martes, 20 de febrero de 2024

De animales, dioses e idiotas

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes. El mito del triunfador hecho a sí mismo, comenta en El País la escritora Irene Vallejo, es irreal, porque la historia nos enseña que todo avance solitario es en realidad solidario. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com







Animales, dioses, idiotas
IRENE VALLEJO
11 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Érase una vez una niña que estaba sola en el mundo. He olvidado el resto del cuento, pero recuerdo el terror contenido en esa frase. Con literalidad infantil, me imaginé a mí misma en un planeta vacío bajo las heladas estrellas. Más que ningún otro relato de miedo, la imagen de ese páramo y de ese desamparo nutrió las pesadillas de mi niñez. Tal vez el temor al abandono alimenta la necesidad universal de pertenecer a un grupo, a un equipo, a un partido, a una familia sanguínea o elegida. Nos mueve el anhelo febril de adhesiones. Incluso las rebeldías, conspiraciones y nihilismos buscan el calor de un clan disidente. Cuanto más incomprendido sea el rasgo compartido, más une. Hasta las redes sociales, que nos enjaulan en una rutilante burbuja, nos seducen al prometernos una ilimitada posibilidad de encuentro. Porque la buena compañía nos nutre. La palabra proviene del latín cumpanis, que significaba “compartir el pan”. Uno de nuestros apetitos más hondos es ser aceptados y convidados, hacer buenas migas con quienes nos rodean. Necesitamos confiar en otros, y que confíen en nosotros. Aunque ese orgullo de pertenencia desate más pasión que compasión.
Al amparo de la democracia ateniense, Aristóteles definió a los humanos como seres sociales, animales cívicos inseparables de las redes de afectos, vínculos, intercambios, solidaridades y sueños compartidos que nos anudan y sostienen. En su Política, argumentó que un individuo no logra ser feliz en una ciudad infeliz: las penalidades de tus vecinos son también tu desgracia. “Quien es incapaz de vivir en comunidad o quien nada necesita por su propia suficiencia no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios”. El ideal de independencia y arrogante autonomía puede ofrecer una vida divina o fiera, pero en todo caso inhumana. También había sombras en la comunidad imaginada por Aristóteles; las mujeres y esclavos quedaban excluidos de la ciudadanía. Sin embargo, un mensaje poderoso late en sus palabras: todos los seres humanos somos políticos, y no solo los profesionales del gremio parlamentario.
Loables o detestables, las decisiones del poder nos afectan siempre. Quizá por eso, los griegos llamaban ‘idiota’ —cuya raíz significa “propio”— a quienes se desentendían de los asuntos públicos, pendientes solo de sus intereses particulares. En tiempos de sobresalto, la política se vuelve sospechosa y las sociedades se fragmentan en archipiélagos de esfuerzos aislados, privados —de aliento colectivo— y desconfiados. En esos momentos, cuando se ignora lo que nos anuda y abundan los idiotas, suben al poder quienes se las saben todas.
En uno de los más famosos diálogos de Platón, el filósofo Protágoras —portavoz intelectual de aquella joven democracia— se pregunta cómo logramos convivir en sociedad, pese a los conflictos y los exabruptos. Para explicarlo, cuenta un mito donde las ideas respiran, tienen carne, músculo y rostro. Cuando los dioses crearon el mundo, encargaron a dos titanes, Prometeo y Epimeteo, distribuir dones entre la multitud de seres vivos. Y, ay, el atolondrado Epimeteo —cuyo nombre significa “el que actúa primero y piensa después”— insistió en ocuparse a solas del reparto; como todos los grandes incompetentes, estaba muy seguro de sí mismo. Empezó por los animales: a unos dio garras y dientes afilados; a los más débiles, velocidad para huir o un hábil camuflaje. Sin embargo, olvidó reservar un regalo para la especie humana. Ahí quedamos, inermes, torpes, sin alas ni aletas, patilargos, cabezones, vulnerables… una calamidad. Para resolver el desastre, Prometeo robó del cielo la chispa del fuego y así aprendimos a encender hogueras. Apiadándose de nuestra especie desvalida, el dios Zeus nos regaló la justicia y el sentido político. Protegidos de la oscuridad y el frío por ambos dones –el fuego y la palabra que une–, inauguramos las veladas en torno al círculo hospitalario de luz para contar cuentos, coser y cantar, crear comunidad. Al amor de la lumbre, incluso antes de inventar las mesas, la humanidad practicó las sobremesas.
