martes, 27 de octubre de 2026

ESPECIAL DOS DE HOY MARTES: QUEMAR LA CIUDAD, POR DAVID TRUEBA

 






Durante más de dos décadas hemos sostenido una ficción que consistía en negarnos a nosotros mismos que las leyes y regulaciones que limitaban la vida real pudieran aplicarse en la vida digital. Algunos llamaron a eso un nuevo Salvaje Oeste, con sus pistoleros, sus pillajes, sus linchamientos y sus saloons. Tarde, y a regañadientes, algunos padres comprendieron que sus hijas no podían ser desnudadas por inteligencia artificial en las redes para burla de sus compañeros de instituto y quizá algún día los partidos políticos entenderán que cuando fabrican sus vídeos falsos para desacreditar a los rivales electorales tan sólo contribuyen a la degradación de una sociedad que ha visto cómo la utopía digital se transformaba en una pesadilla. Ese quemar la calle virtual se ha trasladado a una oleada de disturbios y destrucción callejera. Amparada bajo las protestas generales en muchas capitales europeas por la carestía de la vivienda y los bajos salarios, por redes sociales se convocó a los jóvenes a ponerse ropa negra y arramplar con el mobiliario urbano y asaltar las tiendas de producto informático, ropa y zapatillas de marca. Los intereses tan específicos de ese pillaje delatan que los altercados consisten en reivindicar el derecho a una posesión de unos bienes tan deseados como sobrevalorados. El experimento social llevado a cabo en estos años ha fracasado, por eso cuanto antes lo reconozcamos más tiempo tendremos para comenzar a enderezarlo.

Que hay descontento nadie lo puede negar. De tanto repetir a los chicos que van a vivir peor que sus padres, se lo han creído y algunos de ellos han decidido hacer pagar a sus padres por ello. Luego está esa otra lectura, más dañina y cruel, que apunta a una parte de la población inmigrante, incluso ya nacidos en su nuevo país, como partícipes de esta destrucción irracional y desmesurada. Si esto es así, especialmente en Francia, también sería bueno señalar que el discurso racista, que poco a poco se va haciendo dominante, no ha traído nada bueno a las sociedades occidentales. De tanto repetir a los hijos de la inmigración que no se adaptaban a su nación de acogida, de tanto insultarlos y retratarlos como ingobernables delincuentes, muchos de ellos han ido perdiendo por el camino su deseo de pertenencia. En grandes barriadas parisinas cada vez que hay un evento, una fiesta, una celebración deportiva, se abre una oportunidad para demostrar que al insulto se le responde con insulto y a la marginación con amenaza.

Ahora que ha llegado a España la criminalización del emigrante que no tiene origen hispano, el ejemplo francés nos apela. Durante treinta años una parte de la política gala, incluidos muchos ayuntamientos importantes, han arañado votos gracias al desprecio a esa parte de la población que llegó fruto del desplazamiento desde las antiguas colonias. Poco a poco esos marginados hijos de la clase más necesitada se han ido desentendiendo del destino de una patria que insiste en rechazarlos, estigmatizarlos y despreciarlos para invocar una esencia eterna. No es la primera vez que de tanto fabricar un enemigo posible, acabas logrando que ese enemigo exista. Cuando el esfuerzo integrador se ve distorsionado por el empeño en crear miedo, distancia y diferencia, desde la primera escuela hasta el contrato de alquiler del piso, es cuestión de tiempo que la enemistad virtual se convierta en enemistad real. Por eso las palabras significan tanto, porque nombran lo que va a ser. En Francia no lo quieren entender. En España no lo quieren ni imaginar. Pero las redes ganan dinero a espuertas por prenderle fuego a la convivencia. David Trueba es cineasta. Publicado en El País.























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