1. Vivimos y nos alegramos de estar vivos, pero en materia de conocimiento, somos meros sonámbulos sobre esta Tierra. Si alguna vez tuve dudas acerca de esta caminata en camisón, con los ojos cerrados y los brazos extendidos hacia la cerradura de una puerta que no somos capaces de abrir, pues tal es la vida, la confirmación me llegó el pasado mes de septiembre, cuando visité la isla de Jersey por primera vez.
Debo confesar que, durante un periodo indefinido entre la infancia y la adolescencia, la palabra jersey evocaba en mí únicamente un género de tejido. Una prenda cómoda y flexible que les sentaba de maravilla a las mujeres jóvenes, pero que mis tías dejaron de usar en cuanto su figura empezó a redondearse. El jersey les estaba vedado. En aquel entonces, debí de hacer una asociación errónea, pensando que se trataba de una tela importada de la ciudad de Nueva Jersey. La existencia de la isla de Jersey, responsable del nombre de la ciudad estadounidense, y de su correspondiente tejido, debió surgir mucho después, pero solo se convirtió para mí en una realidad geográfica concreta cuando, hace dos meses, un viernes, un avioncito de British Airways atravesó la niebla con sus alas y aterrizó sin incidentes en la pista de su pequeño aeropuerto.
2. Había buscado en Google. La isla de Jersey aparecía con pocas referencias: una de las islas del Canal de la Mancha, que se separó geológicamente de la costa francesa hace unos 10.000 años. Por lo demás, se mencionaba que en la actualidad era una dependencia de la Corona británica, una isla de vacas pequeñas, un paraíso fiscal con mucha leche, una intensa actividad bancaria, y una moneda semiindependiente. En cuanto a los inmigrantes portugueses, alrededor del 10% de la población hablaba portugués, y esa era la razón por la que me había dirigido allí. En cuanto al hotel, la breve descripción de Google, para no extenderme demasiado, apenas mencionaba que era una hermosa mansión victoriana y quién la había construido. Pero al llegar al auténtico Hotel Savoy de Jersey, concreto y real, la dimensión del asunto se amplió.
3. Resulta que, durante la Segunda Guerra Mundial, los oficiales nazis estuvieron instalados allí durante la ocupación, y durante mucho tiempo la bandera con la esvástica ondeó en su fachada. Allí se calzaron sus botas, almorzaron y cenaron durante cinco años. Al retroceder en el tiempo, surgieron imágenes de los primeros bombardeos del puerto de Saint Hélier, así como relatos del desembarco sucesivo de material bélico destinado al avance de las tropas alemanas sobre Gran Bretaña, y empezó a perfilarse una narrativa singular del conflicto entre 1940 y 1945, repleta de detalles realistas y bien documentados. Así supe de la decisión de Churchill de que la población tomara rumbo a Inglaterra, abandonando animales y pertenencias, utilizando cualquier clase de embarcación: fuera la que fuera: buques, yates, barcazas o incluso pequeños barcos de transporte de cemento. Vi la imagen de la multitud de deportados que abandonaba la isla, de los que se marchaban y de los que, por el contrario, permanecían aferrados a los animales y a la tierra. Y de repente, la isla de Jersey empezó a revelar cómo se había producido, en su subsuelo, una conmovedora síntesis de la historia, cómo invasores e invadidos habían coexistido y cómo, en este explosivo compositum, la fanfarria de los ocupantes se combinaba a la perfección con los fusilamientos de los combatientes de la resistencia.
Y cómo hubo traiciones por vocación, y traiciones por necesidad imperiosa también. Cómo algunas personas, por actos de generosidad, fueron deportadas y gaseadas, como fue el caso de Louise Gould, mientras que otras, por el contrario, se pusieron el uniforme del ocupante, gorra de visera rígida, botas y cinturón, festejaron, bailaron y durmieron con el enemigo. Cómo, al final, cuando la derrota de Alemania ya se había consumado, la isla se convirtió en tierra de nadie, y tanto invasores como invadidos, hambrientos, no tenían nada que comer. En una imagen singular, uno de los soldados alemanes muestra la cabeza de un gato. El otro sostiene el cuerpo. Van a comérselo. Sí, en la isla de Jersey, la sonámbula encontró una pequeña biblia descriptiva sobre el comportamiento de las poblaciones sometidas a los efectos del hambre y la guerra.