De esa manera, aunque seamos débiles por separado, nos hicimos fuertes al colaborar. No tenemos zarpas, pezuñas, aguijones o caparazones, pero aprendimos a tejer sociedades. Solos valemos poco, nuestra verdadera ventaja competitiva es el talento para cooperar. La filósofa María Zambrano nos definía como “soledades en convivencia”. En Persona y democracia reclamó “una sociedad humanizada donde lograr que la historia no se comporte como una antigua deidad que exige inagotable sufrimiento”. Frente al desamparo que siempre nos acecha y, a falta de colmillos, nos protege actuar como animales políticos, capaces de compartir, cuidarnos y divertirnos juntos. Gracias a los dioses, tenemos chispa. Y en la densa oscuridad, somos breves fulgores que se buscan.
La antropología y la biología evolutiva confirman las intuiciones de aquellos mitos originarios. En su ensayo The Secret of Our Success, Joseph Henrich actualiza a Epimeteo: el ser humano es una criatura débil, lenta y no particularmente hábil para trepar a los árboles; nacemos gordos, prematuros y con el cráneo abierto. En una casa de apuestas prehistóricas, nuestra cotización habría sido nula. Heinrich sostiene que los logros de nuestra especie no son fruto de una inteligencia innata o habilidades mentales especializadas. El motivo es que crecemos aprendiendo de otras personas. Cada generación construye sobre los cimientos de las estrategias y sabiduría acumuladas por generaciones previas. Este bagaje supone una ventaja tan grande que la selección natural ha favorecido durante milenios a quienes mejor aprenden socialmente. La trenza entre la cultura y los genes nos volvió peculiares, un nuevo tipo de animal: aprendices adaptativos. Heinrich afirma que la innovación depende de nuestra habilidad para colaborar más que de nuestro intelecto, y el gran reto es evitar la fragmentación y la disolución de nuestras comunidades.
La ciencia muestra que los mayores avances no son destellos de mentes excepcionales, únicas e irrepetibles. Al contrario, los grandes descubrimientos son resultado de hallazgos previos, colaboración y saber compartido a lo largo del tiempo. Sin embargo, en la escuela aprendemos nombres estelares asociados a tecnologías revolucionarias. Idolatramos una mitología protagonizada por líderes carismáticos y paternalistas, gobernantes providenciales, emprendedores solitarios y genios disruptivos. En una perversa paradoja de nuestra política, las habilidades necesarias para ganar elecciones —ferozmente competitivas— eliminan de la carrera a quienes gobernarían de forma serenamente colaborativa. Ser un pedazo de pan cotiza a la baja —y al hambre— en el mundo del apego al ego.
Como enseñan los cuentos infantiles y Aristóteles, el mito del triunfador hecho a sí mismo es irreal: todo avance solitario es en realidad solidario. Por algo llamamos “compañías” a las empresas y, por eso, el lugar donde aprendemos —el colegio— nos reclama ser buenos colegas. De hecho, separarnos y enfrentarnos disminuye nuestra prosperidad. Divididos somos más combativos y conflictivos, menos efectivos. No es casualidad que las palabras sólido, salud y solidario tengan el mismo origen lingüístico. Hemos construido sociedades sobre una paradoja: a la debilidad debemos nuestra fortaleza. La indigencia del ser humano se convierte en el principio de nuestro poder, escribe Zambrano. La evolución cultural favoreció el crecimiento de las tribus, la cooperación, la armonía interna y la valentía para compartir riesgos. Ante los problemas ajenos, milenios de selección premiaron el compañerismo, no el “con su pan se lo coman”. Lo que nos hizo diferentes es no ser indiferentes a los demás. Irene Vallejo es filóloga y escritora y Premio Nacional de Ensayo 2020 por su libro El infinito en un junco.





















Putin delendum. Amen.





