Hace 2.500 años, un siglo o dos antes de Aristóteles y Alejandro Magno, las lenguas célticas (como el galés, el irlandés y el gaélico escocés) se extendían por gran parte de Europa, incluidas España, Italia y Francia. La mayoría están extintas, como es el caso del celtibérico y el celta galaico que se hablaban por toda la península ibérica, y las que siguen vivas apenas se usan por tres millones de personas en el norte de Europa. El destino ha sido justo el contrario para las lenguas germánicas como el inglés, el alemán y el holandés, que hoy hablan mil millones de personas, pero hace tres milenios estaban restringidas a una pequeña región del norte de Alemania y el Báltico.
La lingüística y la genética tienen una larga historia de amor en el estudio de las migraciones humanas. Por un lado, la primera teoría evolutiva no fue la de Darwin ni la de Lamarck, sino la de sir William Jones, que descubrió ya en el siglo XVIII que la mayor parte de las lenguas de Europa y el suroeste de Asia habían evolucionado desde un origen común, el indoeuropeo ancestral. El germánico y el celta son solo dos ramas de la gran familia indoeuropea.
El problema al utilizar la lingüística para reconstruir las migraciones del pasado es que el mero hecho de que una lengua se hable en una zona no implica que la población se desplazara allí, porque esos pueblos pudieron adoptar el idioma de sus vecinos. Aquí es donde la genética puede aportar una visión más nítida. Aprender un lenguaje no altera el ADN de quien lo aprende. Si el ADN aparece en una zona nueva, es que la gente migró allí. En los últimos tiempos, la secuenciación (lectura) masiva de restos humanos antiguos está complementando a las evidencias lingüísticas de una forma muy eficaz. Y las migraciones celtas y germánicas son el último ejemplo.
La lectura de 4.700 genomas antiguos acaba de revelar lo siguiente. Una población de origen báltico migró hace 4.000 años a Suecia y el norte de Alemania, de forma compatible con lo que la arqueología y la lingüística habían propuesto previamente. A lo largo de los dos milenios siguientes, sus descendientes se extendieron por el oeste y el sur de Europa, incluidas las islas británicas. Las primeras inscripciones en alfabetos germánicos, conocidos como runas o piedras rúnicas entre los lingüistas, aparecen en Inglaterra hace 2.000 años, en consistencia con la llegada allí de aquellos pueblos (y de su ADN) que hablaban un precursor germánico del inglés antiguo. Curiosamente, hubo después una retro-migración desde Alemania a Escandinavia, que coincide con el inicio de la influencia vikinga en el siglo VIII de nuestra era y con la aparición del nórdico antiguo.
En cuanto a las lenguas celtas, los filólogos han estado divididos sobre su origen y sus movimientos. Una posibilidad atractiva es que surgieran en el Atlántico y que los hablantes actuales de lenguas celtas, que viven en las islas británicas, descendieran directamente de aquella población original. Pero hay un problema serio. Los antiguos celtas no tenían palabras asociadas con el mar —alga, cangrejo, marisco— y tuvieron que importarlas de las lenguas de sus vecinos. Esto indicaba con fuerza que los celtas venían de alguna región interior de Europa, y los genomas han venido ahora a confirmarlo. Todo cuadra con que los celtas se originaran en la actual República Checa, donde las únicas algas marinas que se han visto se venden en los herbolarios, y con que empezaran a propagarse desde allí por toda Europa, islas británicas incluidas, hace 2.800 años. Las lenguas celtas fueron dominantes en Europa hasta la llegada del latín al sur y de las lenguas germánicas al norte, ambas ya en tiempos históricos. En este continente no hay nadie que haya parado quieto. Javier Sampedro es genetista. Publicado en El País.


No hay comentarios:
Publicar un comentario