lunes, 25 de mayo de 2026

DE LA TARDE QUE CAE. OLOR A DEBILIDAD EN EL KREMLIN, POR ANDREA RIZZI. 25 DE MAYO DE 2026

 






Putin viajó a Pekín esta semana con un gran objetivo, obtener finalmente el visto bueno chino al nuevo gasoducto Poder de Siberia 2. Regresó a Moscú con mucha palabrería conjunta sobre el deseo sino-ruso de reconfigurar el orden mundial, pero sin la anhelada luz verde.

Esta misma semana, el presidente de EE UU, Donald Trump, dio marcha atrás y ordenó el despliegue de 5.000 soldados estadounidenses en Polonia. Días antes, una oleada de drones ucranios consiguió superar las defensas rusas y golpear en la capital. El 9 de mayo, el Kremlin celebró un humillante Día de la Victoria, sin tanques ni misiles en la Plaza Roja, sin invitados de relieve, y con Volodímir Zelenski troleándolo ante la platea mundial con un decreto que excluía el centro de Moscú de las zonas a bombardear. También este mes Putin tuvo que destituir al popular gobernador de la provincia de Belgórod, que dijo algunas verdades acerca de los cortes de internet que cabrean a la población y revelan los temores del aparato.

Abril no había ido mucho mejor para Putin, con la derrota de Viktor Orbán en Hungría, la subsiguiente aprobación del préstamo de 90.000 millones de euros de la UE a Ucrania, la noticia de la contracción de la economía rusa en el primer trimestre y la pérdida de posiciones en Malí del Gobierno respaldado por Moscú.

Mientras, en el campo de batalla de Ucrania, Rusia prácticamente no avanza ni un milímetro al coste de decenas de miles de bajas al mes y, de hecho, en abril perdió terreno, según cálculos del Institute for the Study of War. Kiev alcanza no solo la capital rusa, sino también instalaciones de hidrocarburos —a finales de marzo Reuters calculaba que un 40% de la capacidad exportadora estaba comprometida— o centros en los cuales operan servicios de seguridad causando ingentes bajas. Sobre todo: Ucrania y Europa son cada vez más independientes de EE UU en el esfuerzo defensivo (aunque todavía no por completo).

Todo ello no significa que Putin esté a punto de perder la guerra de Ucrania o de caer. Ha construido a lo largo de décadas un poder férreo apoyado en un impresionante despliegue de servicios de seguridad, infundiendo miedo terrible en su población y encargándose de frenar el surgimiento de cualquier figura alternativa en el complejo manejo del asalvajado entramado de poder ruso. Putin es un maestro de la supervivencia dictatorial. Por otra parte, si Xi aprieta, desde luego no ahoga. China no tiene interés en que Rusia pierda o que Putin caiga, y le respalda adecuadamente con bienes de uso dual —desde microchips a componentes electrónicos hasta la nitrocelulosa para las armas— y amplias compras de hidrocarburos (eso sí, a precios de saldo). El gasoducto se hará cuando Putin baje lo suficiente el precio. La economía no va bien, pero no se ha hundido, y el arsenal nuclear es el que es. Pero sí significa que está débil. Y esto, a su vez, significa varias cosas.

Para los rusos, más represión, más riesgos, más conscripciones (las cárceles ya se han vaciado mucho, toca pescar cada vez más en la calle lo que para Putin no es otra cosa que carne de cañón). Para los ucranios, más riesgo de recurso ruso a tácticas feroces, que crucen líneas rojas para obtener resultados que no llegan desde el otro lado de las líneas rojas. Para los europeos, más riesgos de maniobras de sabotaje, interferencia, caos, hundimiento de la moral.

Pero para ucranios y europeos esto significa también otra cosa. Puede que se esté acercando el momento en el que sean posibles negociaciones de verdad, que no sean una mera exigencia de capitulación de Kiev. Más allá de la palabrería hueca de alguno (por idealismo miope o partidismo bien calculado), cualquiera con un mínimo de capacidad de raciocinio siempre ha tenido claro que para alcanzar una paz que no sea la entrega de Ucrania había que convencer a Putin a cambiar sus planes. Ello solo se podía conseguir convenciéndole que no los podía culminar, y llevarle al umbral pasado el cual seguir intentándolo le hace más daño que desistir. Putin no está a punto de caer, pero se está acercando a ese umbral.

Es pues hora de seguir presionándole y de prepararse para una verdadera negociación, no la fantochada liderada por Washington con intereses políticos espurios y negociadores sin preparación. La UE debe prepararse. Es Ucrania quien debe marcar la línea de lo que es aceptable y lo que no. Pero nosotros podemos y debemos acompañarla y para ello convendrá nombrar un representante que no sea directamente un líder institucional, creando así una útil capa intermedia. Es el momento de preparar nuestro asiento en la mesa.

En esa tarea, convendrá creernos una cosa: al contrario de lo que con lenguaje pueril dijo Trump a Zelenski hace más de un año en el Despacho Oval, nosotros —Ucrania y el resto de Europa— sí tenemos cartas, y buenas. Andrea Rizzi es analista político. El País, 23 de mayo de 2026.




























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