Pero supe más, supe que era esencial visitar el túnel de varios kilómetros excavado en el basalto, un gigantesco búnker construido por los invasores para almacenar armas y servir como hospital. Tomamos un taxi, dimos la dirección. Le pregunté al taxista, residente de Jersey desde hacía casi dieciséis años, si alguna vez había visitado el túnel. Respondió: “No, nunca he estado allí, no me gustan esas cosas tristes”. Sin comentarios.
4. La exposición montada en ese oscuro túnel, donde se documentan todo tipo de sufrimientos, da cuenta del trabajo forzado de prisioneros rusos, belgas, franceses, españoles y norteafricanos, y la narración de la crueldad que allí se produjo resulta absolutamente ejemplar. En la entrada, cada visitante recibe, a modo de billete, una tarjeta de identificación de uno de los antiguos residentes de Jersey. La Identitaetskart que me tocó en suerte llevaba la fotografía de una joven de dieciocho años, llamado Belza Authen Turner, nacida en Canadá el 23 de julio de 1923. Soltera, de cabello castaño y ojos gris azulados, vivía en una calle de Jersey llamada Richelieu. Provista de esta identidad entré en el túnel de la muerte, que mandó excavar la ambición de un dictador sin escrúpulos. Iba a escribir su nacionalidad, pero no quiero ofender a los alemanes de hoy. Me niego a confundir a los exterminadores desvergonzados con sus conciudadanos. Los de ayer y los de hoy. Hace tiempo, a principios de los años setenta del siglo pasado, todavía había en Portugal quienes asociaban a cualquier alemán con los antiguos nazis. Pude ser testigo. En un complejo turístico del Algarve, el gerente se negó a recibir a una familia berlinesa. Pero una persona que presenció la discusión dijo algo que aún recuerdo: “Olvídalo, porque el Holocausto no fue obra de los alemanes. Fue obra de un puñado de individuos, que por casualidad formaban parte de la humanidad”.
5. Por lo tanto, puedo afirmar que en Jersey no fui simplemente al encuentro de una isla atlántica que, vista desde un satélite, tiene la forma de una almohada sobre la que apoyar la cabeza. Ni siquiera de la historia de una ocupación militar ocurrida hace ochenta años. Fui al encuentro de la cruda realidad del presente: los mismos puentes que conectan los territorios ocupados, las mismas mazmorras para encarcelar a los opositores, las mismas ejecuciones, la misma deshumanización del adversario, el mismo sentimiento exacerbado de grandeza invencible e innegociable entre la población, la misma santificación de los sacrificios para justificar la victoria que se producirá, aunque el mundo entero arda por ello. Somos los mismos.
Pero me temo que, en nuestros días, en comparación con la tragedia que tuvo lugar en la isla de Jersey, existe una gran diferencia. El 7 de junio de 1945, los reyes de Inglaterra, para reconocer el papel desempeñado por la población resistente, se embarcaron y fueron personalmente a agradecérselo a los habitantes de Jersey. El lado justo de la Historia había triunfado. De aquellos años surgió una generación con la idea de que los usurpadores habían sido derrotados. Se podía contar la terrible historia a los niños como si, tras el horror, el desenlace hubiera sido justo. Sin embargo, hoy en día, los hechos indican que ocurre todo lo contrario. No falta la resistencia en varios frentes del conflicto, pero todo apunta a que la fuerza bruta se impondrá a la justicia. Si esto fuera así, si acabamos presenciando la capitulación de las víctimas, de los masacrados y agredidos, no sé qué historia pacificadora podrán contar los jóvenes de hoy a sus hijos. Lídia Jorge es escritora. Su último libro publicado en España es El día de los prodigios (La Umbría y la Solana). Publicado en El País.


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