jueves, 21 de diciembre de 2017

[Humor en cápsulas] Para hoy jueves, 21 de diciembre





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Pero también como la actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios. Yo no soy humorista, así que me quedo con la primera acepción.

En la medida de lo posible iré subiendo al blog cada día las viñetas de mis dibujantes favoritos en Canarias7, El Mundo, El País y La Provincia-Diario de Las Palmas. Disfruten de ellas. 




Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: vámonos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt





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La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

miércoles, 20 de diciembre de 2017

[A vuelapluma] El peso de la realidad





El peso de la realidad acabrá imponiéndose en Cataluña. Tras el 21-D, todo decisor económico, tanto catalán como foráneo, va a exigir garantías de que el conflicto no se repite; y ni políticos ni instituciones están en condiciones de ofrecerlas. Pero los votantes sí podemos empezar a darlas, escriben en El País los profesores Benito Arruñada y Albert Satorra, catedráticos de Organización de Empresas y Estadística, respectivamente, en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.

Para votar sabiamente en las elecciones catalanas del 21-D, comienzan diciendo, conviene identificar por qué en apenas cinco semanas cambió de forma tan radical la actitud de todo tipo de decisores.

Hasta septiembre, nuestra economía iba bien e inspiraba confianza. Las grandes empresas preparaban planes para trasladarse, pero no creían que hubieran de aplicarlos. Se dice que los políticos soberanistas desoyeron las advertencias de los empresarios. En realidad, ni estos creían que sus temores llegaran a materializarse. Lo demuestra el que no frenaron sus inversiones.

Sin embargo, de repente, huye el capital, se trasladan sedes, se colapsa el consumo y, lo más grave, se paralizan todas las inversiones. Los datos son conocidos y las consecuencias están al alcance de la experiencia cotidiana.

La respuesta tiene algo de obvia: el Parlament promulga las “leyes de desconexión” el 6 y 7 de septiembre, y declara la independencia el 10 de octubre. Aunque esta declaración se escamoteó como inefectiva, trastornó la opinión de los agentes económicos. A juzgar por su conducta, todo decisor, fueran cuales fueran su nacionalidad, status o ideología, pasó de considerar que el conflicto y la inseguridad asociados a la reivindicación de independencia constituían un riesgo remoto a creer que eran un riesgo probable.

Además, quien soñaba con una independencia tranquila, dentro de la UE y sin tensiones graves, se da de bruces con la realidad de que ya solo la probabilidad de conflicto provoca costes ingentes en bienestar material y paz social. También lo revela su conducta, pues ya entonces puso su patrimonio a buen recaudo.

Tal parece que ni los propios separatistas esperaban que el Estado aguardase tanto para detener el procés. Como bromeaba un exconseller: “No te preocupes: en última instancia, nos intervendrán”. Durante semanas, esta intervención en la que confiaba el yo racional de mucho soberanista, se demostró elusiva. El Gobierno reaccionó de forma anacrónica en lo superficial, en su manejo de los medios y las redes sociales; pero no en lo sustantivo. En el fondo, respondió en sintonía con las contradicciones de la opinión pública occidental.

Como tampoco esperaban que sus líderes llegaran tan lejos. Subestimaron lo protegida que está la “clerecía” separatista, esa multitud de políticos, funcionarios y allegados que vive de y para construir la nación catalana. A quien actúa al amparo del presupuesto público, le importa menos hundir economía, bienestar y convivencia. Si la apuesta le sale bien, alcanza el poder y es un héroe; si le sale mal, son otros los que pagan. Como los 14.698 nuevos parados catalanes del mes de octubre y los 7.400 de noviembre, las peores cifras desde 2008 y 2009. No sabemos qué “sentimiento de identidad” albergan estos parados post-DUI; pero los datos del Centre d’Estudis d’Opinió (CEO), dependiente de la Generalitat, indican que, en promedio, parados y trabajadores temporales se sienten mucho “menos catalanes” que quienes disfrutamos empleos fijos o trabajamos para entes públicos.

Si nuestro diagnóstico es correcto, no esperen recuperar la confianza mientras los agentes económicos crean posible otro procés. Tras el 21-D, todo decisor económico, tanto catalán como foráneo, va a exigir garantías de que el conflicto no se repite; y ni políticos ni instituciones están en condiciones de ofrecerlas. Pero los votantes sí podemos empezar a darlas: enterremos tanto el voto “emocional” como el voto "estratégico", y atendamos a la realidad de nuestros intereses.

