jueves, 16 de julio de 2026

DEL ASUNTO DEL DÍA. ¿HASTA CUÁNDO SEGUIREMOS HABLANDO DE LA GUERRA CIVIL? POR JOSÉ ANDRÉS ROJO Y NICOLÁS SESMA. 16 DE JULIO DE 2026

 







El sábado 18 se cumplen 90 años de la sublevación del Ejército de Marruecos que buscaba derrocar al Gobierno del Frente Popular. El levantamiento no triunfó en todo el país, y se desencadenó así una guerra que duraría casi tres años y en la que morirían cientos de miles de españoles (en combate o ejecutados por los distintos bandos), forzando al exilio a otros tantos y empobreciendo al país durante décadas. La dictadura franquista terminó oficialmente con la aprobación de la Constitución de 1978, pero esos tres años siguen omnipresentes en la vida pública española. José Andrés Rojo y Nicolás Sesma dan sus visiones del por qué de esa vigencia.


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El peligro de las memorias sin fisuras, por José Andrés Rojo

El problema de tener una Guerra Civil a las espaldas es que nunca desaparece la tentación de servirse de sus cuitas para utilizarlas en las batallas del presente. Hay como una superstición que todos aceptan, y es la de la continuidad: entender como algo incuestionable que existen unos vínculos —de parentesco, de clase, sentimentales, de costumbres y hábitos, de forma de ver de ver la vida— que te conectan con lo que viene de atrás, que se aceptan como si fueran parte de la naturaleza de las cosas y que resultan útiles para construir una identidad, y una memoria compartida. Pero es que la propia idea de identidad es cuestionable; a poco que se rasque, nunca los mojones que te hacen ser como eres son estables como una roca, siempre existen fallas, no cuadran los fragmentos, hay agujeros en la narración que cada uno se hace de sí mismo. Y todavía resulta más extraño hablar de memoria compartida: la memoria siempre es individual, solo se puede recordar lo que se ha vivido (e incluso ahí se inventa, se olvidan o difuminan detalles, se exagera, se miente).

El pasado de una guerra civil está lleno de aristas que siempre duelen porque remite a un enfrentamiento a muerte —y, además, entre hermanos—, y el final del conflicto, como sucede en todas partes, le da las riendas al que ha vencido para establecer el relato de lo sucedido, para imponerlo. Como ocurre durante los procesos de socialización —ese amasijo de lecciones y ceremoniales y rituales por el que pasan los adolescentes y luego los jóvenes para convertirse finalmente en lo que van a ser como personas maduras—, tras una guerra se produce algo semejante, el aprendizaje de lo que resulta obligado saber sobre lo ocurrido y la forzada interiorización de unas pautas para no convertirse en un paria en el orden que construye el vencedor.

En el caso español, el final de la guerra trajo una dictadura que procuró borrar lo que quedaba del vencido: sus ideas y sus proyectos y, lo que es peor, también sus cuerpos y sus vidas. Y construyó, de paso, un peculiar artefacto de intervención sobre el pasado en el que mezcló su interpretación de los hechos con una llamada a los afectos y a las emociones de los suyos, teñida de heroísmo y levantada además sobre un concepto militar con resonancias religiosas que limaba cualquier desviación: la Cruzada. Es muy probable que las distintas sensibilidades que colaboraron en el triunfo de los militares rebeldes no encontraran cabal acomodo en esa narración, pero estaban dentro de la llamada Victoria y ya les iba bien no complicarse la vida. Pero seguro que conservadores, falangistas de todo tipo, monárquicos, carlistas, tradicionalistas, las distintas corrientes de la propia Iglesia, algunos militares y, en fin, todos los demás no terminaran de recordarse exactamente de esa manera.

Por lo que toca a los perdedores, y precisamente por perder, enseguida se disputaron la manera de contarse la guerra, y con frecuencia se tiraron sus relatos unos contra otros para exigir responsabilidades a los demás por la derrota y limitar las propias. Republicanos, socialistas, comunistas, trotskistas, anarquistas, nacionalistas —vascos, catalanes, gallegos—, liberales, militares leales, progresistas más o menos despistados, incluso católicos y etcétera. La guerra fue muy distinta para cada grupo (lo fue para cada español) y, además, hubo muchas guerras dentro de la Guerra Civil, el pasado es también complejo, se escapa, la aparición de nuevos documentos lo transforma. Una y otra vez.

Y, sin embargo, esa complejidad no suele aparecer cuando se tira del pasado para librar las batallas del presente. La Guerra Civil está tan lejos que cada cual se siente autorizado a creer que el relato que sirve es siempre el de los suyos, el de aquellos con los que establece una continuidad que nadie puede discutir. Todavía más en tiempos polarizados y con redes sociales. La historia como disciplina ayuda a no irse por las ramas —hubo un golpe de Estado, se hicieron barbaridades en ambos bandos, la represión de los vencedores fue inclemente, los vencidos no siempre supieron entenderse y se pelearon entre ellos...—, pero en la construcción (política siempre) de una memoria democrática hace falta vacunarse de cualquier identidad que se presenta sin fisuras. José Andrés Rojo es autor de Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets).


