“Mete tripita”, me dijo el fotógrafo con la mejor de sus intenciones, esas que adoquinan el camino al infierno. Me negué: mi tripa soy yo. Ante mi obstinación, el fotógrafo se aplicó lo de Mahoma y la montaña y ensayó varios ángulos aberrantes hasta que encontró uno (él, medio subido a un árbol, buscando un contrapicado) en el que no se me notaba la tripa. Mira qué flaco sales, proclamó, satisfecho. Le di las gracias por la liposucción radical que acababa de hacerle a mi imagen, pero por dentro me sentí traicionado, como si me hubiesen secuestrado y despertara de una anestesia con un riñón menos.
Estar gordo conlleva ciertas ventajas que los flacos que dominan el mundo no disfrutan. Una barriga simplifica mucho el angustioso arte de vivir. Los gordos tenemos una explicación para todas las cosas malas que nos pasan. En las cuestiones de salud, por supuesto: si te duelen los huesos, te dicen que es porque estás gordo; si te fatigas más, te dicen que es porque estás gordo; si roncas y duermes mal, te insisten en que estás gordo. Si andas deprimido es porque estás gordo. Si te devora la ansiedad o te angustia tu trabajo, deberías adelgazar. Si tu pareja se divorcia de ti o tus hijos no quieren que los vean en público contigo es porque estás gordo. Si no te dan ese trabajo o no consigues ese ascenso o no te conceden ese premio es porque los puestos buenos son para gente con un peso ideal y que va al gimnasio, además de pagar la cuota. Un gordo no fracasa porque ni siquiera compite.
Los grandotes o tiarrones —eufemismos aceptables— somos comprensibles. Los flacos pueden ser cualquier cosa. Un gordo solo puede ser un gordo. Ocupamos mucho espacio en el encuadre de la foto, pero la imagen que generamos es unívoca: la gente solo ve a un tío gordo. Un flaco, en cambio, es un enigma digno del más oscuro de los filósofos. Nadie alcanza a sondear las profundidades del alma de un adicto al Ozempic o de un corredor de maratones. Más que nuestras tripas, envidian nuestras mentes simples, donde el azúcar no deja sitio para las tribulaciones.
Si todos nuestros problemas desaparecerían con dieta y disciplina atlética, ¿por qué no nos sometemos a ese régimen? En mi caso, porque sospecho que casi todas las angustias e incertidumbres del vivir persistirán aunque adelgace, con la agravante de que ya no podré echarle la culpa a mi grasa abdominal. En un mundo con tanta gente perdida, los gordos cumplimos una función social: transmitimos la ilusión de que la vida tiene arreglo. Sergio del Molino es escritor. El País, 15 de julio de 2026.


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