Por mucho que la mercantilización de la vida castigue a la enseñanza pública, y dentro de la enseñanza con especial dureza a las humanidades, conviene recordar en los momentos difíciles lo que el ser humano aprende de la literatura. Momentos difíciles, ya sea ante el dolor de una guerra o antes unas elecciones que pueden significar el desmontaje de los valores defendidos por la democracia. Recuerdo, con especial ilusión, las mañanas en las que me tocaba hablar de Pérez Galdós en mis clases, en la Universidad de Granada. Los problemas de los escritores que mantuvieron una relación ética y política con la sociedad no se reducen al golpe de Estado de 1936 y la dictadura franquista. Don Benito, por ejemplo, fue castigado por defender una idea de España que no compartían los caciques de su tiempo. Pero hoy vamos a centrarnos en la literatura, vamos a recordar los Episodios Nacionales y los sentimientos que vivió Gabriel Araceli en Cádiz, antes de la batalla, según nos contó en Trafalgar (1873).
Por los aires de España circulaban una y otra vez palabras como patria, rey y lealtad, mientras los barcos se preparaban en el puerto para zarpar en busca de la batalla. Con el enemigo cerca, resultaba necesario defenderse. Y de pronto Gabriel Araceli comprendió por primera vez lo que significaba la patria cuando observó a la gente entrar en los barcos. No se trataba de proclamas, ni de altos poderes con sus himnos, ni del orgullo bárbaro de sentirse grandes matadores de moros. Su espíritu sintió la convivencia de una gente llamada a compartir las dificultades de la vida bajo un mismo sol. La patria estaba compuesta por familias con hijos que mantener y que educar, personas enfermas que cuidar, abuelas y abuelos que merecían respeto. Y escuchó las historias de esos ancianos en la cocina de sus casas. Y entendió la importancia de ponerle rostro humano, rostros humanos, a la palabra patria. Luis García Montero es poeta. Publicado en El País.
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