Por un lado, el independentismo está fracturado. Sigue rumiando el fracaso del procés como una etapa más de un viaje que, en el fondo, disfruta; y cuyo final, a menudo, teme. Por ahora, aplica todo su intelecto a fabricar excusas. Debería empezar a preocuparse. Sus peones entrevén que hasta sus empleos hubieran peligrado en la realidad (que no en su sueño) de una independencia fuera de la UE y sumida en el caos. Pero también peligran si España deja de crecer. El déficit fiscal de Cataluña sigue aumentando y el “Espanya ens roba” bien pudiera tornarse en su contra.

Por otro lado, ya no los parados potenciales sino la burguesía independentista haría bien en ir a votar. Además, ésta última debería hacerlo, de una vez, con la cabeza. Tras haber votado con la cartera, huyendo de la inseguridad, sabe que su interés no reside en la independencia. Debe entender que tampoco reside en más autogobierno. Su aumento durante los últimos cuarenta años ha confirmado la tesis que nos recordaba hace poco Antón Costas, según la cual Cataluña va mejor cuanto menos se gobierna a sí misma. Quizá porque la fuerza de nuestras relaciones personales bloquea las instituciones que requiere una sociedad moderna. Esa solidez de lazos personales es un hándicap cuando carecemos de árbitros independientes. ¿Ha mejorado acaso la gestión o se ha reducido la corrupción de nuestros Ayuntamientos tras diluir las funciones de secretarios e interventores? Imaginen lo que sucedería con una justicia controlada regionalmente. Por supuesto que la actual justicia española es imperfecta; pero recuerden que nuestra Llei de transitorietat erradicaba la separación de poderes.

Solo un voto racional evitará el escenario más probable: el de un empate de fuerzas, que consagraría la incertidumbre y, con ella, el adiós de la inversión y la huida de recursos. Disminuiría la actividad económica privada y aumentaría el peso del sector público. Algunos incluso pretenderían que el resto de españoles mimase a Cataluña. Observen cómo ya proponen condonar deudas o traer organismos oficiales. Esos mimos solo beneficiarían a la alta clerecía catalana. De hecho, ya ha venido sucediendo algo similar con el Fondo de Liquidez Autonómica, cuyos recursos mantienen una Generalitat que prefiere recortar en sanidad antes que en TV3 o en embajadas.

Por un lado, pensando en la cartera, bien haríamos los catalanes en entender que es erróneo aumentar el sector público, tanto si su cabeza está en Madrid como en Barcelona. En un caso, Cataluña terminaría siendo la gran Asturias del siglo XXI, una región a la que décadas de subvenciones públicas han condenado a la emigración y la insignificancia. En el otro, los costes serían más elevados e inmediatos. La crisis reciente, en vez de un aviso, habría sido solo un pequeño anticipo.

Por otro lado, pensando menos en la cartera y más en el país, debemos ponderar que, también según datos del CEO, más de la mitad de los catalanes nos sentimos tan catalanes como españoles. Sobre esta base, estable desde hace décadas e inmune al procés, sería suicida para Cataluña reflotar a la “clerecía” separatista que tanto nos ha dividido en los últimos años. Estamos a tiempo de evitarlo.



Dibujo de Eva Vázquez para El País


Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: vámonos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt



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[Píldoras literarias] Hoy, con "En estricto sentido", de Jaime Muñoz Vargas





La noción de brevedad ronda siempre las consideraciones sobre la minificción de los minirrelatos. Aunque la brevedad no sea, ni con mucho, el único rasgo que es necesario observar en estas brillantes construcciones verbales, resulta lógico que para el lector común, e inclusive en cierta medida para el escritor, resalte de manera especial. 

Fue, en efecto, la primera característica que llamó la atención de lectores y críticos de esta forma literaria: la que primero produjo desconcierto y, a partir de allí, admiración. Ocurre, sin embargo, que tal noción es eminentemente subjetiva. Se puede considerar breve un relato de ocho o diez páginas, pero también lo será uno de un par de páginas, e igualmente, y con mayor razón, algún texto de extensión aún menor, que podremos describir en función de un determinado número máximo de líneas o de palabras, y no de páginas ni de párrafos. 

