viernes, 30 de octubre de 2026

ESPECIAL CUATRO DE HOY VIERNES: LECCIONES SOBRE LA DEMOCRACIA DE LA ANTIGUA GRECIA, POR MANEL GARCÍA SÁNCHEZ

 







La convocatoria de elecciones renueva en nuestro país aquel experimento político griego a cuya diosa Democracia los atenienses erigieron una estatua. No era ni es un gesto menor: significaba y significa sacralizar un sistema político que ha convertido la libertad y la participación ciudadana en principios fundamentales de convivencia. Siglos después, las revoluciones americana y francesa reivindicaron aquel legado incorporando la igualdad al horizonte de valores sobre el que se edifican nuestras democracias, aunque la fraternidad fue difícil de conseguir en aquella Atenas escuela de Grecia y muchas veces parece imposible en esta España invertebrada y guerracivilista.

La deriva antiliberal y los autoritarismos populistas de derechas y de izquierdas constituyen síntomas inquietantes de una enfermedad política que amenaza con hacerse crónica. La ingobernable gobernabilidad que facilita tantas veces la democracia se manifiesta en la irresoluble paradoja de que el mejor de los sistemas políticos, desde su imperfección, facilita a sus enemigos la herramienta de la libertad de expresión —parresía la llamaban los griegos— para erosionarla desde dentro.

Ya en Atenas se acusaba a Pericles de que su pareja Aspasia, propietaria de prostíbulos, dictaba realmente la política y que solo las clientelas de turno se beneficiaban corruptamente del poder. Allí Sócrates criticaba la democracia y se convertía en maestro de tiranos o políticos populistas, como Critias o Alcibíades. Oligarcas y demócratas digerían mal el grumo de la derrota electoral vociferando en la Asamblea sobre pucherazos en el recuento de votos, corrupción o subversión del orden constitucional. Entonces, como ahora, se abusaba de la nostalgia de la constitución de los antepasados, la de Solón y Clístenes, y se miraba al pasado en busca de inspiración para la construcción de un futuro mejor.

Laura Sancho Rocher, en El nacimiento de la democracia, o José Luis Moreno Pestaña, en Retorno a Atenas. La democracia como principio antioligárquico, nos recuerdan que la historia de la democracia griega proporciona lecciones oportunas para la política actual y que los atenienses, pese a sus profundas divisiones políticas, raramente desacreditaban sus instituciones con la ligereza con la que lo hacemos hoy. Naturalmente, no faltaron los críticos entonces, pero la crítica siempre es fecunda si se formula desde la controversia constructiva. La democracia permitió a los antidemócratas Platón y Aristóteles señalar las contradicciones de un sistema que confiaba magistraturas al sorteo, otorgaba el protagonismo político al sufragio del populacho y permitía que demagogos alcanzasen posiciones de liderazgo. Ese peligro es consubstancial a la democracia, como es verdad que una democracia censitaria e ilustrada, gobernada por expertos y ciudadanos acomodados no garantiza necesariamente el imperio de la justicia.

Nunca es saludable idealizar el pasado; tampoco aquella democracia ateniense que excluía de la ciudadanía política a mujeres, esclavos y extranjeros; que condenó a muerte a Sócrates, defenestró a sus líderes más sobresalientes y conoció episodios de violencia sectaria y guerra civil que reclamaron la necesidad de vencer la ira con el perdón y rendir cuentas con el pasado mediante el olvido impuesto por una amnistía, otra bella palabra griega. Tucídides nos advirtió de que las democracias lo son nominalmente porque en la práctica están dirigidas por unos pocos de sus ciudadanos, los mejores y los peores. La vieja y la nueva democracia nunca han estado libres de esas contradicciones, pero precisamente ahí reside su grandeza: en la posibilidad de reconocerlas, discutirlas y corregirlas mediante la palabra y el ejercicio del derecho a voto para ratificar o revocar la confianza en nuestros políticos. La isegoría, el derecho igualitario de los ciudadanos a tomar la palabra en las urnas, y la isonomía, la igualdad ante la ley, constituían y deben constituir derechos irrenunciables del único sistema político que permite cuestionar públicamente sus propios fundamentos. Incluso entonces quienes admiraban a la oligárquica Esparta, como el Pseudo Jenofonte, podían expresarlo en la democrática Atenas; todavía hoy tan solo se permite atacar a la democracia desde la propia democracia.

Resulta especialmente inquietante el desafecto democrático que se extiende entre sectores de nuestra sociedad, algo que cíclicamente sucedía también en Atenas. Que depositemos esperanzas en líderes autoritarios, que la xenofobia se disfrace de patriotismo, que el desprecio hacia las minorías se presente como defensa de la libertad y fortaleza inexpugnable de la identidad o que el progresismo se quede en retórica inoperante fue y es un mal inmanente a la democracia. Más preocupante todavía es la actitud de quienes, proclamándose verdaderos demócratas facilitan la legitimación institucional de esas políticas y valores que cuestionan los fundamentos del liberalismo político o la socialdemocracia.

