martes, 3 de noviembre de 2026

ESPECIAL CUATRO DE HOY MARTES: EL AMOR ES LO MÁS PARECIDO QUE TIENE LA VIDA A UN SENTIDO, POR DAVID MEJÍA

 





Ensayista, catedrático de Filosofía y referente intelectual, Fernando Savater (San Sebastián, 1947) ha dedicado su trayectoria a reivindicar la libertad, la responsabilidad individual y el papel de la educación en la construcción de una sociedad democrática. En esta conversación reflexiona sobre la naturaleza de la filosofía, la ética, el placer, Spinoza, Kant, Nietzsche y las grandes preguntas que han atravesado su obra.

P. A menudo se refieren a ti como filósofo, pero tú siempre has preferido definirte como profesor de Filosofía.

R. Sí, efectivamente. Creo que cada uno debe ajustarse al papel que realmente ha desempeñado. Yo no soy un filósofo en el sentido en que lo fueron Spinoza o Kant. He sido profesor de Filosofía. He intentado acercar el pensamiento de los grandes filósofos al mayor número posible de personas, pero no me considero un creador de un sistema filosófico propio.

P. En uno de tus libros más celebrados, Las preguntas de la vida, aparece una dedicatoria que siempre me ha gustado mucho: «A los que no lo tienen todo claro». Después citas a Cioran: «Mi fuerza es no haber encontrado respuesta a nada». ¿Qué dicen esas dos frases sobre tu forma de entender la filosofía?

R. Las dos son una invitación al escepticismo. Cuando uno escribe un libro titulado Las preguntas de la vida, puede dar la impresión de que pretende responder definitivamente a las grandes cuestiones. Yo quise advertir desde el principio que no era así. Intento ofrecer respuestas, sí, pero siempre con reservas, con dudas. Creo que el territorio propio de la filosofía es precisamente la duda. Las respuestas filosóficas nunca deberían tranquilizarnos del todo.

P. ¿Cuál dirías que es la especificidad de las preguntas filosóficas frente a las preguntas de la ciencia o de la religión?

R. Son maneras distintas de enfrentarse a cuestiones que, muchas veces, pueden parecer semejantes. La ciencia formula preguntas que, cuando encuentran una respuesta comprobable, consideran resuelto el problema y pasan a otro. La respuesta científica es empírica y verificable. La religión, por su parte, parte de unas verdades reveladas y trata de interpretarlas. La filosofía funciona de otra manera. No pretende cerrar definitivamente las preguntas, sino profundizar en ellas. Un filósofo no deja al lector satisfecho porque haya encontrado la respuesta definitiva, sino porque le ayuda a comprender mejor la pregunta. En cierto sentido, la filosofía no resuelve los interrogantes: los hace más fecundos.

P. En la introducción de tu Diccionario filosófico dices que el filósofo es «el forastero por antonomasia», «el extranjero». ¿Qué quieres decir con esa imagen?

R. En la tradición clásica el filósofo aparece como alguien que llega de fuera. No forma parte de la rutina de la ciudad ni acepta sin más las convenciones establecidas. Su condición de extranjero consiste precisamente en eso: introduce extrañeza. No responde según lo esperado, sino que obliga a mirar las cosas desde otro lugar. El filósofo siempre descoloca un poco porque rompe con las respuestas convencionales.

P. Si hace años te hubieran preguntado cuál era el principal enemigo de la filosofía, quizá habrías respondido que la religión o la Iglesia. ¿Lo seguirías diciendo hoy?

R. Probablemente cuando era más joven tenía una visión más combativa. Hoy ya no. Creo que la filosofía convive con la religión, con la ciencia y con otras formas de conocimiento. No tiene sentido convertirla en un arma destinada a destruirlas. La filosofía posee una perspectiva propia y no necesita definirse únicamente por oposición a otras disciplinas.

P. ¿Tiene sentido preguntarse si la vida tiene sentido?

R. Sí. De hecho, quizá el sentido de la vida consista precisamente en preguntarse por su sentido. Es una pregunta distinta de todas las demás porque las trasciende. Nunca admite una respuesta completamente satisfactoria. La filosofía mantiene abierta esa cuestión y nos obliga a convivir con ella.

P. Hay dos palabras que suelen presentarse como enemigas: ética y placer. Pero en tu obra aparecen casi siempre como aliadas.

R. Porque creo que la conducta humana busca el placer. Pero no cualquier placer, sino un placer bueno, un placer compatible con una vida responsable. La ética no consiste en negar el placer, sino en aprender a disfrutarlo adecuadamente. Por eso ética y placer no son conceptos opuestos: deberían ser cómplices.

P. Coincides con Aristóteles en entender la ética como una forma de sabiduría práctica y en conceder tanta importancia a los hábitos. ¿Qué hábitos crees que deberíamos recuperar?