[ARCHIVO DEL BLOG] El pangolín. [Publicada el 20/02/2020]









La tecnología y la naturaleza -comenta en el A vuelapluma de hoy jueves el escritor David Trueba- mantienen un apasionante pulso del que somos espectadores en primera fila. La última victoria de la naturaleza sobre ese convencimiento de que llegaremos a vencer la enfermedad, la soledad, el tiempo y la distancia gracias a los avances técnicos ha sido estrepitosa. La cancelación del Congreso de Móviles de Barcelona, que hasta ahora había sobrevivido a disputas políticas, pujas municipales y huelgas sectoriales, se ha rendido ante la más innovadora de las amenazas: el miedo. Un virus mutante que adopta las formas menos previsibles en función de un algoritmo inexplorado, combinación de verdad y mentira en dosis graduables. Bastó que una sola empresa importante renunciara a desplazar a sus empleados para que el resto de grandes marcas revisara las posibilidades de demandas laborales y cancelara en cascada la asistencia a la feria. No fue, por tanto, el miedo a la enfermedad llamada coronavirus, sino el miedo a las cláusulas contractuales, lo que desencadenó el drama. Porque, no nos engañemos, la cancelación se ha vivido como una tragedia mayor que las muertes lejanas que se acumulan en una China que nunca sabemos si admirar o temer.
La repatriación de los españoles que se encontraban en el epicentro del contagio fue exitosa. Pero tampoco deberíamos presumir demasiado. No es lo mismo disponer de servicios y control para una docena de personas que encarar decenas de miles de afectados. Basta ver lo que la gripe causa en nuestro sistema sanitario cada temporada. A día de hoy, la confusión es persistente, y para un país que vive de organizar ferias y recibir turistas la tensión es desquiciante. De entre todas las suposiciones sobre el brote del contagio, me quedo también con la potencia de la naturaleza como agente activo. Según parece, la ingesta de carne de pangolín podría ser la causa del brote en un mercado de Wuhan. El pangolín es un animal casi desconocido para nosotros, pero al que Marianne Moore dedicó uno de sus magistrales poemas. Tiene algo de especie mitológica, entre otras cosas porque pertenece a la familia de los folidotos, es decir, mamífero con escamas que se alimenta de hormigas y termitas.
El pangolín es un buen soldado de la Numancia ecológica, esa que se apresta a resistir, pese al acoso tecnológico. Es un animal acorazado. Si volvemos al poema de Moore, es casi una alcachofa con cabeza, inquietante y nocturna, que parece diseñada por el mismísimo Leonardo da Vinci en cruce con los toreros de Gargallo. El colofón del poema, y estamos ante una de las escritoras fundamentales del siglo pasado, suena casi a predicción: víctima del miedo, siempre reducido, extinguido, frustrado por la oscuridad, casi cumplida la tarea, dice al resplandor oscilante: “¡De nuevo el sol!, nuevamente otro día; y otro y otro y otro, que penetra y refuerza mi espíritu”. Es ese espíritu indómito de la naturaleza el que se ha enfrentado, a través de un animal que los niños españoles soñamos en paisajes tropicales y lejanos, a todas las inteligencias petulantes de Silicon Valley. Este pangolín 5G es una advertencia, un aviso para navegantes. Nos ha recordado lo frágil que es el sistema mundial de reservas hotelero frente a una mordedura. No está de más que recordemos nuestra nimiedad, al fin y al cabo los animales más resistentes son aquellos conscientes de su debilidad y que actúan en consecuencia".
A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt


















lunes, 19 de febrero de 2024

De la soberanía y el Poder Judicial

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes. Los jueces no pueden elegir directamente el Consejo General del Poder Judicial: La elección directa del CGPJ por los jueces, escribe en El País el jurista Tomás de la Quadra-Salcedo compromete la afirmación constitucional de la justicia como emanación del pueblo. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com






[ARCHIVO DEL BLOG] Un gesto inapropiado. [Publicada el 19/02/2010]
Desde el trópico de Cáncer

