lunes, 12 de octubre de 2026

DEL ASUNTO DE LA SEMANA QUE COMIENZA: QUERIDO PEDRO, QUERIDO JAVIER, POR EMMANUEL MACRON

 







El pasado día 30 de septiembre el presidente francés, Emmanuel Macron, entregó la Legión de Honor al cineasta Pedro Almodóvar y al escritor Javier Cercas en una ceremonia en la Casa de Velázquez de Madrid. Esta es la transcripción, traducida, de su discurso:

Señor presidente del Gobierno, querido Pedro, gracias por tener la gentileza de estar aquí, a nuestro lado; gracias por estas palabras dirigidas a los dos galardonados; señoras y señores ministros, señora embajadora, señor embajador, señoras y señores en sus respectivos cargos y títulos, queridos amigos.

En primer lugar, en nombre de la señora directora, bienvenidos a la Casa de Velázquez; agradezco a todo el equipo que nos acoja en este magnífico lugar, que expresa algo singular, esa amistad entre nuestros dos países que se apoya en muchos aspectos que hemos celebrado durante estos dos días —las relaciones estratégicas, las relaciones económicas, los vínculos humanos, como se dice hoy en día—, que son muy importantes, pero en las que la cultura y el conocimiento ocupan un lugar muy especial.

El hecho de que hoy estemos homenajeando a un gran artista y a un gran escritor e intelectual, a mi juicio, dice mucho de la relación entre nuestros dos países y también de la España contemporánea y, en el fondo, de lo que ustedes nos han contado todos estos últimos años. Voy a intentar explicarles por qué la República ha decidido reconocer los méritos de estos dos talentos.

Don Pedro Almodóvar, voy a empezar por usted. Querido Pedro, hoy, evidentemente, nos hemos reunido, como acaba de decir el presidente del Gobierno, para honrar al gran artista y director que es usted y esa trayectoria, que todos los que están aquí conocen, de audacia y libertad; pero su trayectoria comenzó de una forma bastante inusual. Para algunos, el cine, el amor por el cine, es una revelación repentina. Muchos otros explican que, en realidad, se lo transmitió el descubrimiento de grandes películas o la proximidad con grandes artistas. Creo que no me equivoco si digo que, en su caso, todo empezó con el chocolate.

Cuando era niño, en cada tableta venía una pequeña pegatina con la imagen de una estrella de Hollywood y usted las coleccionaba en su pueblo de La Mancha. En la España franquista, rural y pobre de los años cincuenta, donde la vida era aún dura y austera, el cine ya era otro mundo. Otro lugar profundamente libre, deslumbrante, casi irreal, y así descubrió el poder de las imágenes.

Su madre se esforzó por familiarizarle con el mundo de la ficción; en un pueblo en el que muchos no sabían ni leer ni escribir, ella leía las cartas a los vecinos, pero le gustaba añadir algún detalle, alguna frase, embellecer la realidad para que sonrieran, para que algunos pudieran evadirse y, en cierto modo, para mejorar su vida cotidiana. Una educación que no había recibido en ninguna escuela, pero que precisamente por eso fue más profunda; su voz, decidió usted muy pronto, sería el cine.

De modo que aprendió a desconfiar de todos los que pretendían dictarle lo que tenía que hacer. Vistas desde fuera todas sus paradojas, en el fondo, su vida dice mucho sobre el camino que ha recorrido España en las últimas décadas. Recibe una educación católica y rigorista y sus películas no harán más que ser más libres y sensuales. Su madre se ve obligada a vestirse de negro por la tradición del luto y usted llenará la pantalla de rojo, azul y verde brillante. El franquismo quiere enseñarle a contener cada gesto y a obedecer y usted será insubordinado e innovador. Con un espíritu de contradicción como ese, podría haber sido francés.

En 1967, en contra de la opinión de sus padres, se instaló en Madrid. El régimen había cerrado la escuela de cine y eso le obligó a aprender por su cuenta. De modo que, para mantenerse, se convirtió en una especie de agencia de trabajo temporal con un único empleado: un día era vendedor callejero, al día siguiente trabajaba en un mercadillo o era auxiliar administrativo. Así fue acumulando un trabajo detrás de otro. Por las mañanas, casi siempre trabajando en Telefónica, se codeaba con la España que entraba en la era del consumo, con sus esperanzas, sus frustraciones y sus dramas cotidianos, y ya entonces observaba. Por las tardes y por las noches, escribía, actuaba con la legendaria compañía de teatro de Los Goliardos y rodaba películas en Super-8.