El problema no consiste en impedir la discrepancia, sino en comprender que la tolerancia democrática no exige indiferencia ante quienes aspiran a destruirla. Es cierta la paradoja de que una tolerancia ilimitada puede terminar favoreciendo la desaparición de la propia tolerancia. Los cordones sanitarios frente a determinadas ideologías no deberían entenderse como una negación del pluralismo, sino como una estrategia de defensa constitucional en la que el debate de ideas resuelva las diferencias. Su eficacia, naturalmente, depende de las circunstancias y de la coherencia de quienes los promueven, pero negar al otro es olvidar insensatamente que ese otro forma parte del nosotros. Los vendedores de simulacros pueden convertirse en los peores verdugos de la democracia y las urnas son el mejor lugar para desenmascarar a los antidemócratas y condenarlos al ostracismo.

Frente al nacionalismo o el patrioterismo excluyente, reivindiquemos el patriotismo constitucional. No banalicemos el fascismo o el comunismo aplicándolo a conveniencia a partidos o instituciones y frente al uniformismo autoritario defendamos el pluralismo y las decisiones soberanas expresadas democráticamente. Sobre ello ‒leamos a Demóstenes‒ nos enseñaron muchas cosas los griegos, también sobre los enemigos y peligros que acechan a la democracia. Es por eso por lo que todos somos y debemos seguir siendo griegos; es por ello que una convocatoria electoral sigue siendo la muralla más sólida para la defensa de la democracia. Manel García es profesor de Historia Antigua de la Universitat de Barcelona. Publicado en El País Semanal.




















ENTRADA NO NUMERADA


ESPECIAL TRES DE HOY VIERNES: PP Y VOX, UNA ALIANZA CLARIFICADORA, POR CRISTINA MONGE

 





El acuerdo alcanzado por Partido Popular y Vox para las listas del Senado surge en respuesta a los pactos alcanzados por las fuerzas progresistas para la Cámara alta. Vox renuncia a concurrir en 14 circunscripciones y en otras 14 presenta un solo candidato. El PP, por su parte, hará lo mismo en tres, Gipuzkoa, Girona y Tarragona, un alto precio para un partido de Estado que ha gobernado España más de 13 años y aspira a volver a hacerlo.

Esta alianza tiene sus hándicaps. Parece lógico pensar que los conservadores más templados serán reacios a marcar la equis en los nombres de Vox, de la misma forma que resultará complicado explicar a quienes surgen como una escisión del PP que deben votar por aquel partido del que han huido. Tampoco parece sensato pensar que quienes van a salir de la abstención para unirse al lado pretendidamente “antiestablishment” de Vox puedan apoyar a un partido tan sistémico como el PP. Veremos si el objetivo de acabar con “el sanchismo” es suficiente.

Más allá de cuestiones tácticas, desde el punto de vista estratégico, el acuerdo alcanzado por PP y Vox clarifica mucho más de lo que parece. En primer lugar, una alianza ya clara y firme entre la derecha conservadora, liberal y sistémica que representa el Partido Popular y la ultraderecha de Vox. Podrá pensarse que era previsible tras compartir gobierno en cuatro comunidades autónomas. Ciertamente. Pero ello no permite obviar la distancia que hay entre la estrategia actual de los populares y las declaraciones que tan solo tres años atrás, en la campaña de 2023, hacía Alberto Núñez Feijóo para diferenciarse de los ultras. En aquella ocasión, el líder popular manifestaba su objetivo de “gobernar en solitario” y buscaba conquistar el centro, para lo que necesitaba alejarse de Vox. Hoy todo esto ha cambiado. Así lo muestran los acuerdos PP-Vox en los gobiernos autonómicos, y la asunción cada vez más clara de los marcos de la ultraderecha en temas como la migración, las políticas ambientales, las cuestiones de género o el modelo fiscal. Esta alianza para el Senado es la puesta de largo, nada menos que en la Cámara alta, de esta connivencia previamente establecida.

Si todo esto es posible, no es solo por la necesidad de llegar a acuerdos para gobernar, dada la fragmentación del voto conservador. Si así fuera, se trataría de mera táctica. Una observación de las propuestas políticas y los marcos utilizados muestra algo más. El único leitmotiv conocido de la campaña del PP es acabar con el sanchismo. Poco se conoce de sus propuestas políticas, del modelo social, económico y político que plantea. Un vacío que guarda relación con la profunda crisis ideológica por la que atraviesan los conservadores en el conjunto de Occidente, y que explica, en buena medida, por qué están teniendo tanta facilidad para asumir los postulados ultras. Nostalgia de los conservadores, titulaba en una tribuna en este medio hace unos días el profesor Innerarity. Carecen de una oferta propia, de un programa elaborado desde ópticas conservadoras dentro de parámetros democráticos. Está por ver los resultados que esta alianza PP-Vox obtiene en la Cámara alta, pero el acuerdo es de lo más expresivo. Se trata de una alianza clarificadora. Cristina Monge es politóloga. Publicado en El País.





