Berlusconi cada vez se parece más a Mussolini, ¡hasta imita sus gestos y sus poses!, y José María Aznar cada día se parece más a Silvio Berlusconi: en la chulería, el desplante, la prepotencia, el insulto, la soberbia, y la mala educación. Salvo en los dineros, la promiscuidad sexual y las vinculaciones mafiosas del segundo, parecen hermanos mellizos. Cuestión de talante, supongo. La última del ex presidente, muy gráfica por cierto, el gesto de respuesta a los estudiantes que le imprecaban en la Universidad de Oviedo. Cierto que los insultos de éstos tampoco son de recibo, pero pienso que de un señor que ha sido presidente del gobierno de España cabría esperar un poco más de elegancia. A fin de cuentas, no perder el gesto ante el insulto va incluido en el sueldo de los políticos. No digamos de los que se consideran a sí mismo estadistas en activo... Al señor Aznar no le faltan aplaudidores entusiastas, por ejemplo, el diputado del PP González Pons, o el inefable y esotérico escritor Sánchez Dragó, para quienes José María Aznar ha sido, incuestionablemente, el mejor presidente del gobierno de la Historia de España... "Vivan las caenas!", que decían los enfervorizados súbditos de Fernando VII, "El Deseado", allá por los principios del siglo XIX. Está claro que algunos "patriotas" no han evolucionado gran cosa desde entonces. Les dejo con el artículo que sobre el incidente relata hoy en La Voz de Galicia el periodista Fernando Ónega. Dice así: Bueno, señores, pues ya tenemos un nuevo debate nacional. Ayer no se habló de otra cosa. La foto estaba en portada y quienes escribíamos de la comisión o de los pactos nos habíamos quedado más antiguos que el canalillo. Y es que don José María Aznar, el respetable Aznar, había hecho la higa; la peineta, dicen algunos cronistas, aunque yo no encontré esa acepción en el diccionario.
La opinión pública se dividió más que con la guerra de Irak o la edad de jubilación. El asunto, como es natural, se planteó en la rueda de prensa del Consejo de Ministros, y la portavoz del Gobierno se tuvo que pronunciar de manera oficial. Nunca una higa había llegado tan alto. Estamos, pensé, ante un grave asunto de Estado. Más o menos con este planteamiento: quien fue presidente del Gobierno de España ¿puede sacar su dedo corazón en actitud enhiesta, por no decir tiesa, mientras recoge los cuatro dedos restantes de su mano? No tengo, pobre de mí, la profundidad de pensamiento suficiente para entrar en tan elevado y delicado debate, pero permitidme el intento. Aznar venía de que le hicieran una crítica suave, inofensiva, casi cariñosa. Total, le llamaron «asesino», «criminal de guerra» y otros calificativos que a nadie suelen ofender ni molestar. Es una dialéctica ordinaria por habitual en la relación humana y en el estilo de la universidad. Además, le intentaron boicotear la conferencia. Todo muy educado, cortés y complaciente. Si Aznar se enfada, es porque es así: un tipo intolerante que, en vez de dar las gracias por el trato y el recibimiento, corresponde con un gesto que algún periódico llamó grosero.
Y lo es. La gente no anda por la calle haciendo higas, cuya traducción al lenguaje verbal tiene dos versiones coloquiales: «vete, iros, a tomar viento» o «que os den morcilla». Pero a mí no me sorprendió el gesto. No me pudo sorprender, si en Lugo he visto cómo su maestro don Manuel Fraga se quitó la chaqueta para lanzarse sobre un grupo de saboteadores. A su lado, Aznar parecía la esencia del autocontrol.
Lo que me sorprendió fue la mirada. Al menos en la foto, Aznar no mira al tendido ni a los destinatarios del menosprecio. Mira a su propio dedo; a ese dedo corazón fálico y elocuente, erguido como un mástil, vecino del corte de mangas. Lo mira sonriente, satisfecho de cómo le queda, como si llevara tiempo sin ensayarlo; como sorprendiéndose a sí mismo que aún sabe hacerlo, después de tanto usar el índice, que es el dedo del poder. Mira al dedo corazón, triunfante frente a la gresca, como una dedicatoria, como cuando le hizo la peineta al moro de Perejil. Aznar auténtico, que dijo: «Algunos no pueden vivir sin mí». Yo lo traduzco con melancolía: contra Aznar vivíamos mejor. Espero que lo disfruten. Y sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt




























Y para comenzar bien el día...