En 1980 se estrena su primer largometraje, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón. Una película que rodó con casi nada, rodeado de amigos y actores prácticamente desconocidos. Pero ya está todo ahí: los personajes femeninos en primer plano, los deseos y los personajes que se salen de las normas, el humor y la transgresión. Forma parte de la movida madrileña, esa corriente cultural que saca a la luz la España feliz, desinhibida y liberada de sus años de franquismo. Muestra la homosexualidad y la transexualidad que varias décadas de dictadura habían querido marginar. Y quiere ser libre y tener libertad para crear.

Para conseguirlo, decide algo enormemente raro en aquella época, una decisión muy audaz: crear, junto con su hermano Agustín, su propia productora. Estamos en 1985 y se llama El Deseo. Agustín, por cierto, cuya aparición acabamos esperando al final de cada nueva película, a veces fugaz, siempre familiar, porque él también está presente desde el principio y a lo largo de toda esta aventura. Montar su propia productora fue una decisión valiente, una aventura arriesgada, sin garantías de éxito. Debo decir que, al principio, suscitó el recelo del notario, que estaba convencido de que, con un nombre semejante, estaba inscribiendo los estatutos de un local de alterne. Pero al final, a pesar de todas las peripecias, llegó el éxito. A partir de mediados de los años ochenta, comienza un desfile interminable. La ley del deseo, Mujeres al borde de un ataque de nervios, Tacones lejanos, Todo sobre mi madre, Hable con ella. Podría seguir mencionando muchas más de estas películas que arrasan en España, en toda Europa y en todo el mundo y que nos hablan, con la misma fuerza que acabo de describir, de esa España que viene, la España con la sueña, con la que fantasea, de ese lugar ya tan especial que da a las mujeres.

Luego, Volver, en 2006, de nombre muy adecuado, una película de regreso, el regreso a La Mancha, el regreso a las mujeres que le criaron, a la infancia. Julieta, Dolor y gloria y, más tarde, Madres paralelas, en 2021, con esas madres imperfectas, pero profundamente auténticas, con la atención que expresa también hacia la persona en su fragilidad y sus contradicciones. Para crear estas obras maestras, en cada largometraje, utiliza el mismo método y la misma exigencia, que es pensar en todos los detalles, desde el color de las paredes hasta la luz, pasando por el más mínimo objeto: una barra de labios, un teléfono, un vaso de gazpacho. Trabaja sin descanso y, mientras el equipo está comiendo, usted está ya en la sala de montaje con las escenas rodadas el día anterior, para ver cómo va tomando forma la película, paso a paso. También tiene cuidado de dejar que cada uno encuentre la verdad de su personaje, y ese es el motivo de que se organice para rodar, en la medida de lo posible, con arreglo al orden de la narración —a pesar de los costes y las limitaciones—, para que los actores puedan experimentar verdaderamente las emociones de sus personajes.

Sí, eso también es Pedro Almodóvar. Hacer brillar a cada actor y cada actriz para que den lo mejor de sí mismos. Desde Victoria Abril, a quien usted descubrió y que le ha acompañado en tantas de sus películas, pasando por Antonio Banderas, compañero de viaje desde hace mucho tiempo y convertido en uno de los rostros más queridos del cine español, hasta Rossy de Palma, musa memorable de su cine, con su desparpajo y su presencia reconocible entre mil, o incluso Penélope Cruz, rostro inolvidable y presencia magnética en sus películas, una actriz capaz de sostener en una misma mirada la fuerza, la fragilidad y la gracia. En definitiva, un director excepcional para un reparto excepcional.

En España, su obra apasiona. Se ha convertido, desde hace casi medio siglo, en la crónica sensible de las transformaciones de España. Pero en todo el mundo, también, su cine es inmediatamente reconocible. Igual que usted, con su rebelde cabello blanco, sus gafas negras y ese estilo llamativo que se ha convertido en su sello personal. ¿Cineasta o estrella del pop? A veces cabía la duda. Y luego está Francia. Francia, donde, desde hace décadas, película tras película, el público le sigue siendo fiel. Es lo que sucedió el año pasado con La habitación de al lado, un drama íntimo sobre la ayuda a morir que conmovió a muchos de nuestros compatriotas.

Sí, querido Pedro, entre usted y Francia hay un gran afecto. También hay convicciones que compartimos. Conozco su apoyo a la Cumbre Lumière, a la iniciativa IRIS, en favor de las salas de cine independientes, esa exigencia de independencia, libertad artística y defensa de los creadores que usted comparte. Quizá esa sea también el motivo de que, ya en los años noventa, encontrara en Francia un socio natural para apoyar sus películas, primero con Ciby 2000 y después con Pathé. Ahí se forjó el vínculo entre El Deseo y el cine francés.