R. En la línea aristotélica, lo que debemos buscar es cómo aplicar mejor la prudencia. Una persona virtuosa es, sobre todo, una persona prudente, alguien que sabe aplicar correctamente las virtudes en las circunstancias concretas de la vida. Y respecto a los hábitos perdidos, no me gusta ese discurso según el cual todo tiempo pasado fue mejor y hoy se han perdido definitivamente las virtudes. La idea del filósofo como consejero único de la humanidad me hace reír. Pero la defensa de la prudencia, y de los mecanismos de la prudencia, me parece importante. Pierre Aubenque tiene un libro estupendo que se llama, precisamente, La prudencia en Aristóteles, que recomiendo mucho.

P. ¿Qué ha significado Spinoza para ti?

R. Spinoza representa uno de los grandes sistemas filosóficos de la modernidad. Su obra constituye un punto de referencia permanente para cualquier filósofo. Su manera de construir un pensamiento sistemático sigue siendo una referencia imprescindible para entender qué significa hacer filosofía. Siempre he dicho que todo filósofo, además de su sistema filosófico, tiene el de Spinoza.

P. Has criticado el moralismo, pero al mismo tiempo has defendido la dignidad humana y la autonomía, ideas muy kantianas. ¿Qué lugar ocupa Kant en tu pensamiento?

R. Un lugar fundamental. Kant enseña, sobre todo, a pensar. Más allá de sus conclusiones concretas, el razonamiento kantiano constituye una extraordinaria escuela de pensamiento. Gran parte de la filosofía posterior parte de él, aunque sea para discutirlo. Siempre le he tenido una enorme admiración, aunque no sea el pensador definitivo de nada, pero es quien ha planteado todos los caminos de la filosofía. El kantismo nos permite despegar hacia la filosofía, pero yo nunca me quedaría en Kant.

P. Nunca te interesó la ética animalista.

R. Porque creo que la ética es una reflexión sobre cómo convivimos los seres humanos entre nosotros. Siempre que escucho hablar de aplicar la ética a los animales me parece que es como incluir a los animales en las olimpiadas. Eso no significa que debamos maltratar a los animales, naturalmente. Pero otra cosa distinta es convertirlos en sujetos de la comunidad moral en el mismo sentido que las personas. Creo que eso desdibuja el objeto propio de la ética.

P. Peter Singer respondería que, como seres sintientes, los animales merecen formar parte de nuestra comunidad moral. El sufrimiento, por sí solo, no basta para fundamentar la moral.

R.Los seres humanos no solo sufrimos: comprendemos el sufrimiento, deliberamos sobre él y somos capaces de darle sentido o incluso asumirlo voluntariamente. La ética nace de esa capacidad racional y moral, no únicamente de la capacidad de sentir dolor.

P. Quería preguntarte también por Nietzsche. Siempre has admirado su pensamiento, pero también has advertido de sus riesgos. ¿Cuáles dirías que son sus virtudes y cuáles sus peligros?

R. Nietzsche es un pensador peligroso precisamente porque posee un talento literario extraordinario. Es uno de los grandes estilistas de la filosofía. Su manera de escribir seduce. A veces estamos dispuestos a darle la razón simplemente porque expresa las ideas con una belleza excepcional. Además, Nietzsche no busca eliminar todas las contradicciones. Convive con ellas. Entiende que el pensamiento humano no siempre puede aspirar a una coherencia absoluta, y esa es una de las razones por las que sigue siendo un autor tan fascinante.

P. En Fedón, Sócrates afirma que filosofar es aprender a morir. ¿Estás de acuerdo?

R. Siempre recuerdo una anécdota sobre una amiga de Voltaire. Alguien le decía que los grandes filósofos sostenían que filosofar era prepararse para morir. Ella respondió: «Pues todas las personas que he visto morir lo hacían muy bien a la primera». Me parece una buena respuesta. La muerte es lo que da espesor a la vida. Si no existiera, la vida perdería gran parte de su gravedad y de su importancia.

P. Para terminar, quería preguntarte por el amor. La filosofía quizá le ha dedicado menos atención de la que cabría esperar. ¿Por qué? ¿Y qué papel ha tenido en tu vida?

R. No lo sé. Pero una de las pocas conclusiones firmes a las que he llegado es que el amor es lo más parecido que tiene la vida a un sentido. Si tenemos que hablar del sentido de la vida, consiste precisamente en buscar, encontrar y fortalecer el amor. Una vida sin amor es una vida sin sentido.

P. ¿Es una convicción que has tenido siempre?

R. No, es algo que solo se aprende viviendo. Hay que haber amado para comprender la importancia del amor; hay que haber experimentado también lo difícil que puede ser amar y el sufrimiento que a veces conlleva. Cuando uno es joven tiene deseos, impulsos y pasiones. El amor, en cambio, es algo mucho más complejo. Solo la experiencia permite comprender realmente su profundidad. David Mejía, es escritor. Publicado en Ethic.















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