domingo, 25 de octubre de 2026

ESPECIAL DOS DE HOY DOMINGO: DONDE NO HAYA POSEEDOR NI POSEÍDA, POR ELVIRA LINDO

 







Haga usted memoria. Piense en todas las películas o series que ha visto en su vida en las que aparecían prostitutas. Tal vez no reparó demasiado porque las prostitutas aparecían como un elemento más de la decoración de un club en el que los hombres hablaban de sus negocios o sus crímenes, que era el asunto crucial de la trama. Lo más habitual en esa lista que usted está haciendo es que las historias le vengan a la memoria asociadas a directores varones, porque los retratistas del mundo prostibulario han sido ellos. Prostitutas en comedias, analfabetas y graciosas, prostitutas que no cobran si se encuentran con un follador prodigioso, prostitutas que aparecen en fichas policiales, prostitutas que salen de una tarta, que se contonean en una barra, que se meten billetes entre las tetas, que son asesinadas junto al gobernador de turno, prostitutas de buen corazón, prostitutas que hacen su servicio junto a la cuna del bebé. Qué poco se nos contaba de ellas. Qué poco sabemos aun encabezando el ranking de más puteros de Europa. ¡Y el tercero a escala mundial!

Asumiendo esta vergonzosa estadística seguro que alguno de estos máquinas nos cede caballeroso el paso en el portal. La manera en que esa sórdida realidad ha sido representada en el cine siempre ofrecía a la mujer en bandeja, con su abanico de poses obscenas. Al final, acababa convirtiéndose en un regalo añadido para el espectador que quería ver a una mujer mostrando el culo. Debía ser por los noventa cuando el escritor Luis Mateo Díez comentó en una cena, “no hay película española en que no se presente a una mujer de rodillas”. El comentario me sonó chocante, porque masivamente se entendía que la libertad era eso. Hoy recordándolo me resulta esclarecedor: lo sórdido de ese universo siempre se contaba a través de la exhibición del cuerpo femenino. Siendo la sutileza y la elipsis tan celebradas, qué poco la contemplamos para retratar la desgracia de estas mujeres. Y en absoluto estoy en contra de las escenas de sexo, pero puestos a ser libres, distingamos la humillación del deseo.

Como ya siento el bufido del batallón de ofendidos les animo a ver la serie El Castillo, que rastrea en el negocio de la trata de mujeres y de los macro prostíbulos que florecieron en los años del pelotazo y aún hoy esconden vidas esclavizadas. La sensibilidad de los guionistas, Isabel Peña y Eduardo Villanueva, y las directoras, Elena Martín Gimeno y Sandra Romero, les hizo cuestionarse con rigor cómo afrontar la sordidez de este negocio boyante. Buscaron referentes cinematográficos y lo que encontraron fueron anti referentes, películas firmadas en ocasiones por directores que, siendo admirables, habían asumido que la dominación solo podía narrarse sexualizando a la dominada. Aquí vemos, en cambio, la patética pose del que ejerce el poder con el culo en pompa, la incapacidad de sentirse avergonzado por comprar el uso y disfrute de un cuerpo por un rato. La asepsia emocional del encuentro.

Como son muchos los que han destacado y destacarán la brillante interpretación de Raúl Arévalo, yo me detendré en esa actriz colombiana, Valentina Vidal, que sobria y contenida nos ofrece un gran retrato del dolor. Esa escena en la que canta distraídamente en el club mientras espera al próximo cliente, ay. ¿De verdad es su primer trabajo? Aunque se abusa del adjetivo “necesario” para definir historias comprometidas, es esta una serie necesaria. Usted puede ser el putero, el policía, la juez, el taxista que recoge a las chicas asustadas en el aeropuerto, usted puede ser el médico que las examina, usted podría ser su padre. No son caricaturas, son estremecedoramente humanos. Ahora, cuando dejemos a un lado en la carretera uno de esos carteles luminosos, pensaremos en ellas. Y para contraponer tanta vileza, recordemos los versos borgianos, “loado sea el amor en el que no hay poseedor ni poseída, pero los dos se entregan”. Elvira Lindo, es escritora. Publicado en El País.



















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