Usted es también ese pacifista convencido, defensor de los derechos de las mujeres y los niños, que rechaza toda injusticia y que se suma a tantas causas que Francia se esfuerza por defender. Todavía hoy se mantiene fiel a esas convicciones, fiel a su arte, a su deseo de crear. Sigue pasando largas jornadas dedicado a escribir, leer, ir al cine con la misma emoción irrefrenable, la misma exigencia, la misma inquietud creativa. Sin creer jamás que el talento exime del trabajo, sin pensar nunca que una obra anterior da licencia para relajarse. Y, en el fondo, desde sus inicios como enfant terrible del cine español hasta ahora que es el inmenso director venerado en todas partes —incluso en Harvard—, algo ha permanecido intacto. Esa libertad, esa curiosidad, esa negativa a repetirse o a conformarse con lo ya conseguido.

Sobre todo, ha conectado con una época, ha sabido tocar la fibra sensible y más íntima. No se ha limitado a describir la crónica de estos años españoles de apertura y transformación. Ha hablado como pocos del amor, la familia, la muerte y las dudas. Detrás de una exuberancia constante, detrás de los excesos de personajes y colores, siempre está esa verdad del poeta que, con pudor, intenta captar lo que está en las honduras de lo íntimo. Eso es lo que hace que seamos fieles a su cine. Eso es lo que hace que, como recordé ayer ante Su Majestad el Rey y Su Majestad la Reina, muchos franceses piensen con absoluta convicción que usted es un director francés. Y, si todavía le atormenta, querido Pedro, una pregunta como ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, debo decirle que ha construido, en lo más profundo de su cine, una libertad y, en su vínculo con Francia, una fidelidad. Ha narrado la historia de esta España contemporánea por la que sentimos tanta admiración. Película tras película, ha transmitido una idea de la creación que compartimos. Por todo ello, tengo el gran honor de entregarle las insignias de oficial de la Legión de Honor.

Querido Javier, qué sorprendente contraste el que le caracteriza. Usted, que se ha sumergido, libro tras libro, en los momentos más duros de la historia, no ha perdido en absoluto ese optimismo compulsivo que le es propio. En efecto, tanto en sus libros como en la vida, siempre ha sabido encontrar un rayo de luz, un extra de alma, un motivo de esperanza y consuelo.

Este arte de la novela sin desesperación, diría yo, ni complacencia, se fraguó muy pronto en usted. Entre sus primeros recuerdos de infancia en Girona, en Cataluña, están esas tardes de lectura, sumergido en las palabras de los demás. Borges, hemos evocado muchas veces juntos, tiene esa fórmula tan hermosa: “Soy todos los escritores que he leído”. Por eso, sin ninguna duda, usted es a la vez Dostoievski, Kafka, Nietzsche y tantos otros.

Criado por un padre veterinario y una madre muy creyente, no tuvo que elegir entre el cartesianismo y el misticismo, porque su credo fue la literatura. Porque, ante lo insoluble, ante la complejidad del mundo, la literatura no ofrece respuestas prefabricadas, sino que plantea las preguntas necesarias. Es una sucesión de interrogantes, de preguntas que se renuevan sin fin. Y eso es, en el fondo, su obra.

Por eso, como buen hermeneuta, emprende estudios de filología en la Universidad de Barcelona, donde aprende a leer los textos con detalle, a hacer que hablen las palabras, a perseguir los matices, las ambigüedades y lo intraducible. El placer de aprender, de comprender y de transmitir. Después es profesor de literatura en Estados Unidos y en España, pero sin renunciar nunca a esa ambición que le acompaña desde hace mucho tiempo: convertirse en escritor.

Publica El móvil y, después, El inquilino. Y en 2001, con Soldados de Salamina, empieza verdaderamente a despertar interés. La historia de ese ideólogo falangista condenado a muerte que se escapa del pelotón de fusilamiento, cuando a un soldado que iba a ejecutarlo le asaltan las dudas. Y en cada ocasión, en todas sus novelas, están presentes —expresando de formas muy distintas esa tensión a la que me refería antes—, por un lado, la historia con mayúsculas, en particular la historia contemporánea, esos momentos en los que todo podría haber sufrido un vuelco, y, por otro, la intimidad de una duda, el cuestionamiento más personal.