Putin delendum. Amen.







[ARCHIVO DEL BLOG] Un gesto inapropiado. [Publicada el 19/02/2010]










Berlusconi cada vez se parece más a Mussolini, ¡hasta imita sus gestos y sus poses!, y José María Aznar cada día se parece más a Silvio Berlusconi: en la chulería, el desplante, la prepotencia, el insulto, la soberbia, y la mala educación. Salvo en los dineros, la promiscuidad sexual y las vinculaciones mafiosas del segundo, parecen hermanos mellizos. Cuestión de talante, supongo. La última del ex presidente, muy gráfica por cierto, el gesto de respuesta a los estudiantes que le imprecaban en la Universidad de Oviedo. Cierto que los insultos de éstos tampoco son de recibo, pero pienso que de un señor que ha sido presidente del gobierno de España cabría esperar un poco más de elegancia. A fin de cuentas, no perder el gesto ante el insulto va incluido en el sueldo de los políticos. No digamos de los que se consideran a sí mismo estadistas en activo... Al señor Aznar no le faltan aplaudidores entusiastas, por ejemplo, el diputado del PP González Pons, o el inefable y esotérico escritor Sánchez Dragó, para quienes José María Aznar ha sido, incuestionablemente, el mejor presidente del gobierno de la Historia de España... "Vivan las caenas!", que decían los enfervorizados súbditos de Fernando VII, "El Deseado", allá por los principios del siglo XIX. Está claro que algunos "patriotas" no han evolucionado gran cosa desde entonces. Les dejo con el artículo que sobre el incidente relata hoy en La Voz de Galicia el periodista Fernando Ónega. Dice así: Bueno, señores, pues ya tenemos un nuevo debate nacional. Ayer no se habló de otra cosa. La foto estaba en portada y quienes escribíamos de la comisión o de los pactos nos habíamos quedado más antiguos que el canalillo. Y es que don José María Aznar, el respetable Aznar, había hecho la higa; la peineta, dicen algunos cronistas, aunque yo no encontré esa acepción en el diccionario.
La opinión pública se dividió más que con la guerra de Irak o la edad de jubilación. El asunto, como es natural, se planteó en la rueda de prensa del Consejo de Ministros, y la portavoz del Gobierno se tuvo que pronunciar de manera oficial. Nunca una higa había llegado tan alto. Estamos, pensé, ante un grave asunto de Estado. Más o menos con este planteamiento: quien fue presidente del Gobierno de España ¿puede sacar su dedo corazón en actitud enhiesta, por no decir tiesa, mientras recoge los cuatro dedos restantes de su mano? No tengo, pobre de mí, la profundidad de pensamiento suficiente para entrar en tan elevado y delicado debate, pero permitidme el intento. Aznar venía de que le hicieran una crítica suave, inofensiva, casi cariñosa. Total, le llamaron «asesino», «criminal de guerra» y otros calificativos que a nadie suelen ofender ni molestar. Es una dialéctica ordinaria por habitual en la relación humana y en el estilo de la universidad. Además, le intentaron boicotear la conferencia. Todo muy educado, cortés y complaciente. Si Aznar se enfada, es porque es así: un tipo intolerante que, en vez de dar las gracias por el trato y el recibimiento, corresponde con un gesto que algún periódico llamó grosero.
Y lo es. La gente no anda por la calle haciendo higas, cuya traducción al lenguaje verbal tiene dos versiones coloquiales: «vete, iros, a tomar viento» o «que os den morcilla». Pero a mí no me sorprendió el gesto. No me pudo sorprender, si en Lugo he visto cómo su maestro don Manuel Fraga se quitó la chaqueta para lanzarse sobre un grupo de saboteadores. A su lado, Aznar parecía la esencia del autocontrol.
Lo que me sorprendió fue la mirada. Al menos en la foto, Aznar no mira al tendido ni a los destinatarios del menosprecio. Mira a su propio dedo; a ese dedo corazón fálico y elocuente, erguido como un mástil, vecino del corte de mangas. Lo mira sonriente, satisfecho de cómo le queda, como si llevara tiempo sin ensayarlo; como sorprendiéndose a sí mismo que aún sabe hacerlo, después de tanto usar el índice, que es el dedo del poder. Mira al dedo corazón, triunfante frente a la gresca, como una dedicatoria, como cuando le hizo la peineta al moro de Perejil. Aznar auténtico, que dijo: «Algunos no pueden vivir sin mí». Yo lo traduzco con melancolía: contra Aznar vivíamos mejor. Espero que lo disfruten. Y sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt












domingo, 18 de febrero de 2024

Estado de penuria

 






Estado de penuria
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
17 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

El Estado es una idea abstracta, una institución a la vez temible y lejana, y también es una carta certificada que si no se entregara a tiempo causaría un problema, un trámite judicial que si se atasca puede sabotearle a uno la vida, una pensión que llega con puntualidad a la cuenta de un jubilado, una escuela o un instituto donde profesores competentes educan a alumnos que reciben igual trato sin que importe su origen, un quirófano en el que un enfermo sin recursos se somete a una operación a manos de un personal médico de máxima cualificación que usa la mejor tecnología. El Estado es la bibliotecaria que organiza un club de lectura, y el personal especializado y entusiasta que gestiona un sistema nacional de trasplantes que no tiene igual en el mundo por su eficacia y su equidad, y la patrulla militar que lleva a cabo una misión de paz difícil y arriesgada en una zona de conflicto, y el policía o el guardia civil que asiste a una persona atribulada que acaba de ser víctima de un accidente o de un crimen. El Estado, en nuestro país, padece una debilidad originaria que viene tal vez de los sobresaltos y las guerras civiles del siglo XIX, y también de la omnipotencia corrosiva de la Iglesia católica, muy poco interesada en la fortaleza del poder civil, así como de la falta de una conciencia generosa del bien común en las clases dirigentes, que lo usaron siempre para defender sus privilegios y, sobre todo, para saquearlo con la picaresca sórdida del tráfico de influencias. Incluso el Estado franquista, que alimentaba fantasías de corporativismo y totalitarismo, era una entelequia pobretona, tan lastrada por la penuria como por la incompetencia, y tan solo eficiente en lo que Paul Preston llamó la “política de la venganza”, contra los vencidos en la Guerra Civil, y luego en la persecución y en la tortura de sindicalistas y militantes de izquierdas. El doctor Vicente Pozuelo, médico de Franco, contaba en sus memorias que en los Consejos de Ministros del año 74 aún no había ni micrófonos. La mesa del Consejo era muy larga, la voz de Franco muy débil, y los ministros a veces estaban amedrentados y no levantaban las suyas. Cuando empezó a tener graves hemorragias, en la enfermería de El Pardo no había medio de contenerlas, porque era una enfermería de cuartel. En los primeros años del terrorismo, los artificieros de la Guardia Civil intentaban desactivar las bombas etarras sin protección ninguna y sin más herramienta que una caña de pescar, que además pagaban de su bolsillo.
En Francia basta ver el edificio de un lycée de enseñanza media con su bandera tricolor en la fachada de piedra y el rótulo République Française inscrito en el dintel para darse cuenta de que el Estado es una cosa muy seria. Galdós comparaba el Estado español con una vaca lechera a cuyas ubres nunca muy opulentas se amarraban los parásitos innumerables del favor político, la turba de los funcionarios en activo y los cesantes cuya única esperanza en la vida era una colocación ganada con el servilismo y la intriga. Aquellas antiguas fragilidades de país atrasado probablemente solo empezaron a remediarse de verdad con el tránsito a la democracia, pero los nuevos tiempos han traído otras amenazas, quizás porque nosotros llegamos al Estado de bienestar, que es la forma más justa y razonable del Estado, justo cuando en otras partes del mundo que llegaron antes a él estaban ya empezando a desmantelarlo, después de haberlo desacreditado. Fomentando la mala fama de la burocracia y la ineficiencia, los gobiernos de derechas (y muchas veces los socialdemócratas) se lanzaron a la privatización de servicios fundamentales, que ofrecían posibilidades enormes de rentabilidad: en la educación, en la salud, en la banca pública, en los ferrocarriles, en las comunicaciones, hasta en la gestión del agua.
