La palabra accidente procede de la idea de algo que te cae encima. Un amigo sostenía que le gustaba mucho viajar en tren hasta que los trenes empezaron a volar, es decir, a ir demasiado rápido. Reducir los tiempos de traslado entre grandes ciudades es una de las obsesiones que ha ido despoblando nuestro país, a la espera del teletransportador que nos fascinaba de Star Trek. El terrible accidente de trenes que segó la vida a 69 personas en Urda (Toledo) la semana pasada nos cayó encima con historias sobre mecanismos de seguridad, sistemas de frenado y paneles de control. Pero nadie ha hablado de la lentitud. La aceleración de la civilización en los últimos treinta años también es física. Vamos demasiado deprisa. Incluso a la hora de analizar una tragedia nos precipitamos. Unos días antes del accidente ferroviario un autobús cayó por un terraplén de 20 metros en Fogars de Montclús (Barcelona). Milagrosamente no hubo víctimas mortales, pero en España mueren al año en la carretera menos de 2.000 personas. Antes de la implantación del carnet por puntos superábamos los 4.000 muertos al año y se redujo esa cifra con controles de alcoholemia, mejora de vías y avances en los sistemas de protección. Mejoramos porque los ciudadanos tomaron conciencia de un drama que sacudía a todas las familias.
Si a algo nos obligan las tragedias de Angrois, Adamuz y Urda es a replantearnos el problema de la alta velocidad. En cinco años ha multiplicado por dos el número de viajeros anuales. Esta sobrecarga nos hace más vulnerables. También la fatiga de materiales requiere una constante revisión en toda la longitud del trazado. La precariedad laboral es fácil suponer que es la misma que sufren casi todos los servicios. Se ha apuntado incluso a la falta de una transición generacional llevada a cabo sin prisas en los puestos de responsabilidad. El perfil político de los directivos no ayuda a optimizar la gestión porque la corrupción en España se suele condensar en las infraestructuras y sus grandes contratas de construcción y servicios. Como pasa con la sanidad pública, la convivencia del negocio particular con las infraestructuras estatales provoca un desvío constante de ingresos, atención y cuidados que convierte al ciudadano en cliente en lugar de dueño. El proceso tiende a finalizar siempre con la privatización total de los servicios públicos, porque esa es la manera por la cual los políticos finalmente se sacuden toda responsabilidad.
La presión turística sobre España fuerza nuestras infraestructuras de transporte, sanidad, limpieza, energía y consumo, pero como el negocio es boyante celebramos los récords anuales de llegadas. Cuando observamos la degradación laboral y la magnitud del problema de vivienda comprobamos que el muchísimo dinero que ganamos gracias al turismo no alcanza para tapar la grieta que provoca. La política madura, la que no se dedica a inflamar a los queridos niños camino del día de la votación, tiene que centrarse en el equilibrio. Las reformas, las regulaciones y las compensaciones son el único mecanismo de reequilibrio en un paisaje que se inclina, como las mesas del casino, hacia las ganancias de unos pocos y las pérdidas de otros muchos, esos ilusos que aún confían en la suerte. Pero lo inteligente es estar preparado para cuando llega la mala suerte. Los accidentes siempre señalan algún aspecto que falla, cada vez uno distinto, pero una mirada más valiente nos ayudaría a apreciar con mayor claridad la deriva en que vivimos. Como escribió el poeta Luis Chaves: “Hay que empezar la década otra vez, la línea va torcida”. David Trueba es cineasta. Publicado en El País.


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