolerar. A esa internacional del odio debe responder una internacional de la dignidad. No me corresponde a mí decirle al partido del señor Rajoy lo que debe hacer; le corresponde a la España democrática decir si esa frase habla en su nombre. Que la FIFA, tan rápida a la hora de sancionar un tifo, se dote por fin de un protocolo contra el racismo cuando este viene de las tribunas oficiales. Que Europa deje de considerar la banalización racista como una opinión más.
El martes por la noche, en Dallas, se enfrentarán dos grandes naciones: dos equipos que se parecen mucho más de lo que los nacionalistas de ambas orillas querrán admitir jamás, herederos ambos de historias que no necesitaron ser puras para ser grandes. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, encontró las palabras justas, y las hago mías para terminar: que gane el mejor y que pierda el racismo. Lamia El Aaraje es primera teniente de alcalde del ayuntamiento de París. El País, 14 de julio de 2026.
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