En los estertores de la Gran Recesión, el nacionalismo catalán mudó de piel y se convirtió en independentismo; en ese viraje contó sobremanera el brazo corrupto de Convergència y una suerte de traición de los clérigos, con figuras como Antoni Castells y algún académico reputado. Los indepes se tiraron por el tobogán del Espanya ens roba y fabricaron aquella utopía de andar por casa, “Nos vamos, y tenemos prisa”. Cuando llegó el esperpento de las leyes de desconexión, el referéndum y la declaración de independencia fugaz, el Gobierno de Rajoy cometió dos errores de trazo grueso: la violencia policial del 1-O y la posterior judicialización de aquella suerte de golpe blando. Después llegó el turno de Pedro Sánchez, y el tándem indultos-amnistía –aprobados a cambio de la investidura y que nunca se terminó de explicar del todo— dejó a Salvador Illa instalado en el Pati dels Tarongers. Cataluña, en fin, se ha normalizado, aunque las leyes de la física tienen su aquel: cada acción tiene su reacción, y la reacción ha sido de aúpa. La extrema derecha ha irrumpido con fuerza tanto en España como en Cataluña, con Vox y Aliança Catalana. El procés abre ahora un nuevo capítulo: Esquerra y Junts tienen que contarnos qué quieren ser de mayores, con el espectro de Aliança Catalana rondando por las esquinas; mientras terminan de decidirse, los clérigos acaban de dar un paso relevante hacia una zona oscura como boca de lobo.
Uno de los rasgos característicos de los populismos es la necesidad de aliñarse un buen enemigo. Hasta hoy ese enemigo era España, con su expolio fiscal (¿!) y su Estado de derecho supuestamente a la húngara, a la polaca o a la turca (¿!¿!¿!). Como con eso no consiguieron llegar a Ítaca, los clérigos se acaban de sacar de la manga un segundo archienemigo: la inmigración. Se apuntan así a una moda que capitanean los Trump, Orbán y Meloni. Con un aroma etnonacionalista que el texto intenta esconder pero que aparece aquí y allá, en muchísimas páginas de esta especie de panfleto denominado Informe Fénix (hasta el título tiene reminiscencias azuladas). Con errores muy discutibles en los cálculos de población y de bulto en el caso del gasto asociado a los servicios públicos que consumen los migrantes. Y con un adanismo estupefaciente, con conclusiones que van en dirección contraria a las de toda la literatura académica y a los trabajos del Banco de España, del BCE, de la Comisión, del FMI y de la OCDE. La conclusión es que los migrantes ponen en peligro el Estado del bienestar, y por ende la lengua y el país, sea lo que sea eso. El resultado es una chapuza cósmica que tal vez no tenga efectos a corto plazo, pero que a la larga corre serio peligro de dejar poso en las actitudes de la ciudadanía.
El nacionalismo catalán, decía más arriba, derivó en independentismo de la noche a la mañana de la mano de Artur Mas, uno de los politicastros más superficiales de la era democrática, que nos iba a conducir hasta Ítaca pero nos llevó de bruces a las rocas. Esta curva en el camino nos lleva a otro poema de Cavafis: «Algunos han venido de las fronteras y nos han contado que los bárbaros no existen. ¿Y qué va a ser de nosotros, ahora, sin bárbaros? Esta gente, al fin y al cabo, era una solución». ¿Y si los bárbaros estaban en casa, y si son esos clérigos que erigen panfletos que se levantan de sus cenizas, como el Ave Fénix, para traernos etnonacionalismo y emponzoñar el debate público un poquito más? Claudi Pérez es analista político. El País, 26 de mayo de 2026.


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