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Las luces y las sombras, por Nicolás Sesma

El próximo mes de septiembre se estrenará en las salas españolas la película Les Rayons et les Ombres (aproximadamente, Las luces y las sombras) del director Xavier Giannoli. Su estreno en Francia hace algunos meses levantó una notable tormenta mediática, con debates apasionados sobre el retrato que ofrecía de los colaboracionistas con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, juzgado como excesivamente comprensivo por una parte de la audiencia.

Nada nuevo, en realidad, pues el país vecino lleva ochenta años discutiendo sobre la naturaleza del enfrentamiento civil provocado por la instauración de la dictadura de Pétain, así como sobre la mejor manera de transmitir sus consecuencias a la opinión pública. Todo ello con implicaciones que llegan hasta nuestros días. Algunas evidentes, como el hecho de que sus herederos ideológicos se encuentren a las puertas del poder, al menos si nos atenemos a las encuestas para las próximas elecciones presidenciales. Otras más sorprendentes, como la desesperación del alcalde de Vichy después de que, tras años de solicitudes en sentido contrario, la reciente reválida de historia volviera a identificar a su localidad con este régimen político. Más vale que se arme de paciencia porque, por retomar el título de una célebre obra académica, Vichy es un pasado que nunca pasa. Una circunstancia que algunos comentaristas políticos juzgan como una especificidad francesa, un ejercicio inútil de autoflagelación que impide avanzar hacia el futuro.

Sin embargo, la obsesión por el pasado está lejos de ser una pasión exclusiva de los irreductibles galos. Cualquier búsqueda despistada por el catálogo de cualquier plataforma audiovisual ofrecerá una pasmosa cantidad de series y largometrajes sobre la guerra civil irlandesa, la ocupación y la colaboración en Noruega o Dinamarca y, sobre todo, la Guerra de Secesión americana. Si de verdad creen que solo en España se publica ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!,, prueben en los Estados Unidos. No hay personaje y batalla a la que no hayan consagrado decenas de ensayos, ficciones y, sobre todo, unas recreaciones cuyos participantes se toman sus papeles muy en serio. Allí también persisten algunas fracturas, incluidas las territoriales, pues en el Sur se mantenían hasta hace pocos años numerosos monumentos a los defensores del esclavismo. También hasta tiempos recientes el Gobierno federal tenía claras, no obstante, algunas directrices. Nada que objetar a la rememoración en círculos familiares, pero ningún veterano confederado, por haberse levantado en armas contra un gobierno legítimo, podía ser enterrado en Arlington. Estaría bien haberlo recordado cuando algún indocumentado con master en liderazgo propuso con vehemencia convertir el Valle de Cuelgamuros en un cementerio nacional según el modelo norteamericano.

Absolutamente todos los países que han sufrido de un pasado traumático —o sea, todos— reflexionan sobre su historia. En estas condiciones, ¿cómo no vamos a continuar recordando, estudiando y debatiendo nuestra propia guerra civil? Lo excepcional sería no hacerlo. Eso sí que convertiría a España en diferente. La historia es una parte importante de lo que somos, de cómo nos percibimos y de la imagen que deseamos transmitir, pero la historia nacional no es un menú del que podamos seleccionar tan solo aquello que nos reconforta, debemos estudiar tanto las luces como las sombras.

Unas sombras que, por añadidura, se proyectan también fácilmente hasta la actualidad: el litigio sobre la propiedad del palacete de la avenida Marceau de París, la devolución al Monasterio de Santa María de Sijena de las pinturas conservadas en el MNAC, el retorno a España de la Dama de Elche y del Guernica y cuál debe ser su lugar de exhibición, todas estas cuestiones son consecuencias sin resolver de nuestra guerra civil. En lugar de continuar atizando con ellas el enfrentamiento entre los ciudadanos y los agravios territoriales, nos vendría bien tomar algo de perspectiva y afrontarlas en un debate más amplio sobre el conflicto y cómo gestionar su memoria y sus repercusiones. Y de hacerlo con apasionamiento, ciertamente, pero siempre con respeto, prestando atención a la pluralidad de las interpretaciones –que las hay, y desde hace mucho tiempo– y con espíritu de concordia.

Concordia, sí, una hermosa palabra de la que, como tantas otras, está apoderándose la neolengua de la extrema derecha, capaz de convertir su prioridad excluyente en prioridad nacional. Por ello resulta imprescindible conocer su verdadero significado histórico, que nace precisamente en Francia, cuando la recién instaurada monarquía de Luis Felipe de Orleans permitió, tras dos décadas de negativa borbónica, la exhumación del cuerpo de Napoleón y su retorno desde el exilio, para ser enterrado con el respeto debido a cualquier conciudadano. Un verdadero acto de reconciliación sellado con la denominación de la plaza que da paso a los Campos Elíseos. Nicolás Sesma es historiador y autor de Ni una, ni grande, ni libre. La dictadura franquista (Crítica). El País, 15 de julio de 2026.
























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