ENTRADA NO NUMERADA

ESPECIAL DOS DE HOY VIERNES: POLÍTICA COMECOÑOS, POR NAJAT EL HACHMI

 





Hay que espectacularizar la realidad y todo tiene que ser entretenimiento banal y frívolo, incluso obsceno. Y en campaña electoral epatar es lo que importa: hacerse viral, llegar al votante indiferente y al rezagado. Entiendo que la comunicación manda pero ¿no creen ustedes, señoras y señores de la izquierda posmoguay, ecopija y deconstructora, no creen que se están pasando tres pueblos? Mientras las calles arden pidiendo techo, después de ocho años en los que a pesar de tocar algo de poder, aunque fuera de modo tangencial, no derogaron la reforma laboral de Rajoy ni su ley mordaza, ni hicieron nada que cambiara el problema de la vivienda, habiendo destruido la cohesión del feminismo español suplantándolo por una feria de identidades, mientras los trabajadores (rebautizados por ustedes como los de “abajo” o “de la mierda”, expresión que usa Gabriel Rufián para hablar de sí mismo cuando era pobre y currante) sienten sobre el cuello la bota de un sistema que explota cada minuto de su existencia, mientras todo esto pasa, ¿de verdad creen que lo mejor es hablarles a los españoles de comer coños y comer culos? Que no digo yo que el tema no tenga su relevancia pero, señora Montero, ¿acaso va a promulgar usted una ley para que los hombres aprendan el muy noble arte del cunnilingus?

No es un problema de Montero ni de Rufián; es el de un tiempo en el que llamar la atención es más importante que el tema sobre el que se consigue que te miren y te escuchen. Que los jóvenes están alejados de la política y pueden quedarse en casa el día que toca ir a las urnas, pues hablémosles de coños y culos y pollas como los niños dicen teta, culo, caca. A esos niveles han bajado quienes aspiran a presidir este país. Y lo hacen, además, en la televisión que pagamos todos, donde todo el mundo debería expresarse de forma libre, claro está, ¿pero de verdad creen que insultar así nuestra inteligencia es una buena estrategia? Será que de verdad nos toman por idiotas porque la propia Irene Montero, cuando David Broncano acierta preguntándole por qué a la izquierda le cuesta tanto hablar de inmigración, achaca el problema a que los xenófobos lo son porque la extrema derecha los ha convencido de que tienen que odiar al vecino inmigrante. Lo cual es en parte cierto pero no tiene en cuenta el malestar en los barrios donde los pobres, de aquí y de fuera, compiten en la miseria de los márgenes. Entiendo que sea difícil entender la complejidad y las tensiones de esa realidad que tan lejos queda de Galapagar, donde las señoras tienen preocupaciones más importantes: conseguir que alguien les coma bien el coño. Najat El Hachmi es escritora. Publicado en El País.



























ENTRADA NO NUMERADA

ESPECIAL DE HOY VIERNES: 28 DE OCTUBRE, POR JUAN JOSÉ MILLÁS

 





Todo se quedó antiguo de repente: la visita al cardiólogo, la revisión de la caldera de gas, la cita con la fisio o el podólogo. Se quedó antigua la partida de cartas de los miércoles, la comida familiar de los jueves, el vermut con los amigos de los viernes y hasta el texto que tenía uno preparado para esta esquina del periódico se quedó de súbito obsoleto. Al principio, cuando apenas sabíamos, las cosas se iban quedando antiguas muy despacio, pero después de los primeros muertos la vida entera se quedó de golpe suspendida, antigua, igual que el tráfico rodado y los semáforos y el mobiliario urbano. La tarta de cumpleaños que tenías que recoger también se quedó antigua, se infartó, lo mismo que el siglo XXI. En los hospitales, los niños nos nacían antiguos y velábamos en los tanatorios cadáveres pretéritos.

Salías a la calle de un país antiguo, más antiguo con cada decena de muertos, pues se contaban por decenas. Muertos y muertas, quizá algún muertito, quizá alguna muertita, imposible saber lo que se encontraría debajo del acero encrespado, al rojo vivo. Se quedaron antiguas las películas y se suspendieron, por antiguos, los programas de la televisión, y se quedaron antiguos los recién casados y los divorciados recientes, no digamos el Ministerio de Transportes. Se había quedado antigua España entera, de norte a sur y de este a oeste, se había quedado antigua España, tan antigua y tan vieja como la tecnología aplicada sobre la que circulaban los trenes de la muerte que veníamos denominando, de manera pomposa, tal vez irresponsable, “de alta velocidad”.

Daban ganas de darse de baja. ¿De qué? De todo. Daban ganas de apostatar de todo. De apostatar de padre y de hijo y de contribuyente y de votante, estaba toda la nación medio muerta de asombro, aunque también de rabia, pues no podía ser de ninguna de las maneras que cada nueve meses tuviéramos que hacer un sacrificio a los diosecillos de la movilidad. Juan José Millás es escritor. Publicado en El País.






















ENTRADA NO NUMERADA

DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE LA ÚLTIMA SEMANA DE OCTUBRE

 










































































































































































































ENTRADA NÚM. 11571