El recelo antiguo de la izquierda hacia el Estado tiene sus motivos: el Estado, históricamente, ha sido un instrumento de las clases dirigentes y sus intereses, y solo fue democratizándose y reconociendo derechos después de luchas tremendas. Si las fuerzas del orden disuelven a sablazos o a tiros una manifestación obrera, el Estado al que sirven no puede inspirar mucha confianza. La palabra Estado, además, en el vocabulario político español, tiene el sentido entre sospechoso y despectivo que le han inoculado esos nacionalistas periféricos que al no pronunciar nunca la palabra España imaginan que borran su existencia. En esos juegos verbales participa también una parte de la izquierda, que sufre una envidia freudiana de reciedumbre identitaria y cree que el progresismo consiste en ser al menos tan nacionalista y hasta separatista como los nacionalistas, y que si uno dice España es un habitante de eso que el presidente del Gobierno ha llamado “la fachosfera”, quizás con el propósito de que no decaiga la fiesta alegre y corrosiva de la confrontación.
Con tanto esfuerzo por privatizarlo, por extorsionarlo, por trocearlo, por parasitarlo, no tiene nada de extraño que el Estado dé muestras tan alarmantes de debilidad y deterioro. La carta certificada tarda o se extravía, el trámite judicial queda empantanado, la lista de espera es tan larga que el enfermo grave no llega a tiempo a la operación. Los servicios que presta el Estado son tan esenciales que cuando funcionan bien nadie repara en su existencia ni agradece su valor. Durante la pandemia tuvimos ocasión de comprobar que solo el Estado, con el soporte de la Unión Europea, podía asegurar el mantenimiento de los servicios esenciales para la vida y financiar las investigaciones que culminaron en la invención de una vacuna efectiva, y en el logro formidable de distribuirla por todo el continente.
A muchas personas de izquierdas les cuesta aceptarlo, pero esas tareas asistenciales y protectoras del Estado incluyen el orden: el orden público, el monopolio de la violencia, rigurosamente sometido a la ley y al respeto de los derechos humanos, el oficio supremo que Thomas Hobbes atribuía a su Leviatán. Orden público suena a carga policial, pero es la tranquilidad con que va uno por la calle, la perspectiva razonable de no sufrir una agresión, y de que si es víctima de un delito podrá recibir reparación, y tendrá defensa contra la fuerza bruta y el abuso. Cada vez que voy paseando por una calle europea pienso en el privilegio del que disfruto, inaccesible para mucha gente como yo en muchas ciudades del mundo. Vivir con miedo es tan dañino como pasar hambre. “La seguridad es una de las necesidades esenciales del alma”, dice Simone Weil. El Estado, que parece tan fuerte, puede derrumbarse de golpe, y la consecuencia no es la liberación de los oprimidos, sino el triunfo de los poderosos y los criminales. Hablo con personas que vienen de Ecuador y cuentan cosas terribles sobre la brutalidad sanguinaria de los narcotraficantes, que se ceba en las personas más pobres, que son las menos protegidas.
El Estado, estos días, en España, son unos guardias civiles asesinados en una especie de chalupa lamentable, embestidos por una narcolancha mucho más poderosa, sometidos a la burla de los delincuentes y de la chusma que los jalea como héroes. El Estado es que, una semana después, las cinco embarcaciones del Servicio Marítimo de la Guardia Civil sigan averiadas e inservibles, sin esperanza de arreglo inmediato. Un guardia que prefiere callar su nombre le dice a Jesús A. Cañas en el periódico: “Tenemos tres mecánicos para el mantenimiento, pero las grandes reparaciones las hace una empresa de la calle y necesitan un presupuesto aprobado por Madrid. La burocracia es muy lenta”. Es la voz inmemorial, el fatalismo quejumbroso de la Administración española, la triste impotencia del Estado. Antonio Muñoz Molina es escritor y académico de la Lengua.