La psicología de sus personajes siempre tiene algo que decir o que cambiar de la historia. Están La velocidad de la luz, con el encuentro entre un joven escritor español y un veterano de Vietnam, atormentado por lo que vivió y cometió durante la guerra, El impostor, que es una investigación sobre la mentira, la necesidad de inventarse la historia de una vida heroica, y tantos otros libros más. El monarca de las sombras, Terra Alta, Independencia, No callar. Todos ellos nos hablan de la culpa, la memoria, el valor y con frecuencia nos llevan mucho más allá del bien y del mal. Leerlos es recorrer una galería de vidas rotas, de héroes a su pesar, que resuenan tanto con la gran historia como con la suya.

Una historia universal, en el fondo, porque esos fragmentos de su historia familiar y de nuestra época acaban, la mayoría de las veces, por ponernos ante un espejo. Nos hablan de nosotros mismos. Novela histórica, novela negra, documental, todo lo sabe hacer. Y en cada ocasión, como un escritor entomólogo, su pluma disecciona esos momentos decisivos en los que está en juego todo. Desde luego, Anatomía de un instante es la que produce más vértigo. Trata de desentrañar los misterios de lo que podría haber supuesto un cambio de rumbo de la España contemporánea y ese momento en el que todo se inclina a un lado y luego al otro durante el intento de golpe de Estado de 1981. Se fija en cada instante. Lo consigue gracias a una labor ingente, dudando aún hoy —lo sé en parte— de las interpretaciones de unos y otros, pero con el consuelo que ha podido encontrar a veces en la fuente original.

En 2023, fue el Vaticano el que vino a buscarle. El papa Francisco le invita a acompañarlo a Mongolia para narrar el viaje. Y usted, agnóstico convencido, acepta aventurarse para seguir explorando, pero siempre con esa misma tensión. Describe el gran viaje del Papa, pero con una obsesión: responder a la pregunta de uno de los dos progenitores cuando se ha quedado solo y quiere saber si el reencuentro en el más allá sigue siendo posible. Como todas las demás veces, se encuentran la duda íntima y la historia con mayúsculas.

Querido Javier, es —digámoslo así— un hombre de letras y, sin ninguna duda, alguien para quien la literatura es la vida. En primer lugar, porque fue ella la que puso en su camino a Mercè, la elegida de su corazón. Cuando le vio en la estación, absorto en su libro, para ella fue una especie de aparición. Y, además, debo decir que su método de seducción fue muy propio de un hombre de letras: un recital de poemas.

La literatura es también la vida en la que se pueden librar tantas luchas. Como escritor, pero también como periodista, sabe poner su talento narrativo al servicio del debate, la urgencia, el presente. En EL PAÍS publica, no artículos ni editoriales, sino textos de filosofía y literatura, combates políticos en los que habla de la España actual, de las luchas europeas y de sus convicciones más profundas.

Como hombre de convicciones, siempre ha sido un ferviente defensor de Europa, la única utopía razonable —por citar sus propias palabras— que nuestro continente ha logrado inventar y, además, formular como es debido. Y aún recuerdo nuestra conversación de hace poco más de tres años. Cuando vino a entrevistarme al Elíseo, hablamos de democracia, de guerra, del viejo continente, pero también de la esperanza depositada en nuestra Europa. Ha dedicado varios libros a esta Europa que tanto queremos. Y tiene usted la convicción de que Europa puede triunfar siendo más fuerte, estando más unida; una convicción que usted encarna porque, como español, es también profundamente europeo, por su amor a esta aventura y su amor a Francia, a sus palabras, a su lengua, a su literatura. Flaubert, Hugo, Proust. Le estoy infinitamente agradecido por ello.

Es, en cierto modo, el ejemplo perfecto de ese hombre europeo de bien que, en su país, pelea por la justicia, la libertad y la exigencia, que habla varios idiomas y que defiende, incluso en los momentos más difíciles y sobre todo en ellos, esa magnífica idea europea. Con rigor de filólogo, se impone horarios estrictos para llevar a cabo esas batallas en todos los ámbitos: levantarse al amanecer para salir a correr, haga el tiempo que haga y sea cual sea la estación del año, leer, escribir, escuchar música. Y, a pesar de esta vida dedicada a las artes y las letras, sabe reservar tiempo para lo esencial: los suyos, su esposa Mercè y su hijo Raúl.

Por eso, querido Javier, por estas páginas que iluminan nuestro tiempo y nuestra historia, por esa voz profundamente europea, por su compromiso humanista, por esos momentos de la historia de España que nos ha ayudado a comprender y a asimilar, por el inmenso escritor que es y por todas las novelas que están por venir, tengo esta noche el gran honor y la alegría de entregarle las insignias de caballero de la Legión de Honor. Gracias. Emmanuel Macron es presidente de la República francesa. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. Publicado en El País del 2 de octubre de 2026.



















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