Pesan en este sentido la tradición de una literatura, y también la implícita comparación -casi instintiva, casi subconsciente- que formulamos con otros textos que conocemos, o bien con lo que se considera cuento o relato en nuestra propia literatura o en una distinta de ella. ¿Habremos de aceptar una categoría nueva, la del microrrelato brevísimo o hiperbreve, aunque el nombre resulte redundante? ¿O bien entenderemos que hay casos en que el escritor extrema alguna de las características que también tienen otros textos de este tipo, y ese hecho es percibido por el lector como un factor de diferenciación? 

Continúo hoy la serie de píldoras literarias con el minirrelato titulado En estricto sentido, de Jaime Muñoz Vargas (1964), escritor, maestro, periodista y editor mexicano. Escribe y publica muy frecuentemente artículos, ensayos, crónicas, aforismos y microrrelatos en el blog Ruta Norte. Reseñas y artículos suyos han aparecido en revistas y periódicos de México, España y Argentina. 

Les dejo con su relato. Fue publicado en la obra Arte de miniatura (inédita). Tiene trece palabras, y dice así

EN ESTRICTO SENTIDO

Se nos acabó el amor. 
Nos separamos. 
Cada cual cogió por su lado.






Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt



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[Humor en cápsulas] Para hoy miércoles, 20 de diciembre





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Pero también como la actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios. Yo no soy humorista, así que me quedo con la primera acepción.

En la medida de lo posible iré subiendo al blog cada día las viñetas de mis dibujantes favoritos en Canarias7, El Mundo, El País y La Provincia-Diario de Las Palmas. Disfruten de ellas. 





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martes, 19 de diciembre de 2017

[Poesía y pintura] Hoy, con Dionisio Ridruejo y Mérry-Joseph Blondel





Retomo la publicación, con un formato diferente, de la serie de entradas del blog dedicadas al tema de España en la poesía española contemporánea, que tan buena acogida de los lectores tuvieron hace ya unos años. Grandes poetas contemporáneos españoles, poetas del exilio exterior e interior, pero españoles todos hasta la médula, que cantaron a su patria común, España, desde el corazón y la añoranza. 

En estos aciagos días en que unos hijos espurios reniegan de España, la insultan, la mancillan, y pretenden acallar las voces de aquellos otros que nos alzamos orgullosos de pronunciar su nombre, nada mejor que la poesía para reivindicarla como se merece. Si como dijo Walt Whitman la poesía es el instrumento por medio del cual las voces largamente mudas de los excluidos dejan caer el velo y son alcanzados por la luz, también es, en palabras de ese gran poeta y gran español que fue Gabriel Celaya, un arma cargada de futuro. Empuñémosla, entonces, en su defensa.

En cualquier caso, parafraseando al afamado crítico literario e intelectual Harold Bloom, si la poesía no puede sanar la violencia organizada de la sociedad, al menos puede realizar la tarea de sanar al yo.

Hoy traigo al blog al poeta Dionisio Ridruejo y su poema España toda aquí, y al pintor Mérry-Joseph Blondel y su cuadro La circasienne au bain. 


***



Dionisio Ridruejo (1912-1975), poeta, escritor y político español. Nace en El Burgo de Osma (Soria). De educación religiosa y tradicional con 21 años se afilia a Falange Española. Durante la guerra civil ocupa el puesto de director general de Propaganda del régimen franquista. En 1940 funda junto a Pedro Laín Entralgo la revista de poesía Escorial. En 1941 marcha como soldado raso voluntario a luchar contra la Unión Soviética en la famosa División Azul. Un año después rompe totalmente con el régimen lo que le ocasiona destierro y encarcelamiento temporal. En 1962 es uno de los españoles asistentes al IV Congreso del Movimiento Europeo que se celebra en Munich. Se exilia primero en Francia y más tarde en Estados Unidos, donde imparte clases de literatura en varias universidades. En 1974 funda el partido Unión Social Demócrata Española que al año siguiente se integra junto a la Democracia Cristiana y el PSOE en la plataforma Convergencia Democrática. Como poeta cultivó el estrofismo clásico de lengua pura y clara. Escribió numerosas obras en prosa, entre ellas su autobiografía, y una obra de teatro. En 1952 recibió el Premio Nacional de Poesía. Les dejo con su soneto España toda aquí.



ESPAÑA TODA AQUÍ

España toda aquí, lejana y mía,
habitando, soñada y verdadera,
la duda y fe del alma pasajera,
alba toda y también toda agonía.

Hermosa sí, bajo la luz sin día
que me le entrega al mar sola y entera:
campo de la serena primavera
que recata su flor dulce y tardía.

