Cuenta la leyenda que los autónomos no se ponen enfermos. Solo que no es una leyenda. Su presidente, Lorenzo Amor, dice que las bajas entre autónomos se han reducido los últimos siete años mientras que se duplican entre asalariados. Desde el 2019, he tenido una hernia discal cuyo dolor insoportable duró meses, covid y alguna gripe. He trabajado temblando de fiebre y hasta arriba de corticoides porque las prestaciones son tan irrisorias que no podía permitirme dejar de facturar. Antes trabajé incluso cuando, tras un ataque de ansiedad, una psiquiatra de urgencias en el hospital Sant Pau me recetó ansiolíticos y terapia, e insistió en que fuera al médico de cabecera para que me diera la baja (esto último no lo hice).
No sé cómo habría actuado en el caso de ser asalariada. De todos modos, mi ejemplo es nimio en comparación con el de amigos míos que siguieron trabajando durante la quimioterapia, angustiados por lo que implicaba una reducción en sus ingresos. La desprotección es total. Decir que el absentismo es un cáncer y proponer recortar el sueldo a quien está de baja es no tener ni idea de cómo funcionan las cosas y además es ruin. Sobre todo cuando, cada año, 110.000 personas en edad laboral son diagnosticadas de un tumor, y una de cada cuatro con cáncer pierde su trabajo.
Pero Núñez Feijóo no se ha pegado un tiro en el pie. Prueba de ello es que Díaz Ayuso diga que tiene más razón que un santo. Forma parte de la estrategia –llámese trumpista, llámese ayusista– de soltarla muy gorda para envenenar las instituciones y las políticas, cuestionando los derechos conquistados. Es un discurso puramente ideológico en el que se desprecia al trabajador y se deshumaniza. En vez de exigir más recursos públicos para solventar el problema –más profesionales de la salud, mejores condiciones laborales– se crea un recelo hacia el asalariado que beneficia al empresario, quien se verá legitimado para tomar medidas abusivas.
Lo burdo forma parte del sálvese quien pueda, de criminalizar al vulnerable y premiar a quien saca tajada; vale más pisar que ser pisoteado, hay que proteger el privilegio. Ahora puede sonar tosco, pero nos acostumbraremos y lo normalizaremos, como aceptamos que los autónomos nunca enferman. Si alguien se queja, diremos que ya está otra vez lloriqueando y pasaremos a otro tema. Llucia Ramis es escritora. La Vanguardia, 12 de julio de 2026.


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