viernes, 6 de noviembre de 2026

ESPECIAL DE HOY VIERNES: LA PALABRA ELECCIONES, POR MARTÍN CAPARRÓS

 






Hay palabras así, estacionales, peregrinas. Palabras que copan nuestras lenguas una vez al año, o cada dos o tres: la situación mundial resuena siempre pero la palabra mundial se vuelve mundial cada cuatro años; turrón, cada invierno; bikini, cada verano. La palabra elecciones aparece cada tanto, pero cuando llega arrasa. Este mes estará todo el tiempo en todas partes, la diremos y oiremos y leeremos sin parar. ¿O no?

¿Cómo saberlo? Quizá no haya otra palabra que describa una acción más común —en el sentido menos común de común: comunitario. Las elecciones, en nuestras sociedades, son —o deberían ser— uno de esos raros momentos que todos compartimos: este domingo 29, hordas de españoles haremos lo mismo, pensaremos —más o menos— en lo mismo. Nos costó muchísimo lograrlo. Dos mil años, digamos, por decir.

Y ahora damos por descontado que todos los ciudadanos y ciudadanas participan, en el sentido fuerte, en las elecciones. Es más: esa participación general es la base del sistema. Si hay algo que sigue justificando el imperio de la democracia es que sería la forma en que todos decidimos parejamente —“un hombre, un voto”— cómo van a gobernarnos, qué país queremos.

Y sin embargo. Dejemos de lado la falacia principal: la evidencia de que hay ciudadanos, corporaciones, medios y otros cuerpos cuya influencia es brutalmente mayor que la de la mayoría de los hombres y mujeres: votar y hacer votar. Lo sabemos y no parecemos muy interesados en tratar de arreglarlo. Pero hay algo previo, más banal; en la mayoría de las grandes democracias entre un cuarto y la mitad de las personas no va a votar: no participa, no forma parte.

Sus justificaciones son variadas. Están los culposos que necesitan transferir la culpa: “Los políticos son todos la misma mierda”. O los individualistas orgullosos: “Que cada cual se ocupe de su vida y no culpe a otros”. O los escépticos vulgares: “¿Para qué, si igual después hacen lo que se les canta?” —y tantos más.

Aunque no lo digamos mucho, parece demasiado claro que esa falta de participación pone en cuestión todo el sistema de estas democracias, su legitimidad. Últimamente la opción más elegida es el desdén o el rechazo: los que no votan a ningún partido suelen ser más que los que votan al partido más votado. (En España 2023, cinco millones más.)

No nos damos cuenta. Creemos que vivimos en unas sociedades que sólo existen en nuestra imaginación y algunos libros: una donde la mayoría de los ciudadanos se parece a “nosotros”, usted y yo, que dedicamos unos minutos de domingo a leer chorradas sobre la palabra elecciones. Usted y yo, que nos tomamos esto del voto un poco en serio y le damos vueltas y más vueltas.

Nos sentimos parte de ese mundo que piensa y que debate, y parece ser que el mundo no es eso. Ni siquiera nuestro país —rico y educado y europeo— es eso. Quizá deberíamos aceptar que hay millones de conciudadanos que pasan de las diferencias entre Sánchez y Feijóo, los planes de Vox para purificar la raza, la caída de la sanidad pública y los impuestos a los ricos. Son personas que no quieren o no consiguen ver la relación entre eso que llaman política y sus vidas, y no le hacen caso: no quieren perder el tiempo en esas tonterías, o no quieren meterse en ese lío que no entienden, o simplemente no, sin mucho más.

Tienen todo el derecho, por supuesto. Pero nuestra forma de gobierno y representación se inventó para gente que sí se interesa por esas cosas: el sistema está basado en la presunción de que todos participamos en él. Cuando es tan evidente que no, ¿qué hacemos? ¿Seguimos simulando? ¿Seguimos proclamando que la democracia es el gobierno de esas mayorías —que ni siquiera se molestan en elegir al que gobierna?

Hemos inventado una trampa perfecta: esta, en la que cada tanto millones de personas desinteresadas toman o ni siquiera toman la decisión que definirá nuestras vidas en los años siguientes. Es duro de aceptar, pero hacernos los tontos nos está llevando al desastre: Trump, Milei, Kast, Abelardo, toda la crueldad.

Solíamos callarlo, porque hasta ahora las alternativas a esta democracia de delegación y nomeimporta eran sistemas crueles y autoritarios que queremos evitar a toda costa. Pero ahora resulta que esta democracia desdeñosa también deriva hacia sistemas crueles y autoritarios —y, encima, lo hace en nuestro nombre.

¿Entonces? ¿Alguien tiene una idea? ¿Nos quedan elecciones? Martín Caparrós es escritor. Publicado en El País.

























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