España grave, quieta en la esperanza,
hecha del tiempo y de mi tiempo, España,
tierra fiel de mi vida y de mi muerte.

Esta sangre eres tú y esta pujanza
de amor que se impacienta y acompaña
la fe y la duda de volver a verte.


***


Merry-Joseph Blondel (1781-1853) fue un pintor francés de la escuela neoclásica, ganador del prestigioso Premio de Roma en 1803. Después del salón de 1824, recibió el título de Caballero de la Legión de Honor por Carlos X de Francia y obtuvo una cátedra en la École Nationale Supérieure des Beaux-Arts en la que permaneció hasta su muerte en 1853. En 1832 fue elegido para un escaño en la Académie des Beaux-Arts de París. Blondel fue alumno del maestro neoclásico Jean-Baptiste Regnault y desde 1809, amigo de toda la vida del pintor Ingres.

Gran parte de su carrera como pintor estuvo ocupada por encargos públicos de pinturas y frescos en palacios, museos e iglesias. Blondel completó importantes encargos para el Palacio de Fontainebleau, el Palacio de Versalles, el Museo del Louvre, el Palacio Brongniart (la Bolsa de París), el Palacio de Luxemburgo y las iglesias de Santo Tomás de Aquino y Notre-Dame-de Lorette .

Su Circassienne au bain se hizo famosa durante la primera parte del siglo XX por ser el objeto demás valor reclamado contra la línea White Star, por un solo artículo perdido en el hundimiento del Titánic.


La circassienne au bain (1814)



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[Humor en cápsulas] Para hoy martes, 19 de diciembre





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Pero también como la actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios. Yo no soy humorista, así que me quedo con la primera acepción.

En la medida de lo posible iré subiendo al blog cada día las viñetas de mis dibujantes favoritos en Canarias7, El Mundo, El País y La Provincia-Diario de Las Palmas. Disfruten de ellas. 






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lunes, 18 de diciembre de 2017

[A vuelapluma] Un año de silencio





La Unión Europea debería guardar un año de silencio, escribe en El País el profesor Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford. En lugar de llenarse de palabras con un proyecto político que pretende ser sistemático y racional, lo que debería intentarse es conservar, defender y mejorar este enorme, desastrado y vulgar hogar europeo que ya hemos construido.

¿Por qué hablan tanto?, comienza diciendo el profesor Garton, preguntó un observador indio al ver a un grupo de líderes de la UE de visita en Delhi. Efectivamente, ¿por qué? En política, las palabras siempre superan a los hechos, pero en ningún sitio tanto como en la Unión Europea. Mis estanterías se quejan bajo el peso de 40 años de discursos, panfletos, manifiestos y libros dedicados a exponer grandiosos y complejos planes para nuestro viejo continente. Yo también me quejo; muchos de mis hermanos europeos ya han perdido incluso el deseo de quejarse.

Por eso quiero hacer una humilde propuesta: en la cumbre de esta semana en Bruselas, nuestros dirigentes deberían proclamar un Año Europeo del Silencio. Y después, para las Navidades de 2018, que nos presenten un solo informe, redactado en términos claros, que cuente qué han hecho en este año. Por si no se habían dado cuenta, la UE lleva proclamando Años Europeos de tal o cual cosa desde 1983; por ejemplo, el año que viene será el Año Europeo del Patrimonio Cultural.

El problema no es solo que los líderes europeos se recreen en palabras altisonantes y vacías y prometan más de lo que pueden cumplir. Por ejemplo, la llamada estrategia de Lisboa, presentada en el 2000, se proponía convertir Europa en “la economía del conocimiento más competitiva y dinámica del mundo” antes de 2010. Los ciudadanos europeos ven el inmenso abismo que separa la retórica de la realidad y es comprensible que estén insatisfechos.

Pero, por encima de todo, es que lo que tienen en común estos discursos, panfletos e informes es un deseo de futuro, casi utópico, de que la Unión Europea sea una entidad lógica, coherente, limpia y ordenada, como los jardines de Versalles. De ahí todo ese constante hablar de arquitectura y geometría en relación con Europa. En su manifiesto personal en forma de libro, con el revelador título de Révolution, el presidente francés, Emmanuel Macron, prevé una gran ronda de consultas democráticas en todos los Estados miembros de la Unión Europea a lo largo del próximo año, que culminen en un "Plan para Europa". Ah, sí, claro, justo lo que Europa necesita: otro plan.

Ahora, el líder del SPD alemán, Martin Schulz, ha ido un paso más allá y ha declarado que necesitamos contar con unos Estados Unidos de Europa de aquí a 2015, “como muy tarde”. Los Estados miembros que no se adhieran a su tratado constitucional tendrán que irse de la Unión Europea, así de sencillo. ¿Alguien se cree que eso vaya a pasar?

Tienen razón los políticos y los periodistas al diagnosticar una crisis profunda y continuada de la polis del proyecto europeo e indicar la necesidad urgente de resolverla. Pero, al examinar con detalle las reformas propuestas, vemos que son inevitablemente complejas, porque consisten en soluciones concretas e individuales a los problemas de la eurozona, la zona Schengen, el déficit democrático, la política contributiva, las prestaciones sociales, etcétera. Y una vez que todas esas propuestas distintas, y a veces contradictorias, hayan pasado por la fábrica de salchichas de los órganos de la UE, los resultados serán todavía más complejos, fragmentados y pragmáticos.

Es interesante que Schulz diga que “el elemento fundamental” de las negociaciones de su partido para entrar en una gran coalición encabezada por Angela Merkel sea “dar una respuesta positiva” a Macron. En realidad, ante la visión del presidente francés de una eurozona federal o, al menos, en proceso de federalización, los democristianos de Merkel están dispuestos a ceder solo hasta cierto punto, y mucho menos ante los Estados Unidos de Europa que a Schulz le gustaría crear por la vía rápida, y que el posible sucesor de Merkel, Jens Spahn, ha calificado de “fantasía”. Y eso, antes de empezar con las posturas nacionales de otros 25 Estados miembros. De modo que ¿para qué elaborar otro gran proyecto futurista que nunca verá la luz y programar por adelantado una nueva oleada de insatisfacción?

Quiero hacer hincapié en que esto no es retroceder a un puro pragmatismo sin propósito ni base filosófica. Lo que sugiero es precisamente un giro filosófico: del futurismo al conservadurismo (con c minúscula). En lugar de concebir el proyecto político “Europa” como algo que siempre mira hacia adelante, hacia una vaga construcción sistemática y racional, pensemos que se trata de conservar, defender y mejorar este enorme, desastrado y vulgar hogar europeo que ya hemos construido.

En un libro publicado en 1980, el filósofo conservador inglés Roger Scruton mostró un ligero desprecio por cualquier idea de “euroconservadurismo”. Decía que el conservadurismo consiste en querer preservar y reforzar un orden social existente, no una abstracción internacional. Sin embargo, casi 40 años después, Europa se parece mucho a un orden social tal como lo define Scruton. Tenemos una serie de instituciones comunes que tienen ya una antigüedad mayor que las de muchas naciones-Estado. La mayoría de los europeos posee unos hábitos de cooperación arraigados. La mayoría comparte unos valores importantes, que afloran de manera espontánea e indignada ante la última decisión de Vladimir Putin o Donald Trump. La mayoría quiere preservar la Unión, y especialmente la libertad para trabajar, estudiar, viajar y vivir en cualquier lugar dentro de ella.

Es posible que los vínculos sociales de Europa no sean tan sólidos como los de una nación antigua, pero lo son mucho más que los una simple organización internacional. Y se han forjado de manera gradual, mediante la negociación, el acuerdo y la casualidad. Desde luego, si el gran pensador conservador Edmund Burke volviera a su Dublín natal, llegaría a la conclusión de que las complejas estructuras y costumbres de la Unión Europea se parecen más a las del Reino Unido actual, mayor y desvencijado, que a las perfectas y coherentes estructuras constitucionales de la República Federal de Alemania.

Muchos europeos tienen ya una actitud más o menos conservadora respecto a esta unión tan burkiana. Saltan a defenderla contra la marea actual de ataques nacionalistas y populistas. Quieren proteger el hogar familiar, arreglar las cañerías de la eurozona y levantar una valla de Schengen más sólida, pero no quieren volver a construir toda la casa, como insisten los pesados de los arquitectos. Y seamos sinceros: en estos tiempos oscuros, el mero hecho de mantener lo que se ha construido en Europa desde 1945 ya sería un gran triunfo.

De modo que brindemos por un nuevo amanecer del euroconservadurismo. Estoy deseando leer el informe sobre la conservación de nuestra casa europea común el próximo mes de diciembre. Mientras tanto, más valen obras que palabras.



Dibujo de Eduardo Estrada para El País


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